Jesús le respondió: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos asaltantes que, después de despojarlo y golpearlo sin piedad, se alejaron dejándolo medio muerto… Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas después de habérselas limpiado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó unas monedas y se la dio al encargado, diciendo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi regreso”.
¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los asaltantes? El otro contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Vete y haz tú lo mismo. Lc 10, 30-37
Estimado lector de la Agenda “Mujer si tú supieras”, quisiera pedirte que, antes de leer este artículo, te dirijas a tu Biblia, la abras en el evangelio según San Lucas y leas en él, el siguiente texto:
Lucas 10, 25-37¿Ya leíste la cita bíblica? ¡Excelente! Comencemos.
“He aquí que un Doctor de la Ley se acercó para ponerle a prueba”: Los escribas y doctores de la ley eran lo más parecido a los teólogos de nuestro tiempo que, incluso, llegaban a gozar de mayor reputación que los mismos sacerdotes porque “comprendían” a Dios y lo “podían explicar”. Sí. Leíste bien. Personas que comprendían y podían explicar a Dios. ¿Puedes creerlo?, ¿quién realmente puede comprender a Dios?, ¿quién puede siquiera pretender explicar a Dios? Esto me recuerda la historia de San Agustín: un día, mientras Agustín se paseaba a la orilla de la playa meditando precisamente sobre lo Divino, se encontró con un niño que, con gran entusiasmo, había abierto un agujero en la arena y con un trastecito le echaba agua del mar tomándolo de las olas que se acercaban a él. Movido por la curiosidad, Agustín se acercó y le preguntó a aquel infante ¿Qué estás haciendo? ¡Estoy metiendo toda el agua del mar en este agujerito que cavé en la arena¡ Respondió el muchacho entusiasmado. Entonces Agustín, con una sonrisa irónica y hasta un tanto sarcástica, le aseveró ¡eso es imposible! ¡jamás podrías meter toda el agua del mar en ese pequeño agujero! ¡el mar es demasiado extenso para que quepa en un recipiente hecho por algún humano! Entonces el niño levantó la vista y con ternura, pero también con firmeza, le dijo: lo mismo tratas de hacer tú, Agustín, cuando pretendes siempre entender a Dios.
Realmente ¿quién podría entender a Dios o poderlo explicar? ¡nadie! solo pretenderlo es ya un acto de arrogancia, decir que se es capaz de hacerlo es ser soberbio. De allí que el autor del evangelio nos mencione que esta persona no buscaba respuestas, quería tentarle.
Le dice “Maestro, ¿qué debo de hacer para obtener la vida eterna? Él le dijo: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo lees? Respondió: amarás al Señor tu Dios con todo… y a tu prójimo como a ti mimo.”: Cuando este jurista le pregunta a Jesús sobre lo trascendental o más importante, Jesús le responde con otra pregunta: ¿qué crees tú que debes hacer? Realmente las respuestas a nuestras preguntas están dentro de nosotros. Los seres humanos buscamos fuera lo que debiéramos buscar dentro. Difícilmente puede una persona externa darnos las respuestas a las incógnitas más profundas sobre nosotros mismos o nuestro propósito de vida. Debemos viajar hacia dentro.
Al responder este joven a Jesús, nos presenta el vértice hebreo citando los libros del Éxodo y el Levítico, a través de los cuales encontramos algo interesante: un amor diferenciado. Según esta cúspide de la fe judía, a Dios le debemos un amor total y absoluto pero al prójimo un amor relativo. A Dios es con todo, al prójimo con una medida, con mí medida. Jesús va a darnos a los cristianos una nueva máxima, un nuevo mandamiento: “… Que, como yo les he amado, así se amén también ustedes los unos a los otros” (Jn 13, 34), concepto profundizado por San Juan en su primera carta donde nos hace referencia que “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve.” (1 Jn 4, 20) De aquí podemos concluir que la mejor manera de demostrar nuestro amor a Dios no es con alabanzas, oraciones, donaciones económicas o aun con sacrificios, sino más bien amando a nuestro hermano, amando a nuestro prójimo.
