“Señor, danos nuestro pan de cada día. Señor, haz que en ocasión de este accidente, mi hijo aprenda a ser prudente en el manejo del carro, y, aún más, haz que entienda lo frágil de la vida humana y te busque a Ti, de una vez”.
Las dos oraciones son de providencia, o sea: piden la intervención amorosa de Dios para que provea un bien siempre en riesgo o que no hay. En el libro del Génesis, cuando Yavéh hizo que Abraam encontrara un cordero para sacrificarlo en lugar de su hijo, llamó ese lugar “Dios provee”.
Dios nos provee de dos formas: ordinaria (por creación, todos los bienes que tenemos por naturaleza) y de forma extraordinaria (por intervención creativa, digamos así). Proveer el pan de cada día es la forma ordinaria; proveer el almuerzo de manera imprevista (es la fórmula más común de entender el concepto de providencia) o la intervención de Dios para que el hijo cambie la mentalidad temeraria en ocasión de un accidente de carro, ambas son forma extraordinaria de providencia. En nuestra oración, ordinariamente, pedimos las dos providencias, por las tantas necesidades que hay y tantos accidentes que ocurren. Entonces, en ocasión de algo malo, Dios interviene y crea algo “mejor”; esta es la providencia de Dios.
Este concepto de providencia ciertamente es más profundo pero menos conocido; incluso, a menudo, lo se concibe de forma equivocada. -Me explico: el bien provisto se hace proceder de algo malo que Dios habría mandado, para luego proveer algo bueno (por ejemplo: Dios mandaría la enfermedad al niño para obtener la conversión del papá). Es cuando se cree que las desgracias y la muerte “dramática” son mandadas por Dios, son su Voluntad.
Hay que entender bien este asunto. Dios nunca manda algo malo, ni siquiera para obtener algo bueno; lo malo procede siempre del mal uso de la libertad de alguna persona o de muchas personas; ahora bien: Dios, en ocasión de ese mal, interviene con su creatividad divina y produce una obra bella.
Es que Dios nunca hace algo que hace sufrir, y del mal nunca puede venir algo bueno, y el mal no se puede cambiar en algo bueno. Lo que ocurre es que Dios, como una madre, está siempre pendiente de nosotros y cuando nos pasa algo malo (que es siempre por causa del mal uso de la libertad de alguien), si nosotros estamos abiertos a su amor, interviene con su providencia y crea otra realidad, bella y buena, que hace casi olvidar la desgracia en cuestión.
Eso sí, Dios para poder intervenir necesita encontrar abierta la puerta de nuestro corazón, abierto a la gracia, con humildad, arrepentimiento y propósito de enmienda. San Pablo lo dice así: “Para los que aman a Dios, todo se vuelve positivo”(Rom. 8, 28). La referencia más extraordinaria es la muerte de Jesús en la cruz: no fue Dios quien provocó la muerte de Jesús, ya que la muerte es su enemiga (ICor15,25 -26). Dios quería que Jesús quedara fiel en el amor (como pide a todos nosotros), aun en el Monte Calvario; la muerte fue responsabilidad de los fariseos ( Hch 4,10). Sin embargo, Dios Padre no se desentendió de los sufrimientos del hijo, intervino y creó la realidad más bella y buena para la humanidad: su salvación. El Catecismo de la Iglesia Católica, en numeral 312, resume así: “Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del hijo de Dios,…por la superabundancia de su gracia (por su providencia)…sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención”.
En nuestra oración, es bueno pedir la primera providencia, pero pedir la segunda, la que hemos llamado extraordinaria, es aún mejor. Nuestra gran tarea es la de tener el corazón siempre abierto a la gracia y a la compasión hacia los sufridos, para que toda situación se nos vuelva positiva.
Fray Edwin Alvarado.OFM