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Reflexiones

Oración de intercesión

  • 23 agosto, 201724 agosto, 2020
  • by svsl

La oración toma tiempo, pero cambia el corazón
Homilía del jueves 3 de abril en Santa Marta

La oración es una lucha con Dios, y se hace con libertad e insistencia, como un diálogo sincero con un amigo. Esta oración cambia nuestro corazón, porque nos hace conocer mejor cómo es Dios realmente.  El diálogo de Moisés con Dios en el Monte Sinaí estuvo en el centro de la homilía del Papa: Dios quiere castigar a su pueblo porque se ha hecho un ídolo, el becerro de oro.
 
Moisés reza con fuerza al Señor para que se lo vuelva a pensar, explica el Papa Francisco, es una verdadera lucha con Dios. Una lucha del jefe del pueblo para salvar a su pueblo, que es el Pueblo de Dios. Y Moisés habla libremente, también con insistencia. Moisés insiste. Es valiente. La oración debe ser también “un negociación con Dios”, “argumentando”.
 
Moisés al final convence a Dios y la lectura dice que “el Señor se arrepiente del mal con el que había amenazado a su pueblo”. “Pero -se pregunta el Papa-, ¿qué ha cambiado aquí? ¿Es el Señor el que ha cambiado? Yo creo que no”.
 
“El que ha cambiado es Moisés, porque él creía que el Señor habría hecho esto, creía que el Señor destruiría al pueblo y él busca, en su memoria, el recuerdo de cuán bueno había sido el Señor con su pueblo, cómo lo sacó de la esclavitud de Egipto y lo llevó adelante con una promesa”, explicó.
 
Y continuó: “Y con estas argumentaciones trata de convencer a Dios, pero en este proceso es él quien reencuentra la memoria del pueblo y recibe la misericordia de Dios”.
 
“Este Moisés que tenía miedo, miedo de que Dios hiciese otra cosa, al final desciende del monte con algo grande en el corazón: nuestro Dios es misericordioso –destacó-. Sabe perdonar. Rectifica sus decisiones. Es un Padre”.
 
Todo esto, observó el Papa Francisco, Moisés lo sabía, “pero lo sabía más o menos, y en la oración lo confirma. Esto hace la oración en nosotros: nos cambia el corazón”.
 
“La oración nos cambia el corazón. Nos hace entender mejor cómo es nuestro Dios”, afirmó.
 
“Por eso es importante hablar con el Señor, no con palabras vacías -Jesús dice ‘como hacen los paganos’-. No, no, hablar con la realidad”, señaló Francisco.
 
Y el Papa recurrió a la dramatización una vez más, para explicar cómo hay que hablar con Dios: “Pero, mira Señor, que tengo este problema, en la familia, con mi hijo, con esto, con lo otro… ¿Qué puedo hacer? Pero mira, Tú no me puedes dejar así’… ¡Esta es la oración! ¿Cuánto tiempo toma esta oración? Toma su tiempo”.
 
Es el tiempo que necesitamos para conocer mejor a Dios, como se hace con un amigo, porque Moisés, dice la Biblia, rezaba al Señor como un amigo habla a otro amigo, continuó.
 
“La Biblia dice que Moisés hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo –recordó-. Así debe ser la oración: libre, insistente, con argumentaciones. ¡Incluso reprendiendo al Señor un poco!: ‘¡Tu me prometiste esto, y no lo has hecho…!’; así, como se habla a un amigo”,
 
El Papa pidió “abrir el corazón a esta oración”. “Moisés bajó del monte fortalecido: ‘He conocido más al Señor’ –subrayó-, y con la fuerza que le había dado la oración, retoma su misión de conducir al pueblo hacia la Tierra prometida. Porque la oración fortalece, fortalece. Que el Señor nos dé a todos nosotros la gracia, porque rezar es una gracia”.
 
“En cada oración -recordó de nuevo el Papa- está el Espíritu Santo”, “no se puede rezar sin el Espíritu Santo; es Él quien reza en nosotros, es Él quien nos cambia el corazón, es Él quien nos enseña a llamar a Dios ‘Padre’”, aseguró.
 
