Curioso. Llega con la edad… o más bien con las experiencias, porque si no la practicamos, la edad llega sin ella. De pequeños casi no la ejercíamos y por todo la perdíamos. Cuando con la familia nos llevaban a laaaargos viajes que parecía que nunca iban a terminar, inquietos preguntábamos una y otra vez, sobre si faltaba aún mucho tiempo para estar en el destino, a lo cual nos repetían a cada una de ellas, que la ejerciéramos. Tiene que ver con padecer o soportar algo sin alterarse. Siempre nos suceden acontecimientos que no esperamos… y no queremos. A menudo las situaciones se salen de control y se nos dificultan. Allí la necesitamos. Nos urge cuando, tras horas de espera en un hospital, el médico se retrasa y con el la operación. Cuando la otra persona levanta la voz, o el silencio en una relación se extiende y no logramos ponernos de acuerdo en un punto en especial. También cuando los hijos se demoran y no tenemos forma de comunicarnos con ellos, teniendo que confiar en que nada malo les ocurra. Es indispensable cuando tenemos tiempo de haber iniciado un proyecto y no vemos que avance, y como con una planta, le hemos trabajado, regado, abonado, y con todo y eso, no vemos el fruto de nuestro esfuerzo… aún. Tiene que ver con esperar algo que se desea mucho. Cuando el milagro que hemos estado pidiendo insistentemente a Dios, sabemos que va a suceder… pero aún no sucede. Cuando se sabe con certeza en el corazón que esa persona anhelada desde lo más profundo de nuestro ser va a llegar, sea una relación sentimental o un bebé que durante mucho tiempo se ha esperado, y se retrasa un poco… según nuestro tiempo (Hab 2,2-3). Cuando salimos todos los días a la calle buscando el trabajo para el cual, con ilusión, nos hemos preparando y regresamos con una opción menos para aplicar y una esperanza extraña que nos dice que mañana… todo va a ser distinto. Cuando hemos recibido una promesa de parte de Dios que nos ha hecho soñar y nos visualizarnos de manera distinta, pero al regresar al presente las cosas siguen igual (o a veces un poco más complicadas) que cuando iniciamos el viaje en nuestra imaginación. Tiene que ver con grandeza y constancia de ánimo en las adversidades. Grandeza porque solamente aquellos que la aplican ven el cumplimiento de lo que esperan y, con esto, el crecimiento de su fe y confianza. Constancia porque en el momento que dejamos de caminar, aún cuando no veamos el final, nos sentenciamos automáticamente a no alcanzar aquello que tanto hemos esperado, aún cuando quizás solamente hacían falta unos cuantos pasos, que nos resistimos dar… o una última puerta que no quisimos ya tocar. Ánimo porque no se trata solamente de continuar, sino además, de no perder el entusiasmo en el proceso, de saber que “Dios hace desear al alma, lo que va a conceder” (Santa Teresa de Jesús) y que si El puso en el corazón la espera, llegará. Solo es cuestión de tiempo. Dígame usted ¿Qué haríamos sin la Paciencia? Ni siquiera hubiera terminado de leer este artículo, dejándolo a un lado y pensando… ¿¡Cuando me va a decir de qué me está hablando!? Paciencia. Engendrada por las tribulaciones (todas aquellas situaciones que nos son contrarias y casi hacen que la perdamos) pero que a su vez genera virtud probada, dando como resultado la esperanza (Rom 5,3-5) “Sabiendo que la calidad probada de nuestra fe, produce Paciencia” Santiago 1,3
Marlon Cardona