Reflexiones El fruto de la Bondad 12 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl La bondad es un atributo divino, “Solo Dios es bueno” (Mc 10,18) en cambio la maldad es propia de la naturaleza humana, herida por el pecado (Cf. Gn 6,5; Rom 7,15-20) El buen Dios, por su infinita misericordia nos ha trasladado de las tinieblas del pecado a la luz admirable de su gracia (Cf. 2P 2,9) San Pablo expresa esa transformación con las siguientes palabras: “Por que en otro tiempo fueron tinieblas; mas ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz; pues el FRUTO de la luz consiste en toda BONDAD, justicia y verdad.” (Ef. 5,8-9) El fruto de la bondad, es uno de los primeros signos de nuestra transformación por la acción del Espíritu Santo. (Cf. Ef. 4,17-32) El toma el control de nuestros sentimientos y nuestras emociones y los hace cada vez más semejantes a los de Cristo (Cf. Fl 2,1-5) “Esto solo puede llevarse a cabo a partir del encuentro intimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya solo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo… al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho mas que cosas externas necesarias; puedo ofrecerle la mirada de amor que el necesita.” (Benedicto XVI, Deus Caritas Est. #18) ¿Como descubrimos en nosotros el fruto de la bondad? La bondad comienza con la tolerancia y la benevolencia, es decir: cuando aceptamos a los demás tal como son, respetamos las diferencias y pasamos por alto sus limitaciones y defectos. El fruto va creciendo cuando se convierte en cordialidad, ternura y dulzura, en nuestra manera de relacionarnos con los hermanos. La bondad llega a su madurez y se expresa en forma de solidaridad y servicio desinteresado al que mas lo necesite. Cuando la bondad de Dios se hace visible en nosotros, podemos cumplir el deseo de Jesús: “Brille a si su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su padre que esta en los cielos” (Mt 5,16) Salvador Gómez Yánez
Reflexiones Paciencia… va a llegar 12 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl Curioso. Llega con la edad… o más bien con las experiencias, porque si no la practicamos, la edad llega sin ella. De pequeños casi no la ejercíamos y por todo la perdíamos. Cuando con la familia nos llevaban a laaaargos viajes que parecía que nunca iban a terminar, inquietos preguntábamos una y otra vez, sobre si faltaba aún mucho tiempo para estar en el destino, a lo cual nos repetían a cada una de ellas, que la ejerciéramos. Tiene que ver con padecer o soportar algo sin alterarse. Siempre nos suceden acontecimientos que no esperamos… y no queremos. A menudo las situaciones se salen de control y se nos dificultan. Allí la necesitamos. Nos urge cuando, tras horas de espera en un hospital, el médico se retrasa y con el la operación. Cuando la otra persona levanta la voz, o el silencio en una relación se extiende y no logramos ponernos de acuerdo en un punto en especial. También cuando los hijos se demoran y no tenemos forma de comunicarnos con ellos, teniendo que confiar en que nada malo les ocurra. Es indispensable cuando tenemos tiempo de haber iniciado un proyecto y no vemos que avance, y como con una planta, le hemos trabajado, regado, abonado, y con todo y eso, no vemos el fruto de nuestro esfuerzo… aún. Tiene que ver con esperar algo que se desea mucho. Cuando el milagro que hemos estado pidiendo insistentemente a Dios, sabemos que va a suceder… pero aún no sucede. Cuando se sabe con certeza en el corazón que esa persona anhelada desde lo más profundo de nuestro ser va a llegar, sea una relación sentimental o un bebé que durante mucho tiempo se ha esperado, y se retrasa un poco… según nuestro tiempo (Hab 2,2-3). Cuando salimos todos los días a la calle buscando el trabajo para el cual, con ilusión, nos hemos preparando y regresamos con una opción menos para aplicar y una esperanza extraña que nos dice que mañana… todo va a ser distinto. Cuando hemos recibido una promesa de parte de Dios que nos ha hecho soñar y nos visualizarnos de manera distinta, pero al regresar al presente las cosas siguen igual (o a veces un poco más complicadas) que cuando iniciamos el viaje en nuestra imaginación. Tiene que ver con grandeza y constancia de ánimo en las adversidades. Grandeza porque solamente aquellos que la aplican ven el cumplimiento de lo que esperan y, con esto, el crecimiento de su fe y confianza. Constancia porque en el momento que dejamos de caminar, aún cuando no veamos el final, nos sentenciamos automáticamente a no alcanzar aquello que tanto hemos esperado, aún cuando quizás solamente hacían falta unos