“Pidamos el Espíritu Santo –concluyó-, que Él nos enseñe a rezar, como rezó Moisés, a negociar con Dios, con libertad de espíritu, con valentía. Y el Espíritu Santo, que está siempre presente en nuestra oración, nos conduzca por este camino”

Papa Francisco.

Reflexiones

los elementos de la oración

  • 23 agosto, 201724 agosto, 2020
  • by svsl

Una de las oraciones más hermosas que encontramos en la biblia es la de Habacuc, quizá porque nos identificamos mucho con él por esos momentos difíciles que siempre nos tocan pasar, tiempos de escasez y dificultades.

Habacuc nos muestra dos elementos importantes de la oración que me gustaría compartir contigo, sobre todo porque al enfrentarnos a esas situaciones se presenta en nuestra mente un gran signo de interrogación, ¿y ahora qué? ¿Me sacará Dios de ésta? ¿Dónde está. Estos elementos son: La fe y la confianza, así como nos lo muestra hoy Habacuc.

La fe: “Más el justo vivirá por la fe”, (Hab 2,4) debemos de creerle a Dios, es la certeza de las cosas que no vemos, cuan importante es la Fe al momento de orar, no vemos lo que estamos pidiendo, pero hay que esperarlo, con esa certeza de que Dios va a obrar. No desmayes, cree que lo que has entregado al Señor en oración, Él ya tiene el control, como Habacuc, espera, que tu fe te mantendrá de pie. Esta es siempre la primera batalla que enfrentarás al momento de orar, muchos se quedan en el camino, porque empezaron a dudar, pensaron que Dios se había olvidado de ellos, creyeron que no se les escuchaba, y olvidaron la hermosa promesa de Dios, “clama a mí y yo te responderé”. (Jer 33,3). Dios no es hombre para mentir ni echarse para atrás, nunca lo olvides. Vive por tu Fe, y tu oración tendrá una gran respuesta.

Una de las cosas que nos ayudará a recobrar la Fe o aumentarla es:

Recordar. Normalmente recordamos el dolor, las personas que nos hicieron daño, y guardamos en nuestro corazón todas las experiencias dolorosas… esto nos demuestra que sí podemos recordar. Pero a lo que nos invita Habacuc es recordar lo que Dios ya ha hecho antes en nuestras vidas, y traerlo a nuestra memoria, esto nos levantará y acrecentará nuestra fe, ¿Recuerdas? ¿Cuándo pensabas que era imposible que sucediera alguna cosa? y Dios lo hizo posible. ¿Cuándo creíste que no ibas a salir de un problema? Y Dios te sacó. ¿Cuándo los médicos te diagnosticaron una enfermedad? Y el Señor te sanó. Si el Señor actuó ayer en tu vida ¡lo hará hoy!, No lo olvides, Él es el mismo de ayer hoy y siempre.

La confianza, un segundo elemento que no puede faltar en nuestra oración, “Aunque” (Hab 3,17) es la palabra que Habacuc repite varias veces en su oración, hermosa palabra que nos muestra la confianza tan grande que Habacuc tenía. Ésa debe ser nuestra meta, confiar “aunque”. Nunca te has preguntado ¿y si lo que pido en oración Dios no me lo daría? ¿Seguirías orando?

Aunque: mi esposo no regrese, no tenga dinero, perdiera mi empleo, me divorciara, no tuviera hijo…. ¿Seguirías orando? Es aquí donde entra la confianza en Dios, Él sabe que es lo mejor para nosotros, y esta confianza es la que nos da esperanza, gozo y paz.

¿En quién tienes puesta tu confianza? Si estás confiando en los políticos, en las finanzas, en las personas, en nuestro trabajo, tendrás una gran desilusión, ya que esto tarde o temprano termina o se desvanece. Tu confianza tiene que estar en Dios y en su Palabra, el profeta Isaías nos dice

“Todos los que han puesto su confianza en Dios han salido adelante en medio de la adversidad y la escasez,” (Is 22,2). Esta debe ser tu meta, llegar a tener confianza cada vez que oras. Una confianza en Dios tan grande, que podrías decir como Habacuc “aunque… no me dieras lo que te pido igual de amaría”.

