Skip to content
  • Explora
  • Actividades para ti
  • Pregunta
  • Recursos
    • Podcast
    • Vídeo
    • Radio y televisión
  • Reflexiones
  • Anécdotas
  • Oraciones
  • Citas
  • Sedes
  • Quiénes somos
  • Contáctanos
  • Legati Fidei
Reflexiones

Le haré disfrutar de larga vida y le mostraré…

  • 12 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Sal 91,16

Querida amiga: este es el último versículo del salmo 91, como has podido observar es un salmo donde la motivación del autor ha sido, transmitir aquella confianza en Dios, que nos socorre y jamás nos abandona, se basa en la certeza de que nuestra vida está en sus manos.
Ya el nombre del salmo es sugestivo, “Bajo las alas divinas”, es decir, la seguridad que proviene de saberse protegido por Dios, caminar por la vida sabiendo que hay un alguien que protege, que está a nuestro lado y en quien podemos sentirnos seguros.

En concreto, este verso 16 subraya la vida actual en donde, como en la antigüedad, también el ser humano busca obtener una larga vida, pero no es el famoso deseo de la eterna juventud, sino el deseo de la abundancia de vida experimentada a plenitud, en la total serenidad de quien ha puesto su fe en el Señor y para quien, por lo tanto, la larga vida es de alegría, confianza y serenidad interior.

Mostrar la salvación no significa esperar a la muerte para que el alma sea salvada, claro que no, más bien implica que desde hoy la persona pueda experimentar en Cristo la salvación, si hay un sincero arrepentimiento y una clara apertura a la presencia del Señor en nuestro corazón.

Estamos en el año de la fe en toda la Iglesia y este verso expresa, precisamente, la fe en Jesús, la cual provoca la vida con optimismo a pesar de la violencia pero, además, nos lleva a experimentar la exquisita realidad de Jesús refrescando nuestras vidas, fortaleciéndonos en nuestros momentos de debilidad y permitiéndonos seguir caminando como discípulos y apóstoles en la búsqueda de una vida mejor y una sociedad más justa y fraterna.

Padre Manuel Abac

Reflexiones

Lo libraré, porque se aferró a mí, lo protegeré,…

  • 12 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl
Sal 91,14

¿Por qué Pedro, se hundió en el agua? Fue la pregunta que lanzó el sacerdote a los feligreses de su parroquia en una Misa dominical donde se leía el pasaje del evangelio de Mateo que relata como Pedro, camina sobre las aguas hacia Jesús. Las respuestas fueron varias: una señora exclamó “por su falta de fe”, “porque dudó” dijo otra persona, “porque tuvo miedo” mencionó otro, “porque dejó de ver a Jesús” grito alguien más… a estas y otras respuestas más el sacerdote dijo NO. Pedro, se estaba hundiendo porque no se aferró a la mano de Jesús, que estaba tan cerca de él.

Pedro estaba pasando un momento difícil como muchos de los que tú has pasado o estás viviendo. Probablemente has experimentado la traición de una amiga, de un novio, de tu conyugue; o tal vez la pérdida de un ser querido, quedarte sin trabajo o padeciendo una enfermedad. Estos momentos extremos de la vida pueden ser motivo para hundirse o convertirse en momentos determinantes para aferrarse a Dios.

Sin embargo, la opción que muchas veces se toma es la de aferrarse al pasado, al dolor, al odio, a la desconfianza o al deseo de venganza. Aferrarse a estos sentimientos o situaciones lejos de liberarte te aprisiona y te impide caminar hacia el futuro, al porvenir que tanto has anhelado y que Dios tiene para sus hijos.

El salmista, en el salmo 91 exclama el oráculo de salvación. “Lo libraré, porque se aferró a mí.” “Lo protegeré pues conoce mi nombre.”

De tal manera que para ser libres y gozar de la protección del Señor, la clave es aferrarse a Él. Sabiendo que aferrarse a Cristo, significa hacerlo con insistencia, fuerza y tenacidad. Esto es lo que a muchas personas les cuesta, ya que en el mundo moderno impera la ley del menor esfuerzo, la comodidad. El evangelio nos muestra el ejemplo de la mujer que padecía de flujo de sangre y que logra romper el cordón de seguridad que los discípulos formaban alrededor de Jesús, con el propósito de tocar su manto y lograr ser sanada por el Señor.

El Papa Benedicto XVI nos dice que el encuentro cotidiano con Jesús Sacramentado nos ayuda a permanecer unidos a Él. Otras formas que nos ayudan a permanecer aferrados son: la confesión, la oración y la reflexión de las Sagradas Escrituras. Recuerda que la mano del Señor está presta para levantarte.

Víctor Hugo Velásquez

Reflexiones

Envía sus ángeles

  • 12 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Sal 91,12-13.