cuantos pasos, que nos resistimos dar… o una última puerta que no quisimos ya tocar. Ánimo porque no se trata solamente de continuar, sino además, de no perder el entusiasmo en el proceso, de saber que “Dios hace desear al alma, lo que va a conceder” (Santa Teresa de Jesús) y que si El puso en el corazón la espera, llegará. Solo es cuestión de tiempo. Dígame usted ¿Qué haríamos sin la Paciencia? Ni siquiera hubiera terminado de leer este artículo, dejándolo a un lado y pensando… ¿¡Cuando me va a decir de qué me está hablando!? Paciencia. Engendrada por las tribulaciones (todas aquellas situaciones que nos son contrarias y casi hacen que la perdamos) pero que a su vez genera virtud probada, dando como resultado la esperanza (Rom 5,3-5) “Sabiendo que la calidad probada de nuestra fe, produce Paciencia” Santiago 1,3 Marlon Cardona
Reflexiones El fruto de la paz 12 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl Hemos aprendido desde la catequesis del sacramento de la Confirmación que uno de los frutos del Espíritu Santo es la Paz. Y, también, en el Sermón de la Montaña el Señor predicó: Bienaventurados los que construyen la paz… (Mt 5,9). Si bien es cierto que el Espíritu Santo nos regala este fruto, no quita que debemos. ¿Cuánto seremos mujeres de paz? 1) Al oír de la boca de Jesús encontramos lo siguiente: Pero yo les digo: si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio (Mt 5, 22). La caridad está muy unida con la paz. El cuidar en buen trato con nuestros semejantes enriquecerá nuestra paz. La caridad no posee límites, tenemos que amar aún a los que nos odian (Mt5, 43), dar más de lo que exige la justicia (Mt 5, 42). 2) También aprendemos del Señor: No anden preocupados… (Mt 5,31). La sociedad actual nos ha llevado a un fin de necesidades innecesarias. Queremos tener abarrotadas nuestras refrigeradoras de alimentos, los closets de zapatos y vestidos, los tocadores de utensilios de belleza, etc., etc. No sólo gastamos lo que no podemos, sino que entramos en un stress que perjudica nuestra salud física y espiritual. Comamos, compremos lo necesario y enseñemos a nuestros hijos y esposos (si somos mamás y esposas) a tener lo indispensable. 3) Del mismo Señor escuchamos: No juzguen a los demás… (Mt 7, 1). Casi siempre estamos tomando la actitud de jueza, y nunca vemos cómo enmendar nuestras faltas. Si te pones por encima de los demás, jamás lo lograrás; vas a tener que tomar actitudes déspotas, inmisericordes. Sé conforme contigo misma: de tu belleza, de tu condición familiar, de tu situación social, de tus logros y tus fracasos. Tú trabaja por tu superación personal, familiar y social sin tomar medidas ajenas, sin menospreciar a nadie… La paz espiritual, muchas veces, puede estar acompañada de dificultades. Recordemos la vida de Jesús que estuvo llena de tantas vicisitudes; sólo pudo descansar cuando reclinó su cabeza en la cruz, es decir, el día de su muerte. Aquel joven que quiso seguir con entusiasmo el camino de Jesús, oyó de su boca: las zorras tienen madrigueras y los pájaros sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. San Pablo nos cuenta todos los problemas que tuvo desde que decidió seguir el camino de la fe: “fui flagelado tres veces; cinco veces recibí cuarenta golpes menos uno” (2 Cor 11,25). Una vez la policía salvó la vida de Pablo en Jerusalén, cuando corría peligro de ser linchado por la multitud en la plaza del templo (Hch 21,31-32). Muchos aguijones y tribulaciones acompañaban a los santos y santas en su esfuerzo por llegar a la santidad. Con todo, queremos decir que no debemos alarmarnos cuando estamos llenos de dificultades y nos sentimos cerca del Señor. Las dos cosas pueden ir a la paz. No hay redención sin cruz, sin espinas, sin azotes, sin sufrimientos. Pero, aún así ¿podemos tener paz espiritual? Sí. Cuando el hombre y la mujer hacen lo que les manda su conciencia, entonces estarán en paz consigo mismo. Cuando demos a nuestros semejantes toda nuestra entrega y amor, entonces estaremos en paz con nuestros semejantes. Cuando busquemos primero el Reino de Dios y justicia, entonces estaremos en paz con nuestro Creador. Cuando administremos, justicia, equilibrio y solidaridad, los bienes naturales que Dios nos ha encomendado, entonces estaremos en paz con la naturaleza. Pero no sólo tenemos que buscar nuestra propia paz, sino que tenemos ser creadores de ella. Así nos dijo el Señor en el Sermón de la Montaña: Bienaventurados los hacedores de la paz, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 5). Mi paz les dejo, mi paz les doy fueron las últimas palabras de Jesús que