Él es un Padre de amor que nunca te dejará, Él tiene el poder de obrar en tu vida, Él sabe que es lo mejor para tí; debes tener la certeza que tu vida está en sus manos y que siempre estará a tu lado, todo esto es lo que te hará confiar en Él.

Recuerdo el testimonio de una gran mujer que anhelaba tener hijos, oró por ello por mucho tiempo y cada cierto tiempo consultaba a su médico para hacerse las pruebas de embarazo y esperaba ver los resultados positivos, y siempre le salían negativos. El personal del hospital ya la conocía, era la mujer que quería tener hijos y no podía. En su último chequeo llegó con confianza a la clínica a hacerse el examen, al tener los resultados la enfermera se acercó para decirle que nuevamente había salido negativo su examen, ella salió de la clínica, fue a su carro y con lágrimas en los ojos le dijo en oración al Señor: “Aunque no me dieras hijos igual te amaría”. En ese instante la enfermera la estaba buscando, llegó al parqueo para indicarle que se habían confundido en los resultados de sus exámenes y que los de ella eran positivos.

Amiga que esta frase esté siempre en tu oración, “Aunque”, Dios no te diera lo que tanto anhelas o necesitas sigue amándolo sigue confiando en Él.
Por último Habacuc concluye: “Yo me alegraré en el Señor, tendré mi gozo en Dios mi Salvador”. (Hab 3,18). Cuando oramos con Fe y Confianza nuestras vidas se llenan de gozo, no por lo que recibimos, sino porque contamos con Él.

Hna. Nancy Mazariegos de Cabrera.

Reflexiones

Oración de petición

  • 23 agosto, 201724 agosto, 2020
  • by svsl

Gn 18, 16-33
 
Abraham pide para que no se destruya Sodoma y Gomorra.
La oración es una actitud que debería ser habitual en el creyente, lamentablemente algunos que se dicen discípulos del Señor, no lo poseen, hoy queremos detenernos en el ejemplo de Abraham es un tipo de petición llamada intercesión, pues se solicita una gracia especial en este caso por la vida de los habitantes de las ciudades de Sodoma y Gomorra.

En este texto de Génesis tres personajes pasan por la casa de Abraham y se dirigen a estas ciudades para destruirlas, Abraham en su afán de defender a Lot su sobrino que habitaba en esa ciudad, insiste en su petición de que no sean eliminadas, argumentando que pueden haber justos en ellas y que no puede imaginar a un Dios que destruya el justo con el pecador, a lo que Dios le asegura que no lo hará si hay al menos 10 justos.

            En este texto encontramos la actitud de insistencia que debe ser característica en la oración de petición, no rendirnos, mantener la esperanza y confianza en el Señor y lo que va hacer escuchándonos siempre con amor.

            Además en Abraham hay un total respeto hacia Dios, en todo momento pide disculpas por su insistencia y reconoce que al final el Todopoderoso es quien sabe qué es lo mejor.

            Al final Dios destruye las ciudades, eso ¿qué quiere decir?, ¿Qué Dios no escucha?, ¿Por más que insistamos?, obviamente no, la enseñanza es que al final de aquello que pidamos debemos agregar la frase de Jesús en el huerto de Getsemaní, “… pero no se haga mi voluntad si no la tuya…” (Lc 22,42), la oración de petición siempre va con la conciencia de que Dios sabe que es lo mejor, que no puedo imponerle mi petición si no ella debe someterse a su amorosa voluntad, que pueda ser yo no entienda, pero con humildad y sumisión acepto, porque El es mi Padre, me ama, y lo que él decida para mí, está bien.
 
            El verdadero creyente pide, pero sabe esperar, se pone con total confianza en las manos del Padre, tiene la conciencia de ser un hijo querido por Dios y por lo tanto asume la voluntad divina.
            Hay personas que después de pedir e insistir en su  oración, al ver que no se cumple lo solicitado, se enojan con Dios, se sienten con derecho de exigirle y  finalmente algunos deciden ya no pedir, dejar de creer en El, creen que con Dios se puede tener la misma mentalidad de la sociedad actual, pragmática y materialista, como pago un servicio tengo derecho a exigirlo, y de la misma forma, lo aplican a Dios, “como me porto bien”, “como voy a misa”, “voy a mi grupo”, tengo derecho a exigirle al Señor que me Bendiga a cambio de mi buen comportamiento.

