Cuando hablamos de este tema, si no tenemos una experiencia de amor, tendríamos que recurrir a muchos libros, enciclopedias, acceder a Internet, etc., para saber qué es el amor. Qué duro debe ser tener que buscar en los libros ¿qué es el amor? y no poder hablar desde una experiencia en nuestra vida.
No quiero hacer mía lo que una vez oí, pero no tengo la referencia, pero si esas palabras que se me grabaron:
a. El amor es hermoso: porque hace ver a Dios en el otro. b. Es fecundo: porque hacer crecer. c. Es fiel: porque quiere permanecer en el otro.
En mi vida he visto como las viñas dan uvas; las milpas dan maíz; los trigales dan trigo; etc., y nosotros como hijos e hijas de Dios ¿qué damos?
No se rompan la cabeza que les daré algún “chivo”:
“Tanto amó Dios al mundo que envió a su hijo único”. “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el otro”. Aquel grito desgarrador que decía: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Aquella voz salida de las nubes: “Este es mi hijo amado, el predilecto, en quien me complazco”. Aquella virtud maternal de una mujer que tuvo que decir “hijo, se les ha acabado el vino”. O la experiencia de no dejarnos solos “Madre, he ahí a tu hijo. He ahí a tu madre”.
Y para que todos estas cosas las pudiéramos comprender se nos ha dado del don del Espíritu Santo, aquel que Dios sopló sobre nosotros, haciéndonos sentir que nos entregaba parte de su ser, como si hubiésemos estado nueve meses en el vientre el Padre, al cual nuestro corazón debe volver.
Es ese espíritu, ese amor, que nos hace ver a Dios en el otro; que nos hace crecer y que quiere permanecer siempre en él.
Por lo tanto, así como las viñas dan uvas, las milpas maíz y los trigales trigo; nosotros, nosotras, como hijos e hijas de Dios no tenemos más que dar como fruto, el amor.
Miren ahora esta bella historia que me sucedió en el funeral de una Señora llamada “Tataya”, en Tánger, Marruecos.
Era una mujer sin marido y sin hijos. Pero cuando fue ingresada en una residencia para ancianos y ancianas, se encontró con otro hombre que también estaba solo de nombre “Carlitos”.
Cerca de las edades entre 85 y 90 años. Pero siempre permanecían juntos en el pasillo, uno al lado del otro, ambos en silla de ruedas, sin poderse hablar más que mirarse, pero siempre agarraditos de la mano.
El Señor Carlitos murió hace un par de años, y por cuestiones de recursos, fue enterrado en la parte más adentro del cementerio.
El día 2 de febrero 2008 fui hasta el cementerio para enterrar a la Señora Tataya , después de la oración de exequias y la bendición del ataúd, mientras esperábamos que terminaran de tapar, en la curiosidad de ver las tumbas de los lados, a la par de ella vi la tumba donde había sido enterrado el Sr. Carlitos “su amor” y hoy ella, que por la misma situación de escasos recursos, fue enterrada en este último rincón.
Yo me acordaba de la frase “hasta que la muerte los separe”, pero hoy pensé: cuando hay dos personas que se aman con la certeza de que Dios es quien los ha unido, puedo atreverme a decir que ni la muerte los separa. Este sentimiento me lanza a la resurrección que con gozo esperamos.
Dios usa las mediaciones humanas, para confirmar su promesa de amor en aquellos que se aman y no olvidar esa promesa del amor de Dios para quienes seguimos en este mundo.
He contado esta historia a sus familiares y han llorando diciendo: “y nosotros pensábamos que estaba sola” y en ese momento ha vuelto a ellos una bella sonrisa llena de consuelo.
“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”.
Nota a tomar en cuenta: Solo esta señora era cristiana, toda su familia es musulmana, pero me han agradecido que les contara eso que no sabían y llegar a decir unas de sus sobrinas “su presencia –padre- entre nosotros es de mucha fortalece”. Así que, el amor solo se vive y se siente, pero ni juntando todos los libros que hablan sobre el amor, podrán describir qué es el amor.
Cuando el amor tenga una definición, ya no es.
Fr. Edwin Alvarado S. OFM Maruecos. África.