La oración ocupa un lugar importante en la vida de la persona. Es difícil encontrar alguien alejado totalmente de la oración. Cuando la persona se ve acosada, aflora en ella de forma instintiva una luz que le refiere a un Ser Superior que pueda ayudarle a superar la situación. Como dice el dicho popular: “Al menos cuando truena, todos nos acordamos de Santa Bárbara”. Por supuesto, cuando se trata de una persona cristiana, la oración forma parte de su cotidianidad. Pero pocas veces nos hemos puesto a pensar que la oración del cristiano tiene que tener como referente fundamental e indispensable a Jesús. Sin referencia a Jesús, la oración no puede llamarse cristiana.
Santa Teresa no entendía cómo encajar la oración contemplativa con la humanidad de Jesús, Dios humanado. Cuenta que a algunos les parece que la oración, cosa del espíritu, “les puede estorbar e impedir cualquier cosa corpórea”. Ella misma tuvo que pasar por esta dificultad y decía: “ya no había quien me hiciese tornar a la humanidad (de Jesucristo), sino que, en hecho, de verdad me parecía que era un impedimento”. Hasta que llegó a la conclusión de que “he visto claro que por esta puerta (la humanidad de Cristo), hemos de entrar si queremos nos muestre la Soberana Majestad grandes secretos” (Vida 22,1-10). ¿Qué quiere decir esto? Que la figura y la persona histórica de Jesús, es el referente para la oración del cristiano porque nos indica cómo hemos de orar, qué hemos de pedir, cómo debemos actuar. Por eso, la oración que no nos lleve a parecernos a Jesús, será cualquier cosa, pero no podemos llamarla oración cristiana.
A este propósito, es importante tener en cuenta varias cosas que han de formar parte de nuestra practica oracional. Recordarlas, nos hará bien y poco a poco hará posible el objeto de toda oración cristiana, “configurarnos con Jesucristo” (Fil, 2,5):
1) Jesús fue un hombre de oración. No solamente observaba los tres ratos de oración, de acuerdo a las costumbres del pueblo judío, sino que toda su vida estuvo envuelta en un clima de oración. Comienza con una oración en el bautismo (Lc 3,21), un largo retiro de oración en el desierto (Mt 4,1-11), y termina con una oración (Mt 27,46). También aparece orando en los momentos decisivos de su vida: Elección de los doce apóstoles (Lc 6,12-13), ante la inminencia de su pasión en el huerto (Mc 14,36). Ora también por personas concretas, por Pedro (Lc 22,32), por los niños (Mc 10,16), por sus verdugos (Lc 23,34). Se retiraba de su actividad a un huerto apartado y pasaba horas orando (Mc 1,35; 6,46). E incluso noches enteras (Lc 6,12) en oración. Particularmente en los momentos difíciles en que ve amenazada su vida, su contacto con el Padre por la oración, era para conocer su voluntad y aceptarla, tanto sobre su misión como sobre su propio destino.Una consecuencia es que la oración cristiana no es para sentirnos relajados, buscar el equilibrio personal y sicológico, descansar, etc. La oración puede llevar consigo todo esto, pero no porque se busque directamente. Cuando su objetivo es distinto de la oración de Jesús, pueden ser formas muy respetuosas de “oración”, pero no es oración cristiana. Esta tiene que identificarse por relacionarse con el Padre para buscar su voluntad y tener el coraje de realizarla actuando como Jesús.
2) Jesús no se contenta con ser hombre de oración e indicarnos que su secreto es buscar la voluntad del Padre. También nos advierte de sus peligros, desviaciones, y denuncia ciertas formas de oración. Tenemos muchos ejemplos en el Evangelio:
a) Jesús enseña a sus seguidores que “cuando recen no hablen mucho, como los paganos, pensando que por ser palabreros les harán caso. El Padre sabe lo que les hace falta antes de que se lo pidan” (Mt, 6,7-8). En este estilo de oración, subyace la idea de que Dios está distraído o es caprichudo, que le tienen sin cuidado nuestros problemas. El Padre de Jesús no es así. El sabe lo que nos hace falta y la dificultad está no en que tengamos que convencer a Dios para que nos otorgue lo que nos interesa, sino en nuestra falta de sintonía con Él. Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, pero si nos faltan las disposiciones, aunque quiera dárnoslo, no podemos recibirlo. No podemos ir a buscar agua sin un recipiente para recogerlo.
b) También dice Jesús que la oración no es para “exhibirse ante la gente”, como hacen los hipócritas” (Mt 6,5-6). Esta forma de orar para “que la gente los vea”, no brota de un deseo sincero de conocer lo que Dios quiere y cumplirlo. Ni de querer seguir a Jesús. Muchas veces la apariencia de ser personas orantes encubre actitudes contrarias al evangelio.
c) Otro caso parecido es el de los letrados, “esos que se comen los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos” (Mc 12,38-40). Jesús alerta contra una forma de oración para evitar las consecuencias de abusar y aprovecharse de los demás. Viuda es un símbolo bíblico para expresar al desamparado y oprimido. La oración que debía servir para buscar a Dios, se emplea para intentar que Dios se manche las manos con nuestras injusticias. Es el caso de tantos que defraudan y con malas mañas se quedan con lo que nos es suyo, de los que se aprovechan de los demás o del puesto que ocupan, y después piden a Dios que les saque de apuros. Esto equivale a intentar hacer cómplice a Dios de nuestras malas acciones.
3) Jesús también indica dos componentes esenciales de la oración:
a) La oración cristiana está relacionada e incluso condicionada por el perdón. El Padre nuestro, modelo de oración, no puede ser más explícito: “Perdona nuestras ofensas, pues nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt 6,12). Dios nos da su perdón si nosotros somos capaces de perdonar. No se trata de hacernos una imagen falsa de Dios pensando que actúa de la misma forma que nosotros, o de considerarle vengativo: como no perdonas Yo tampoco te perdono. Dios no actúa así. La condición no la pone Dios sino que la ponemos nosotros. Una persona que se cierra a perdonar, automáticamente se está cerrando a que ella pueda ser perdonada. Su orgullo impide y ocupa el lugar donde debía hacerse presente el perdón de Dios. Y el perdón ha de ser sin límites (Mt 18,21). Según Jesús, el camino hacia Dios pasa necesariamente por la reconciliación entre los que se ofenden (Mt 5,24; 1Jn 4,20).
e) La oración está íntimamente unida y tiene que manifestarse y expresarse en el servicio. Es una conclusión de lo anterior. Si la oración es ponernos en relación con Dios para buscar su voluntad y asemejarnos a Jesús, no podemos olvidar que el servicio fue su distintivo particular (Mt 20,28; Jn 13,14). Por consiguiente, cuando la oración no nos lleva a solidarizarnos con los demás y, en algunos casos, cuando nos aleja de los pobres, por más personas de oración que seamos, no es la oración que Jesús quiere de sus seguidores.
Bastan estas pinceladas para comprender cómo era la oración de Jesús y por dónde tiene que ir la nuestra.
Angel García-Zamorano