“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó. Lo golpearon dejándole medio muerto. Casualmente bajaba un sacerdote” ¡Oh! ¡qué suerte! ¡un sacerdote! Pero permítame ponerle atención a una palabra antes: “bajaba”. Jesús dice que este hombre bajaba, no que subía. ¿Por qué atender a este detalle? Porque Jerusalén –donde se encontraba el templo– estaba arriba y Jericó estaba abajo, a unos 30 km. Comúnmente los sacerdotes y levitas vivían en Jericó y subían a Jerusalén para prestar sus servicios en los oficios del templo. Esto implica que el sacerdote regresaba de haber permanecido una semana en el templo de Jerusalén. Había pasado una semana haciendo oraciones a Dios, atendiendo a los sacrificios, ofreciendo inciensos a Yahvé Sebaot. Venía seguramente de vivir momentos místicos en la presencia del Señor. Ahora sí: ¡Oh! ¡qué suerte! ¡un sacerdote! Esto debieron haber pensado quienes escuchaban a Jesús. Seguramente este gran personaje que está cerca de Dios va a ayudar a este pobre y golpeado hombre, pero ¡sorpresa! ¡lo rodeó! ¡siguió de largo! La audiencia casi no podía creerlo. Un buen hombre, una persona que sirve de cerca al Señor y que escucha constantemente la palabra de Dios no se detiene, sino que sigue de largo haciéndose de la vista gorda. ¿Recuerda lo mencionado atrás sobre un amor diferenciado? Aquí hay un ejemplo. Esto es lo que sucede cuando amamos a Dios con todo y a nuestro prójimo con nuestra medida.
Pero no es únicamente cuestión del sacerdote. No. Este ejemplo nos involucra a mí y a ti. A personas que escribimos sobre el Señor y a aquellos que leen escritos sobre Él. Me incluye a mí y te incluye a ti. Personas de buena voluntad que amamos a Dios y vamos a misa. Genten que probablemente asistimos a nuestra comunidad o a desayunos de evangelización porque anhelamos conocer más a Dios. Genten que oramos y buscamos hacer su voluntad en nuestras vidas, pero que a la hora de ver a otro hijo de Dios golpeado o necesitado a la orilla del camino preferimos seguir de largo probablemente “no queriendo involucrarnos”. Los necesitados están allí. Están cerca, próximos a nosotros esperanzados en que alguno de nosotros se incline a ellos y les muestre compasión, que por cierto es el término que aparece en este texto de las Sagradas Escrituras. ¿Sabías que San Lucas únicamente utiliza este término compasión en tres ocasiones en sus escritos?
La primera vez que aparece es en el episodio de la viuda de Naín, que va a enterrar a su único hijo y “Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: No llores. Y, acercándose, tocó el féretro” para luego resucitarlo. (Lc 7, 13ss)
La otra ocasión en que San Lucas utiliza este término es en la parábola del hijo pródigo. Cuando este recapacita y vuelve a la casa de su padre “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión, corrió a echarse a su cuello y lo abrazó” (Lc 15, 20ª)
En estas dos ocasiones la compasión va relacionada a Dios, como padre, o a Jesús como el salvador, con lo cual quizás el autor nos esté diciendo que quienes actúan como este buen samaritano, son lo más parecidos al corazón de Dios que, al ver a uno necesitado se acerca, le consuela y le ayuda a salir de la situación precaria en que se encuentra.
¿Quieres parecerte más a Dios?Ten un corazón compasivo y mitiga, en la medida de tus posibilidades, la desgracia de aquel que encuentras golpeado por el camino de la vida. Así, de esta manera, nuestro amor ya no será un amor diferenciado y llegaremos a parecernos un poco más a nuestro Padre, llegaremos a tener un corazón más parecido al corazón de Dios.
Hermano Marlon Cardona