            En Santa Mónica encontramos el ejemplo de la oración de petición constante y paciente, ella oró 20 años por su hijo, quien en su autobiografía decía que ya  a los 4 años era un gran pecador.

            Resulta que la insistencia de aquella mujer y su paciencia en la oración, tuvo su final feliz, pues su hijo, cambia de vida, se hace Sacerdote, lo hacen Obispo, y hoy es Doctor y Santo de la Iglesia Católica, San Agustín.

            No desmayes en tu oración sigue con fe y confianza pidiendo al Señor, tal vez por tu matrimonio, por tu hijo, por tu enfermedad, tu soledad, tu angustia, ten la certeza de que Dios escucha, pero tu tiempo no es su tiempo, el conoce el momento y la ocasión oportuna, a nosotros nos toca confiar y depositar con entera confianza nuestra vida en sus amorosas manos.

            Siempre levanta tus manos con la certeza de que el Padre bueno quien te ama mira tú realidad y escucha tu petición, y en su momento y en su sabiduría sabrá concederte lo mejor.
 
            P. Manuel Abac

Reflexiones

Jesús y nuestra oración

  • 23 agosto, 201724 agosto, 2020
  • by svsl

La oración ocupa un lugar importante en la vida de la persona. Es difícil encontrar alguien alejado totalmente de la oración. Cuando la persona se ve acosada, aflora en ella de forma instintiva una luz que le refiere a un Ser Superior que pueda ayudarle a superar la situación. Como dice el dicho popular: “Al menos cuando truena, todos nos acordamos de Santa Bárbara”. Por supuesto, cuando se trata de una persona cristiana, la oración forma parte de su cotidianidad. Pero pocas veces nos hemos puesto a pensar que la oración del cristiano tiene que tener como referente fundamental e indispensable a Jesús. Sin referencia a Jesús, la oración no puede llamarse cristiana.


Santa Teresa no entendía cómo encajar la oración contemplativa con la humanidad de Jesús, Dios humanado. Cuenta que a algunos les parece que la oración, cosa del espíritu, “les puede estorbar e impedir cualquier cosa corpórea”. Ella misma tuvo que pasar por esta dificultad y decía: “ya no había quien me hiciese tornar a la humanidad (de Jesucristo), sino que, en hecho, de verdad me parecía que era un impedimento”. Hasta que llegó a la conclusión de que “he visto claro que por esta puerta (la humanidad de Cristo), hemos de entrar si queremos nos muestre la Soberana Majestad grandes secretos” (Vida 22,1-10). ¿Qué quiere decir esto? Que la figura y la persona histórica de Jesús, es el referente para la oración del cristiano porque nos indica cómo hemos de orar, qué hemos de pedir, cómo debemos actuar. Por eso, la oración que no nos lleve a parecernos a Jesús, será cualquier cosa, pero no podemos llamarla oración cristiana.


A este propósito, es importante tener en cuenta varias cosas que han de formar parte de nuestra practica oracional. Recordarlas, nos hará bien y poco a poco hará posible el objeto de toda oración cristiana, “configurarnos con Jesucristo” (Fil, 2,5):