alentaron a los Apóstoles en la última cena. Un gran ejemplo nos dejó el Pobrecillo de Asís cuando decía: hazme un instrumento de tu paz. La sociedad que nos ha tocado vivir está hambrienta de mucha paz, pero de la paz que viene del seno de Jesús. Porque la paz que ha provocado este mundo es muy pasajera, ya que sólo mide la paz por la ausencia de guerras y la abundancia de bienes efímeros. Esta paz mundana ha durado poco tiempo, y no ha tenido la cobertura para que llegue a todos los rincones de la tierra. Este mundo llora por la paz verdadera. La asistencia del Espíritu hará que mantengamos la lucha constante y multiplicará nuestros esfuerzos por la paz. Cuando sigas estas orientaciones que nos da Jesús verás cómo el Espíritu Santo centuplicará tu esfuerzo y la Paz abundará en tu corazón y tu familia. Francisco Pérez Guatemala
Reflexiones La alegria como fruto del Espíritu Santo 12 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl GAL 5,22 ¿Cuántas veces has sonreído, o has reído sin detenerte?, no siempre la expresión externa es garantía de alegría interior y verdadera, normalmente el payaso sonríe y hace reír, pero en su interior pocos saben lo que verdaderamente vive, experimenta y enfrenta en el silencio y la intimidad de su ser. Existen alegrías como resultado de comer el dulce deseado, o superar los exámenes del ciclo escolar, la alegría de un hijo que sobre vive a una operación, o de un esposo responsable que sabe llevar adelante la familia, el sentimiento que se siente cuando una hermana encuentra trabajo, el comprar finalmente la casa propia, etc. En todos estos ejemplos, hay algo en común, tarde o temprano el ritmo de la vida nos hace disminuir en entusiasmo por esto que hemos obtenido, pues las dificultades, las tristezas, los miedos y titubeos nos hacen girar nuestra atención hacia otras circunstancias. Es normal no existe alegría en este mundo que colme los mas profundos anhelos de los seres humanos, todas son pasajeras, por profunda que sea la alegría mejor de este mundo no tiene la cualidad de ser eterna. Ahora bien cuando una persona ha tenido un encuentro personal de “ojos abiertos y corazón palpitante con Jesucristo” (Juan Pablo II, Santo Domingo 26-1-1979), dado a nosotros como bondad del Padre en el Don del Espíritu Santo, esto produce una vida nueva, una manera estupendamente increíble que hace que nuestra relación con cada persona y cosa se transforme al punto de llamar a toda la creación “hermano – hermana” como lo hizo San Francisco de Asís, cuando el hombre se encuentra con el Dios Trino descubre la verdadera alegría pues “nos hiciste para ti y nuestra alma no descansa hasta estar en ti” (San Agustín). Nuestra vida debe renovar constantemente la presencia del Espíritu Santo, que es Dios mismo con una frecuente confesión sacramental, además una intensa vida eucarística, de oración personal, de lectura de la Biblia, de experiencia de vida parroquial y comunitaria, todo esto permitirá en un proceso gradual serenidad, equilibrio en lo profundo de la persona, como si una música de fondo, suave sonara en el interior del alma, llevándola a las cumbres mas altas del placer mas pleno que solamente el amor infinito puede comunicar; y como fruto de este éxtasis místico la alegría será tan natural como el rió cristalino y suave que baja de la cumbre mas alta para dejar por su paso color, tranquilidad, serenidad, paz y vida. Todo esta no nos aísla ni nos evita las problemáticas, las tristezas y los dolores de cada día pero nos permite asumirlos de una manera nueva, nos permite seguir serenos, firmes y con fe pues sabemos que Jesús ha dicho “en el mundo tendréis tribulación. Pero ¡animo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Es más precisamente en el momento del dolor es donde mejor podemos testimoniar la alegría profunda y verdadera que da Dios, pues aunque me arrebaten todo nadie puede arrancarnos a Dios de nuestro corazón, y tenerlo a El basta pues “quien a Dios tiene nada le falta” como dijo Santa Teresa de Jesús. Ser alegre cuando todo va bien, no tiene nada de extraordinario, pero ser optimista, ser entusiasta, ser perseverantemente alegre, en el momento de la prueba demuestra la verdad de Cristo ya presente en nuestras vidas, mostramos su presencia Resucitada. La alegría constante se convierte en un testimonio cristiano irrebatible, ante los rostros amargos, desesperados, angustiados, vacíos y agonizantes de tantas personas en nuestra sociedad de hoy. “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Fil 4,4). No Temas solamente ten Fe, Que Dios te Bendiga. P. Manuel Abac Roma Italia.
