Jesús se levantó y les dijo: “-aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra. Jesús se levantó y le preguntó: – ¿Dónde están? ¿Ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte? Ella le contestó: -Ninguno, Señor. Entonces Jesús añadió. – Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar.” Jn 8,7; 10-11.
En nuestra vida cotidiana cuando compartimos con las diferentes personas, familia, amigos, compañeros de trabajo o la sociedad en general nos enteramos u observamos las acciones de las personas, y caemos en la tentación de dar nuestra opinión del comportamiento de éstas, al punto que juzgamos sus actitudes y en un momento hasta podemos condenar a alguien. Con que facilidad emitimos juicio sobre la vida de los demás como: la mujer que resultó embarazada sin estar casada, el varón que abandonó su familia, la mujer que se divorció, aquella que no visita a su mamá, la que tomó unas horas de trabajo para hacer una diligencia personal; en algunos casos nuestro comentario o juicio, basado en un hecho real, y en el peor de los casos basadas en una suposición o mentira.
Antes de seguir con esta práctica de juzgar a los demás creyendo que hacemos lo correcto, o justificando nuestras acciones observemos a Jesús quien nos demuestra cual es la mejor manera de actuar cuando te enteres de la vida de alguien más o te la pongan enfrente para que emitas tu juicio.
A Jesús le llevaron los maestros de la ley y los fariseos una mujer que había sido sorprendida en adulterio, la gente la señalaba, la pusieron en medio de todos y la lanzaron a los pies de Jesús, su paga por su delito era morir apedreada, y le preguntan a Jesús ¿qué hacemos con ella? (Jn 8, 1-11)
Jesús nos empieza a mostrar que debemos hacer, descubramos juntas lo que Él hace:
En primer lugar no se escandaliza, no pregunta más, no acusa, no señala, solo escucha. Esta hermosa actitud debemos de tener nosotras, cuando nos enteremos de algo, o nos lleguen a contar la falta de alguien, no caigamos en la trampa de preguntar, ¿cómo así tú? ¡En serio! Y luego emitimos juicio: -¡hay que barbará! ¡Como pudo! Y podemos agrandar más las cosas, lo mejor será no emitir ningún juicio, permanecer calladas, y podrías aún mejor cambiar el tema.
En segundo lugar ante esta situación Jesús nos advierte algo que debemos considerar antes de emitir algún juicio o comentario, “No juzguen, para que Dios no los juzgue; porque Dios los juzgará del mismo modo que ustedes hayan juzgado y los medirá con la medida con hayan medido”. (Mt 7, 1-2)
Con esta advertencia de Jesús ya tenemos suficiente argumento para que antes de emitir un juicio mejor no digamos nada. Recuerda, cada vez que señalas con un dedo hay cuatro dedos que te señalan a ti. ¡Cuidado!
En tercer lugar menciona la escritura que Jesús se agacha y se puso a escribir, no respondió, Cuando Jesús se agacha se pone al lado de la mujer que estaba a sus pies, esto nos enseña que nosotras también debemos ponernos en el lugar que de la persona que estamos juzgando, debemos tener compasión de él o de ella, me parece que esto nos ayudaría a nosotras para no emitir juicio, ponernos en el lugar del otro, preguntemos ¿y si fuera yo? ¿Y si a mí me acusaran? ¿Cómo me gustaría que me trataran? Esto cambiaria todo comentario o juicio, en eso debemos pensar antes de emitir un juicio.
La gente insistía en preguntarle a Jesús, también las personas que estén a tu alrededor insistirán en que digas algo, en que juzgues y Jesús responde “–
Aquel de ustedes que no tenga pecado, que tire la primera piedra—“. En estas palabras debemos de meditar. Y con estas palabras también podrás contestar cuando te pregunten.
Después Jesús siguió escribiendo, dicen los expertos que posiblemente escribía los pecados de cada uno de los que estaban allí, y todos se fueron.
No podemos lanzar la primera piedra, no vaya ser que escuchemos a Jesús decirnos “¿Cómo es que ves la basura del ojo de tu hermano y no ves la viga que tienes en el tuyo?”. (Mt 7, 3)
Jesús hace una línea en el piso, en ese instante separa a la gente y se hacen dos bandos, la gente que acusa y el lado de Jesús con la mujer. Eso hace
Jesús a cada instante de nuestra vida, cuando nos acusan, nos señalan, Él siempre estará del lado del que acusan, porque ella la llevaron ante Jesús nunca negó su pecado, ni tampoco acuso a los otros. Permaneció callada, humilde a los pies de Jesús.
Resulta peligroso el juzgar dicen los psicólogos que cuando uno señala los defectos de otros quizá esta señalando sus propias carencias, de lo contrario no lograríamos verlo.
Dejemos que sea Jesús quien juzgue, quitémonos esa falsa imagen de grandes católicas que podemos señalar a todos, de perfectas y conocedoras de la ley, pongámonos del lado del que es señalado y miremos con ojos de misericordia. Dediquemos a ver las fortalezas de los demás, sus luces y quitemos nuestra mirada de sus sombras.
Pidámosle a Dios nos conceda la gracia de ver a los demás como el nos ve, esa será la mejor manera de llevar la misericordia a los demás. “Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos”. (Mt 5,7)
Debemos de tener cuidado de qué lado queremos estar: del lado de las que señalan y juzgan o del lado de Jesús que se pone en su lugar, tiene compasión, perdona y defiende, en pocas palabras del lado de la Misericordia. – Tú eliges.
Bendiciones,
Hna. Nancy Mazariegos de Cabrera.