Al leer estos versículos pareciera que nos están hablando de un cuento fantástico. ¿No te parece? ¿Cómo puede ser posible que me carguen para que mi pie no tropiece?
¿Cómo puedo pisar serpientes y aún más, víboras y salir con vida? ¿Cómo puedo pisar leones si son grandes y feroces; menos creíble todavía dragones, si las leyendas dicen que son enormes y echan fuego por sus fauces?

Pues así de increíble es lo que Dios puede hacer con aquella mujer que ha depositado toda su confianza en el Señor. Aquella que cree que Dios tiene el poder para ordenar a sus ángeles que vengan en su auxilio y le permitan salir vencedora. El catecismo de la Iglesia dice en el numeral 328 que la existencia de los ángeles es una verdad de fe. Son seres espirituales que tienen entre sus funciones protegernos. Necesitas FE.

Está bien, podrías pensar “sí creo y confió pero en dónde están esos animales; es más, los dragones no existen”. Estás en lo cierto. Estos animales representan a todas aquellas personas que muchas veces están cerca de nosotros y que por estar lejos de Dios se parecen a las serpientes y a las víboras pues con su lengua hacen un daño tan grande a los demás y a ti. Un daño que puede llegar a ser mortal. Se acercan a ti cautelosamente y en cuanto te distraes, van y te atacan. ¿Pensaste en alguna persona? Seguramente en más de una.
Los leones y dragones pueden ser aquellas personas que tú ves tan grandes, que tienen el poder o el dinero suficiente para acabar contigo. Te pones frente a ellas y te sientes como una minúscula hormiga que en cualquier momento te pueden destruir. Tal vez sean esos problemas que ves gigantes y feroces que amenazan con atacarte y acabar con tu alegría, tu gozo, tu paz y hasta con tu vida.

Esas piedras pueden ser esas tentaciones y pecados que has tratado de esquivar, de quitar del camino pero que no has podido hacerlo. Una y otra vez vuelves a tropezar con ellas. Esas piedras te dificultan avanzar por el camino que el Señor tiene para a ti. Y no te permiten vivir la vida de bendición que Él quiere que vivas.

En muchas ocasiones he escuchado decir que salir a las calles de nuestro país es como salir a la selva en donde puedes encontrarte con alguno o con todos estos animales. Eso nos aterroriza, desearíamos no salir nunca. Pero ahora es el momento de hacer nuestros estos versículos y convencernos de que el que está con nosotras es más poderoso que los que están contra nosotras. Dios está contigo para que puedas salir vencedora de todo chisme, de toda calumnia, de todo problema, de toda depresión, de toda tristeza, de todo rencor, de toda angustia, de todo miedo, etc. Dios enviará a sus ángeles de la misma manera que lo hizo cuando protegió a Lot ( Génesis 19), que salvó a Agar y a su hijo ( Génesis 21) a Daniel (Daniel 6,23) a Pablo ( Hechos 12,7 ), así el Señor lo hará contigo, pues Dios es el mismo de ayer de hoy y de siempre.

El Todopoderoso y sus ángeles cuidan de ti y protegen tu vida.
CAMINA Y AVANZA CADA DÍA MÁS

Hna. Griselda de Velásquez.

Reflexiones

Con sólo abrir los ojos, verás el castigo de…

  • 12 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Sal91, 8 – 9

La escena parecía de película: Un grupo irrumpió en la habitación, donde con anterioridad le vieron entrar con un hombre ajeno, lo que constituía una grave falta a las leyes de aquella ciudad. A manera de agentes especiales de las fuerzas de inteligencia de la policía, abrieron la puerta a golpes y le arrestaron. Como suele suceder, el reporte indicó que el hombre que estaba con ella había “logrado escapar” ¿Cómo? ¿Acaso no tenían sitiado el lugar? No se sabe, pero corrió por los barrancos aledaños y huyó. Los doctores de la ley o juristas y los consagrados a cuidar las tradiciones y costumbres realmente iban por ella. Seguramente, hasta dieron ventaja al infiel acompañante de aquella mujer porque no les interesaba. Iban por ella. La tomaron a la fuerza y apenas le dieron tiempo de envolverse en unas sábanas. A empujones le llevaron frente a Jesús. Su fin: poner a Jesús a prueba.

Para este entonces todos querían ver el desenlace de aquella mujer cuya falta merecía – según la ley de Moisés – morir apedreada. No faltó dentro de la multitud quienes iban por el camino recogiendo sus piedras para tomar parte en la aplicación del escarmiento que le correspondía. Debía morir. ¿Acaso guardar las buenas costumbres no era indispensable para la moral del pueblo? Quienes le vieran cerrar sus ojos por causa de su pecado, sabían que es lo que le espera a quienes, como ella, deshonran las tradiciones.