1) Jesús fue un hombre de oración. No solamente observaba los tres ratos de oración, de acuerdo a las costumbres del pueblo judío, sino que toda su vida estuvo envuelta en un clima de oración. Comienza con una oración en el bautismo (Lc 3,21), un largo retiro de oración en el desierto (Mt 4,1-11), y termina con una oración (Mt 27,46). También aparece orando en los momentos decisivos de su vida: Elección de los doce apóstoles (Lc 6,12-13), ante la inminencia de su pasión en el huerto (Mc 14,36). Ora también por personas concretas, por Pedro (Lc 22,32), por los niños (Mc 10,16), por sus verdugos (Lc 23,34). Se retiraba de su actividad a un huerto apartado y pasaba horas orando (Mc 1,35; 6,46). E incluso noches enteras (Lc 6,12) en oración. Particularmente en los momentos difíciles en que ve amenazada su vida, su contacto con el Padre por la oración, era para conocer su voluntad y aceptarla, tanto sobre su misión como sobre su propio destino.
Una consecuencia es que la oración cristiana no es para sentirnos relajados, buscar el equilibrio personal y sicológico, descansar, etc. La oración puede llevar consigo todo esto, pero no porque se busque directamente. Cuando su objetivo es distinto de la oración de Jesús, pueden ser formas muy respetuosas de “oración”, pero no es oración cristiana. Esta tiene que identificarse por relacionarse con el Padre para buscar su voluntad y tener el coraje de realizarla actuando como Jesús.

2) Jesús no se contenta con ser hombre de oración e indicarnos que su secreto es buscar la voluntad del Padre. También nos advierte de sus peligros, desviaciones, y denuncia ciertas formas de oración. Tenemos muchos ejemplos en el Evangelio:


a) Jesús enseña a sus seguidores que “cuando recen no hablen mucho, como los paganos, pensando que por ser palabreros les harán caso. El Padre sabe lo que les hace falta antes de que se lo pidan” (Mt, 6,7-8). En este estilo de oración, subyace la idea de que Dios está distraído o es caprichudo, que le tienen sin cuidado nuestros problemas. El Padre de Jesús no es así. El sabe lo que nos hace falta y la dificultad está no en que tengamos que convencer a Dios para que nos otorgue lo que nos interesa, sino en nuestra falta de sintonía con Él. Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, pero si nos faltan las disposiciones, aunque quiera dárnoslo, no podemos recibirlo. No podemos ir a buscar agua sin un recipiente para recogerlo.

b) También dice Jesús que la oración no es para “exhibirse ante la gente”, como hacen los hipócritas” (Mt 6,5-6). Esta forma de orar para “que la gente los vea”, no brota de un deseo sincero de conocer lo que Dios quiere y cumplirlo. Ni de querer seguir a Jesús. Muchas veces la apariencia de ser personas orantes encubre actitudes contrarias al evangelio.

c) Otro caso parecido es el de los letrados, “esos que se comen los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos” (Mc 12,38-40). Jesús alerta contra una forma de oración para evitar las consecuencias de abusar y aprovecharse de los demás. Viuda es un símbolo bíblico para expresar al desamparado y oprimido. La oración que debía servir para buscar a Dios, se emplea para intentar que Dios se manche las manos con nuestras injusticias. Es el caso de tantos que defraudan y con malas mañas se quedan con lo que nos es suyo, de los que se aprovechan de los demás o del puesto que ocupan, y después piden a Dios que les saque de apuros. Esto equivale a intentar hacer cómplice a Dios de nuestras malas acciones.

3) Jesús también indica dos componentes esenciales de la oración:

a) La oración cristiana está relacionada e incluso condicionada por el perdón. El Padre nuestro, modelo de oración, no puede ser más explícito: “Perdona nuestras ofensas, pues nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt 6,12). Dios nos da su perdón si nosotros somos capaces de perdonar. No se trata de hacernos una imagen falsa de Dios pensando que actúa de la misma forma que nosotros, o de considerarle vengativo: como no perdonas Yo tampoco te perdono. Dios no actúa así. La condición no la pone Dios sino que la ponemos nosotros. Una persona que se cierra a perdonar, automáticamente se está cerrando a que ella pueda ser perdonada. Su orgullo impide y ocupa el lugar donde debía hacerse presente el perdón de Dios. Y el perdón ha de ser sin límites (Mt 18,21). Según Jesús, el camino hacia Dios pasa necesariamente por la reconciliación entre los que se ofenden (Mt 5,24; 1Jn 4,20).


e) La oración está íntimamente unida y tiene que manifestarse y expresarse en el servicio. Es una conclusión de lo anterior. Si la oración es ponernos en relación con Dios para buscar su voluntad y asemejarnos a Jesús, no podemos olvidar que el servicio fue su distintivo particular (Mt 20,28; Jn 13,14). Por consiguiente, cuando la oración no nos lleva a solidarizarnos con los demás y, en algunos casos, cuando nos aleja de los pobres, por más personas de oración que seamos, no es la oración que Jesús quiere de sus seguidores.

