Hemos aprendido desde la catequesis del sacramento de la Confirmación que uno de los frutos del Espíritu Santo es la Paz. Y, también, en el Sermón de la Montaña el Señor predicó: Bienaventurados los que construyen la paz… (Mt 5,9).
Si bien es cierto que el Espíritu Santo nos regala este fruto, no quita que debemos.
¿Cuánto seremos mujeres de paz?
1) Al oír de la boca de Jesús encontramos lo siguiente: Pero yo les digo: si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio (Mt 5, 22). La caridad está muy unida con la paz. El cuidar en buen trato con nuestros semejantes enriquecerá nuestra paz. La caridad no posee límites, tenemos que amar aún a los que nos odian (Mt5, 43), dar más de lo que exige la justicia (Mt 5, 42).
2) También aprendemos del Señor: No anden preocupados… (Mt 5,31). La sociedad actual nos ha llevado a un fin de necesidades innecesarias. Queremos tener abarrotadas nuestras refrigeradoras de alimentos, los closets de zapatos y vestidos, los tocadores de utensilios de belleza, etc., etc. No sólo gastamos lo que no podemos, sino que entramos en un stress que perjudica nuestra salud física y espiritual. Comamos, compremos lo necesario y enseñemos a nuestros hijos y esposos (si somos mamás y esposas) a tener lo indispensable.
3) Del mismo Señor escuchamos: No juzguen a los demás… (Mt 7, 1). Casi siempre estamos tomando la actitud de jueza, y nunca vemos cómo enmendar nuestras faltas. Si te pones por encima de los demás, jamás lo lograrás; vas a tener que tomar actitudes déspotas, inmisericordes. Sé conforme contigo misma: de tu belleza, de tu condición familiar, de tu situación social, de tus logros y tus fracasos. Tú trabaja por tu superación personal, familiar y social sin tomar medidas ajenas, sin menospreciar a nadie…
La paz espiritual, muchas veces, puede estar acompañada de dificultades. Recordemos la vida de Jesús que estuvo llena de tantas vicisitudes; sólo pudo descansar cuando reclinó su cabeza en la cruz, es decir, el día de su muerte. Aquel joven que quiso seguir con entusiasmo el camino de Jesús, oyó de su boca: las zorras tienen madrigueras y los pájaros sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza.
San Pablo nos cuenta todos los problemas que tuvo desde que decidió seguir el camino de la fe: “fui flagelado tres veces; cinco veces recibí cuarenta golpes menos uno” (2 Cor 11,25). Una vez la policía salvó la vida de Pablo en Jerusalén, cuando corría peligro de ser linchado por la multitud en la plaza del templo (Hch 21,31-32).
Muchos aguijones y tribulaciones acompañaban a los santos y santas en su esfuerzo por llegar a la santidad.
Con todo, queremos decir que no debemos alarmarnos cuando estamos llenos de dificultades y nos sentimos cerca del Señor. Las dos cosas pueden ir a la paz. No hay redención sin cruz, sin espinas, sin azotes, sin sufrimientos. Pero, aún así ¿podemos tener paz espiritual? Sí.
Cuando el hombre y la mujer hacen lo que les manda su conciencia, entonces estarán en paz consigo mismo.
Cuando demos a nuestros semejantes toda nuestra entrega y amor, entonces estaremos en paz con nuestros semejantes.
Cuando busquemos primero el Reino de Dios y justicia, entonces estaremos en paz con nuestro Creador.
Cuando administremos, justicia, equilibrio y solidaridad, los bienes naturales que Dios nos ha encomendado, entonces estaremos en paz con la naturaleza.
Pero no sólo tenemos que buscar nuestra propia paz, sino que tenemos ser creadores de ella. Así nos dijo el Señor en el Sermón de la Montaña: Bienaventurados los hacedores de la paz, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 5). Mi paz les dejo, mi paz les doy fueron las últimas palabras de Jesús que alentaron a los Apóstoles en la última cena.
Un gran ejemplo nos dejó el Pobrecillo de Asís cuando decía: hazme un instrumento de tu paz.
La sociedad que nos ha tocado vivir está hambrienta de mucha paz, pero de la paz que viene del seno de Jesús. Porque la paz que ha provocado este mundo es muy pasajera, ya que sólo mide la paz por la ausencia de guerras y la abundancia de bienes efímeros. Esta paz mundana ha durado poco tiempo, y no ha tenido la cobertura para que llegue a todos los rincones de la tierra. Este mundo llora por la paz verdadera.
La asistencia del Espíritu hará que mantengamos la lucha constante y multiplicará nuestros esfuerzos por la paz.
Cuando sigas estas orientaciones que nos da Jesús verás cómo el Espíritu Santo centuplicará tu esfuerzo y la Paz abundará en tu corazón y tu familia.
Francisco Pérez Guatemala