La bondad es un atributo divino, “Solo Dios es bueno” (Mc 10,18) en cambio la maldad es propia de la naturaleza humana, herida por el pecado (Cf. Gn 6,5; Rom 7,15-20) El buen Dios, por su infinita misericordia nos ha trasladado de las tinieblas del pecado a la luz admirable de su gracia (Cf. 2P 2,9) San Pablo expresa esa transformación con las siguientes palabras: “Por que en otro tiempo fueron tinieblas; mas ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz; pues el FRUTO de la luz consiste en toda BONDAD, justicia y verdad.” (Ef. 5,8-9) El fruto de la bondad, es uno de los primeros signos de nuestra transformación por la acción del Espíritu Santo. (Cf. Ef. 4,17-32) El toma el control de nuestros sentimientos y nuestras emociones y los hace cada vez más semejantes a los de Cristo (Cf. Fl 2,1-5) “Esto solo puede llevarse a cabo a partir del encuentro intimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya solo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo… al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho mas que cosas externas necesarias; puedo ofrecerle la mirada de amor que el necesita.” (Benedicto XVI, Deus Caritas Est. #18) ¿Como descubrimos en nosotros el fruto de la bondad? La bondad comienza con la tolerancia y la benevolencia, es decir: cuando aceptamos a los demás tal como son, respetamos las diferencias y pasamos por alto sus limitaciones y defectos. El fruto va creciendo cuando se convierte en cordialidad, ternura y dulzura, en nuestra manera de relacionarnos con los hermanos. La bondad llega a su madurez y se expresa en forma de solidaridad y servicio desinteresado al que mas lo necesite. Cuando la bondad de Dios se hace visible en nosotros, podemos cumplir el deseo de Jesús: “Brille a si su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su padre que esta en los cielos” (Mt 5,16)
Salvador Gómez Yánez