Bastan estas pinceladas para comprender cómo era la oración de Jesús y por dónde tiene que ir la nuestra.

Angel García-Zamorano

Reflexiones

La oración de providencia.

  • 23 agosto, 201724 agosto, 2020
  • by svsl

“Señor, danos nuestro pan de cada día. Señor, haz que en ocasión de este accidente, mi hijo aprenda a ser prudente en el manejo del carro, y, aún más, haz que entienda lo frágil de la vida humana y te busque a Ti, de una vez”.


Las dos oraciones son de providencia, o sea: piden la intervención amorosa de Dios para que provea un bien siempre en riesgo o que no hay. En el libro del Génesis, cuando Yavéh hizo que Abraam encontrara un cordero para sacrificarlo en lugar de su hijo, llamó ese lugar “Dios provee”.


Dios nos provee de dos formas: ordinaria (por creación, todos los bienes que tenemos por naturaleza) y de forma extraordinaria (por intervención creativa, digamos así). Proveer el pan de cada día es la forma ordinaria; proveer el almuerzo de manera imprevista (es la fórmula más común de entender el concepto de providencia) o la intervención de Dios para que el hijo cambie la mentalidad temeraria en ocasión de un accidente de carro, ambas son forma extraordinaria de providencia. En nuestra oración, ordinariamente, pedimos las dos providencias, por las tantas necesidades que hay y tantos accidentes que ocurren. Entonces, en ocasión de algo malo, Dios interviene y crea algo “mejor”; esta es la providencia de Dios.

Este concepto de providencia ciertamente es más profundo pero menos conocido; incluso, a menudo, lo se concibe de forma equivocada. -Me explico: el bien provisto se hace proceder de algo malo que Dios habría mandado, para luego proveer algo bueno (por ejemplo: Dios mandaría la enfermedad al niño para obtener la conversión del papá). Es cuando se cree que las desgracias y la muerte “dramática” son mandadas por Dios, son su Voluntad.


Hay que entender bien este asunto. Dios nunca manda algo malo, ni siquiera para obtener algo bueno; lo malo procede siempre del mal uso de la libertad de alguna persona o de muchas personas; ahora bien: Dios, en ocasión de ese mal, interviene con su creatividad divina y produce una obra bella.


Es que Dios nunca hace algo que hace sufrir, y del mal nunca puede venir algo bueno, y el mal no se puede cambiar en algo bueno. Lo que ocurre es que Dios, como una madre, está siempre pendiente de nosotros y cuando nos pasa algo malo (que es siempre por causa del mal uso de la libertad de alguien), si nosotros estamos abiertos a su amor, interviene con su providencia y crea otra realidad, bella y buena, que hace casi olvidar la desgracia en cuestión.

Eso sí, Dios para poder intervenir necesita encontrar abierta la puerta de nuestro corazón, abierto a la gracia, con humildad, arrepentimiento y propósito de enmienda. San Pablo lo dice así: “Para los que aman a Dios, todo se vuelve positivo”(Rom. 8, 28). La referencia más extraordinaria es la muerte de Jesús en la cruz: no fue Dios quien provocó la muerte de Jesús, ya que la muerte es su enemiga (ICor15,25 -26). Dios quería que Jesús quedara fiel en el amor (como pide a todos nosotros), aun en el Monte Calvario; la muerte fue responsabilidad de los fariseos ( Hch 4,10). Sin embargo, Dios Padre no se desentendió de los sufrimientos del hijo, intervino y creó la realidad más bella y buena para la humanidad: su salvación. El Catecismo de la Iglesia Católica, en numeral 312, resume así: “Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del hijo de Dios,…por la superabundancia de su gracia (por su providencia)…sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención”.


