GAL 5,22 ¿Cuántas veces has sonreído, o has reído sin detenerte?, no siempre la expresión externa es garantía de alegría interior y verdadera, normalmente el payaso sonríe y hace reír, pero en su interior pocos saben lo que verdaderamente vive, experimenta y enfrenta en el silencio y la intimidad de su ser. Existen alegrías como resultado de comer el dulce deseado, o superar los exámenes del ciclo escolar, la alegría de un hijo que sobre vive a una operación, o de un esposo responsable que sabe llevar adelante la familia, el sentimiento que se siente cuando una hermana encuentra trabajo, el comprar finalmente la casa propia, etc. En todos estos ejemplos, hay algo en común, tarde o temprano el ritmo de la vida nos hace disminuir en entusiasmo por esto que hemos obtenido, pues las dificultades, las tristezas, los miedos y titubeos nos hacen girar nuestra atención hacia otras circunstancias. Es normal no existe alegría en este mundo que colme los mas profundos anhelos de los seres humanos, todas son pasajeras, por profunda que sea la alegría mejor de este mundo no tiene la cualidad de ser eterna. Ahora bien cuando una persona ha tenido un encuentro personal de “ojos abiertos y corazón palpitante con Jesucristo” (Juan Pablo II, Santo Domingo 26-1-1979), dado a nosotros como bondad del Padre en el Don del Espíritu Santo, esto produce una vida nueva, una manera estupendamente increíble que hace que nuestra relación con cada persona y cosa se transforme al punto de llamar a toda la creación “hermano – hermana” como lo hizo San Francisco de Asís, cuando el hombre se encuentra con el Dios Trino descubre la verdadera alegría pues “nos hiciste para ti y nuestra alma no descansa hasta estar en ti” (San Agustín). Nuestra vida debe renovar constantemente la presencia del Espíritu Santo, que es Dios mismo con una frecuente confesión sacramental, además una intensa vida eucarística, de oración personal, de lectura de la Biblia, de experiencia de vida parroquial y comunitaria, todo esto permitirá en un proceso gradual serenidad, equilibrio en lo profundo de la persona, como si una música de fondo, suave sonara en el interior del alma, llevándola a las cumbres mas altas del placer mas pleno que solamente el amor infinito puede comunicar; y como fruto de este éxtasis místico la alegría será tan natural como el rió cristalino y suave que baja de la cumbre mas alta para dejar por su paso color, tranquilidad, serenidad, paz y vida. Todo esta no nos aísla ni nos evita las problemáticas, las tristezas y los dolores de cada día pero nos permite asumirlos de una manera nueva, nos permite seguir serenos, firmes y con fe pues sabemos que Jesús ha dicho “en el mundo tendréis tribulación. Pero ¡animo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Es más precisamente en el momento del dolor es donde mejor podemos testimoniar la alegría profunda y verdadera que da Dios, pues aunque me arrebaten todo nadie puede arrancarnos a Dios de nuestro corazón, y tenerlo a El basta pues “quien a Dios tiene nada le falta” como dijo Santa Teresa de Jesús. Ser alegre cuando todo va bien, no tiene nada de extraordinario, pero ser optimista, ser entusiasta, ser perseverantemente alegre, en el momento de la prueba demuestra la verdad de Cristo ya presente en nuestras vidas, mostramos su presencia Resucitada. La alegría constante se convierte en un testimonio cristiano irrebatible, ante los rostros amargos, desesperados, angustiados, vacíos y agonizantes de tantas personas en nuestra sociedad de hoy. “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Fil 4,4).
No Temas solamente ten Fe, Que Dios te Bendiga.
P. Manuel Abac Roma Italia.