Reflexiones Frutos del amor 12 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl Cuando hablamos de este tema, si no tenemos una experiencia de amor, tendríamos que recurrir a muchos libros, enciclopedias, acceder a Internet, etc., para saber qué es el amor. Qué duro debe ser tener que buscar en los libros ¿qué es el amor? y no poder hablar desde una experiencia en nuestra vida. No quiero hacer mía lo que una vez oí, pero no tengo la referencia, pero si esas palabras que se me grabaron: a. El amor es hermoso: porque hace ver a Dios en el otro. b. Es fecundo: porque hacer crecer. c. Es fiel: porque quiere permanecer en el otro. En mi vida he visto como las viñas dan uvas; las milpas dan maíz; los trigales dan trigo; etc., y nosotros como hijos e hijas de Dios ¿qué damos? No se rompan la cabeza que les daré algún “chivo”: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su hijo único”. “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el otro”. Aquel grito desgarrador que decía: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Aquella voz salida de las nubes: “Este es mi hijo amado, el predilecto, en quien me complazco”. Aquella virtud maternal de una mujer que tuvo que decir “hijo, se les ha acabado el vino”. O la experiencia de no dejarnos solos “Madre, he ahí a tu hijo. He ahí a tu madre”. Y para que todos estas cosas las pudiéramos comprender se nos ha dado del don del Espíritu Santo, aquel que Dios sopló sobre nosotros, haciéndonos sentir que nos entregaba parte de su ser, como si hubiésemos estado nueve meses en el vientre el Padre, al cual nuestro corazón debe volver. Es ese espíritu, ese amor, que nos hace ver a Dios en el otro; que nos hace crecer y que quiere permanecer siempre en él. Por lo tanto, así como las viñas dan uvas, las milpas maíz y los trigales trigo; nosotros, nosotras, como hijos e hijas de Dios no tenemos más que dar como fruto, el amor. Miren ahora esta bella historia que me sucedió en el funeral de una Señora llamada “Tataya”, en Tánger, Marruecos. Era una mujer sin marido y sin hijos. Pero cuando fue ingresada en una residencia para ancianos y ancianas, se encontró con otro hombre que también estaba solo de nombre “Carlitos”. Cerca de las edades entre 85 y 90 años. Pero siempre permanecían juntos en el pasillo, uno al lado del otro, ambos en silla de ruedas, sin poderse hablar más que mirarse, pero siempre agarraditos de la mano. El Señor Carlitos murió hace un par de años, y por cuestiones de recursos, fue enterrado en la parte más adentro del cementerio. El día 2 de febrero 2008 fui hasta el cementerio para enterrar a la Señora Tataya , después de la oración de exequias y la bendición del ataúd, mientras esperábamos que terminaran de tapar, en la curiosidad de ver las tumbas de los lados, a la par de ella vi la tumba donde había sido enterrado el Sr. Carlitos “su amor” y hoy ella, que por la misma situación de escasos recursos, fue enterrada en este último rincón. Yo me acordaba de la frase “hasta que la muerte los separe”, pero hoy pensé: cuando hay dos personas que se aman con la certeza de que Dios es quien los ha unido, puedo atreverme a decir que ni la muerte los separa. Este sentimiento me lanza a la resurrección que con gozo esperamos. Dios usa las mediaciones humanas, para confirmar su promesa de amor en aquellos que se aman y no olvidar esa promesa del amor de Dios para quienes seguimos en este mundo. He contado esta historia a sus familiares y han llorando diciendo: “y nosotros pensábamos que estaba sola” y en ese momento ha vuelto a ellos una bella sonrisa llena de consuelo. “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”. Nota a tomar en cuenta: Solo esta señora era cristiana, toda su familia es musulmana, pero me han agradecido que les contara eso que no sabían y llegar a decir unas de sus sobrinas “su presencia –padre- entre nosotros es de mucha fortalece”. Así que, el amor solo se vive y se siente, pero ni juntando todos los libros que hablan sobre el amor, podrán describir qué es el amor. Cuando el amor tenga una definición, ya no es. Fr. Edwin Alvarado S. OFM Maruecos. África.