En nuestra oración, es bueno pedir la primera providencia, pero pedir la segunda, la que hemos llamado extraordinaria, es aún mejor. Nuestra gran tarea es la de tener el corazón siempre abierto a la gracia y a la compasión hacia los sufridos, para que toda situación se nos vuelva positiva.

Fray Edwin Alvarado.
OFM

Reflexiones

Misericordia es ayudar al prójimo

  • 23 agosto, 201624 agosto, 2020
  • by svsl

Jesús le respondió: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos asaltantes que, después de despojarlo y golpearlo sin piedad, se alejaron dejándolo medio muerto… Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas después de habérselas limpiado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó unas monedas y se la dio al encargado, diciendo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi regreso”.


¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los asaltantes? El otro contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Vete y haz tú lo mismo. Lc 10, 30-37

Estimado lector de la Agenda “Mujer si tú supieras”, quisiera pedirte que, antes de leer este artículo, te dirijas a tu Biblia, la abras en el evangelio según San Lucas y leas en él, el siguiente texto:

Lucas 10, 25-37
¿Ya leíste la cita bíblica? ¡Excelente! Comencemos.

“He aquí que un Doctor de la Ley se acercó para ponerle a prueba”: Los escribas y doctores de la ley eran lo más parecido a los teólogos de nuestro tiempo que, incluso, llegaban a gozar de mayor reputación que los mismos sacerdotes porque “comprendían” a Dios y lo “podían explicar”. Sí. Leíste bien. Personas que comprendían y podían explicar a Dios. ¿Puedes creerlo?, ¿quién realmente puede comprender a Dios?, ¿quién puede siquiera pretender explicar a Dios? Esto me recuerda la historia de San Agustín: un día, mientras Agustín se paseaba a la orilla de la playa meditando precisamente sobre lo Divino, se encontró con un niño que, con gran entusiasmo, había abierto un agujero en la arena y con un trastecito le echaba agua del mar tomándolo de las olas que se acercaban a él. Movido por la curiosidad, Agustín se acercó y le preguntó a aquel infante ¿Qué estás haciendo? ¡Estoy metiendo toda el agua del mar en este agujerito que cavé en la arena¡ Respondió el muchacho entusiasmado. Entonces Agustín, con una sonrisa irónica y hasta un tanto sarcástica, le aseveró ¡eso es imposible! ¡jamás podrías meter toda el agua del mar en ese pequeño agujero! ¡el mar es demasiado extenso para que quepa en un recipiente hecho por algún humano! Entonces el niño levantó la vista y con ternura, pero también con firmeza, le dijo: lo mismo tratas de hacer tú, Agustín, cuando pretendes siempre entender a Dios.

Realmente ¿quién podría entender a Dios o poderlo explicar? ¡nadie! solo pretenderlo es ya un acto de arrogancia, decir que se es capaz de hacerlo es ser soberbio. De allí que el autor del evangelio nos mencione que esta persona no buscaba respuestas, quería tentarle.

Le dice “Maestro, ¿qué debo de hacer para obtener la vida eterna? Él le dijo: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo lees? Respondió: amarás al Señor tu Dios con todo… y a tu prójimo como a ti mimo.”: Cuando este jurista le pregunta a Jesús sobre lo trascendental o más importante, Jesús le responde con otra pregunta: ¿qué crees tú que debes hacer? Realmente las respuestas a nuestras preguntas están dentro de nosotros. Los seres humanos buscamos fuera lo que debiéramos buscar dentro. Difícilmente puede una persona externa darnos las respuestas a las incógnitas más profundas sobre nosotros mismos o nuestro propósito de vida. Debemos viajar hacia dentro.

Al responder este joven a Jesús, nos presenta el vértice hebreo citando los libros del Éxodo y el Levítico, a través de los cuales encontramos algo interesante: un amor diferenciado. Según esta cúspide de la fe judía, a Dios le debemos un amor total y absoluto pero al prójimo un amor relativo. A Dios es con todo, al prójimo con una medida, con mí medida. Jesús va a darnos a los cristianos una nueva máxima, un nuevo mandamiento: “… Que, como yo les he amado, así se amén también ustedes los unos a los otros” (Jn 13, 34), concepto profundizado por San Juan en su primera carta donde nos hace referencia que “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve.” (1 Jn 4, 20) De aquí podemos concluir que la mejor manera de demostrar nuestro amor a Dios no es con alabanzas, oraciones, donaciones económicas o aun con sacrificios, sino más bien amando a nuestro hermano, amando a nuestro prójimo.