Reflexiones La Semilla 12 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl LA PARABOLA DEL SEMBRADOR En esta ocasión queremos destacar una de esas tantas parábolas de Jesús: “El Sembrador”(Mc 4, 3-8). Una parábola que se puede leer por fragmentos y encontrarle la enseñanza, Puede ser leída en su conjunto y encontrar la enseñanza de conjunto. La parábola nos coloca de frente a un sembrador que con esperanza deja caer la semilla en cuatro lugares del terreno de siembra, con el fin de que esa semilla valla creciendo hasta dar fruto. Sin duda que la parábola acentúa los cuatro lugares o terrenos: el del camino, el de las piedras, el de los espinos y maleza, como la buena tierra. La semilla sembrada en buena tierra crece y da fruto. Primera invitación que nos hace la parábola: ser buena tierra, que es aquel que escucha la Palabra, la hace suya y la pone en práctica. La lectura de la parábola en esta perspectiva de cada terreno puede ofrecernos una enseñanza en diferentes situaciones de la vida en que nos encontremos: 1. El terreno a lo largo del camino son las personas que en su vida cristiana escuchan la Palabra, pero fácilmente les es arrebatada o quitada por otros personas que no quieren que se crezca en la fe, en la fidelidad al Evangelio, y por tanto, no se llega a la experiencia de que la palabra sembrada pueda crecer y dar fruto abundante. De este tipo de terreno tenemos en abundancia en la Iglesia y por ello vemos la prontitud que la que dejan su fe y siguen otras propuestas. 2. El terreno pedregoso son los cristianos que escuchan la Palabra de Dios, la reciben con alegría y se entusiasman por un tiempo. Al no profundizar y formarse adecuadamente no echan raíces y cuando vienen los problemas y obstáculos en la vida se desaniman. En nuestra Iglesia carecemos de profundización en los diferentes aspectos de nuestra doctrina y de la Sagrada Escritura y por ello varios de nuestros fieles son convencidos de que esta no es la verdadera Iglesia o el camino correcto. 3. El terreno con abrojos o mala hierva son los cristianos que escuchan la palabra de Dios, permanecen en la comunidad con cierta alegría y van echando raíces. Se comprometen pero no completamente y siguen a Jesús de manera superficial. La hierva mala que está a su alrededor, que puede ser las preocupaciones y tensiones de este mundo en todos los campos ya sea económico, político, social, cultural, familiar… les invaden y ahogan. Hoy en día éste es uno de los problemas centrales que viven nuestros fieles y que les impiden estar atentos a la profundización en su fe y a estar concientes que el mundo busca ahogar la semilla que ha sido sembrada por Dios en nuestros corazones. Trabajar en este campo es una necesidad apremiante para todos los líderes de la iglesia. 4. La tierra buena son los cristianos que recibieron la Palabra y el llamado del Señor. Enfrentaron las diferentes problemáticas y fueron echando raíces. Enfrentaron la adversidad y no se dejaron ahogar por ella. Continuaron su formación constantemente y con responsabilidad. Cuidaron de la semilla, la regaron y fueron quitando de sus vidas todo mal. De esa forma llegaron a dar fruto y siguen dando cada día más. Pero también la parábola es alentadora, pues al leerla de conjunto podemos apreciar que como cristiano(a) somos el terreno a la orilla del camino, pero al entrar en nuestro proceso de conversión, vamos pasando a ser un terreno que tiene piedras y las vamos quitando, Lugo que tiene maleza y la cortamos y llegamos a ser buena tierra y dar fruto en abundancia. El cristiano llega a ser buena tierra en la medida que sigue el proceso y se da cuenta que la fe es seguir a Jesús toda la vida. La parábola nos deja estas dos ricas enseñanzas: hay que ser buena tierra y también recibir la buena semilla para dar fruto. Fr. Carlos Portillo.