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó. Lo golpearon dejándole medio muerto. Casualmente bajaba un sacerdote” ¡Oh! ¡qué suerte! ¡un sacerdote! Pero permítame ponerle atención a una palabra antes: “bajaba”. Jesús dice que este hombre bajaba, no que subía. ¿Por qué atender a este detalle? Porque Jerusalén –donde se encontraba el templo– estaba arriba y Jericó estaba abajo, a unos 30 km. Comúnmente los sacerdotes y levitas vivían en Jericó y subían a Jerusalén para prestar sus servicios en los oficios del templo. Esto implica que el sacerdote regresaba de haber permanecido una semana en el templo de Jerusalén. Había pasado una semana haciendo oraciones a Dios, atendiendo a los sacrificios, ofreciendo inciensos a Yahvé Sebaot. Venía seguramente de vivir momentos místicos en la presencia del Señor. Ahora sí: ¡Oh! ¡qué suerte! ¡un sacerdote! Esto debieron haber pensado quienes escuchaban a Jesús. Seguramente este gran personaje que está cerca de Dios va a ayudar a este pobre y golpeado hombre, pero ¡sorpresa! ¡lo rodeó! ¡siguió de largo! La audiencia casi no podía creerlo. Un buen hombre, una persona que sirve de cerca al Señor y que escucha constantemente la palabra de Dios no se detiene, sino que sigue de largo haciéndose de la vista gorda. ¿Recuerda lo mencionado atrás sobre un amor diferenciado? Aquí hay un ejemplo. Esto es lo que sucede cuando amamos a Dios con todo y a nuestro prójimo con nuestra medida.

Pero no es únicamente cuestión del sacerdote. No. Este ejemplo nos involucra a mí y a ti. A personas que escribimos sobre el Señor y a aquellos que leen escritos sobre Él. Me incluye a mí y te incluye a ti. Personas de buena voluntad que amamos a Dios y vamos a misa. Genten que probablemente asistimos a nuestra comunidad o a desayunos de evangelización porque anhelamos conocer más a Dios. Genten que oramos y buscamos hacer su voluntad en nuestras vidas, pero que a la hora de ver a otro hijo de Dios golpeado o necesitado a la orilla del camino preferimos seguir de largo probablemente “no queriendo involucrarnos”. Los necesitados están allí. Están cerca, próximos a nosotros esperanzados en que alguno de nosotros se incline a ellos y les muestre compasión, que por cierto es el término que aparece en este texto de las Sagradas Escrituras. ¿Sabías que San Lucas únicamente utiliza este término compasión en tres ocasiones en sus escritos?

La primera vez que aparece es en el episodio de la viuda de Naín, que va a enterrar a su único hijo y “Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: No llores. Y, acercándose, tocó el féretro” para luego resucitarlo. (Lc 7, 13ss)

La otra ocasión en que San Lucas utiliza este término es en la parábola del hijo pródigo. Cuando este recapacita y vuelve a la casa de su padre “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión, corrió a echarse a su cuello y lo abrazó” (Lc 15, 20ª)

En estas dos ocasiones la compasión va relacionada a Dios, como padre, o a Jesús como el salvador, con lo cual quizás el autor nos esté diciendo que quienes actúan como este buen samaritano, son lo más parecidos al corazón de Dios que, al ver a uno necesitado se acerca, le consuela y le ayuda a salir de la situación precaria en que se encuentra.

¿Quieres parecerte más a Dios?
Ten un corazón compasivo y mitiga, en la medida de tus posibilidades, la desgracia de aquel que encuentras golpeado por el camino de la vida. Así, de esta manera, nuestro amor ya no será un amor diferenciado y llegaremos a parecernos un poco más a nuestro Padre, llegaremos a tener un corazón más parecido al corazón de Dios.

Hermano Marlon Cardona

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