Su rostro estaba empapado por el sudor del esfuerzo de mantenerse en pie durante su recorrido, pero principalmente por las lágrimas que derramó por todo el camino. Su mirada reflejaba sus pensamientos, y era de angustia: ¿Cómo me metí en esto? Debí escuchar los consejos de mis padres: ese hombre no te conviene… busca uno que sea para ti… Tarde o temprano esto acabará mal. Y así sucedió. Pero era demasiado tarde. Le habían cachado in fraganti, en el acto.

Estaba rodeada por la mirada de la multitud. Algunos le miraban con ira y volteaban el rostro; otros – más pulcros – le veían con menosprecio. No faltó quien le viera y pensara: “¡Pude haber sido yo!” “¡Me pudieron haber encontrado a mí!” Pero en medio de la multitud, hubo una mirada que fue diferente. La vio venir de lejos y sostuvo su mirada. No se lamentó, tampoco se intimidó, ni siquiera se sorprendió. Solamente le vio.

Al escuchar las acusaciones y el castigo que según aquel jurado ambulante merecía, se inclinó hasta el suelo. Sí, hasta el suelo. No sabemos que escribió. Lo que sí sabemos es que estaba en el mismo lugar que aquella mujer, estaba a la misma altura. Desde allí podía ver claramente así como aquella mujer veía. Podía ver las figuras en una perspectiva diferente: se veían más grandes de lo normal y, en especial, se veían mucho más grandes que ella. Además podía observar sus rostros de malicia.

Fue entonces cuando con el asombro de quienes le escuchaban… la defendió. ¡Sí! ¡La defendió! La guardó y la protegió del ataque, peligro o daño que le querían causar. Intercedió y habló a favor de ella. Le apoyó y obstaculizó una acción de su adversario o acusador. ¡Jesús salió en su defensa! Si el marco hubiera sido diferente – si le llevan al adúltero – quizás Jesús habría actuado de otra manera. Pero bajo dichas circunstancias, la defendió. Cabe hacer notar que el punto de estos juristas era sacar de los labios de Jesús una condena inexistente – ya que para ejecutarla, la ley establecía la muerte de ambos, no sólo de ella – y así recayera sobre Él su muerte. Ella era únicamente un chivo expiatorio.

Todos necesitamos un defensor: alguien que nos guarde o proteja de un ataque, peligro o daño que nos quieran causar. Alguien que interceda y hable a favor de nosotros. Alguien que nos apoye y obstaculice una acción de nuestro acusador o adversario. Especialmente, cuando estamos indefensos o si nuestro adversario es mayor que nosotros: más fuerte, más hábil o más poderoso.
En el trabajo, cuando tus enemigos se ensañan en desacreditarte o ponerte en mal, cuando bloquean tu desarrollo dentro de la empresa, a veces simplemente por el hecho de ser mujer, o simplemente cuando te tratan injustamente, necesitas un defensor. En la familia, cuando has estado fuera de lo laboral, dedicada a los quehaceres del hogar y te menosprecian por eso (cuando debieran valorarte aún más) y pretenden presionarte a aceptar cosas con las que no estás de acuerdo, so pena de un abandono o de desprotegerte. Cuando realizas un negocio y quizás desconoces lo que debieras conocer y puedes ser presa de gente inescrupulosa que quiere obtener ganancias incluso a costas de tu mal. Al querer iniciar una relación con alguien a quien atribuyes buenas intenciones contigo, pero éste no ha sido totalmente honesto y te ha ocultado información importante suya que, a la larga, te lastimaría. En una discusión o juicio, cuando no sabes cómo hacer valer tus ideas o no conoces los tecnicismos que ellos sí y argumentan, aún sin razón, lo que no se puede argumentar. Necesitas un defensor.

Una amiga llegó prácticamente sola – según ella – a una audiencia del juicio que se seguía contra un abusador. Iba únicamente acompañada de su abogada. Por temor a represalias, no le habló a nadie de su familia: quería protegerlos. La contraparte, por el contrario, se hizo acompañar de abogados, familia y amigos que con sus gestos, mirada y palabras dichas entre labios, pretendía intimidarla… y lo estaban logrando.
Sorprendida y sin darse cuenta cómo, cuando daba inicio la audiencia, tenía a cinco personas junto a ella. Cinco. Entre abogados, trabajadoras sociales y demás apoyo ¡No estaba sola! ¡Nunca lo estuvo! Con ella estuvo siempre su defensor.

Tú tienes un Defensor. Uno que siempre está a tu lado, aunque no le notes. Uno que te guarda ante cualquier ataque. Uno que te protege del peligro o daño que te quieran causar. Uno que intercede por ti y habla en tu favor. Uno que te apoya en todo momento, especialmente cuando más lo necesitas y que obstaculiza cualquier acción de tu adversario en contra tuya, o bien, cualquier acusación que falsamente quieran hacer contra ti.

¡El Señor es tu Defensor!
Hno. Marlon Cardona.

Reflexiones

No temerás los peligros de la noche, ni la…

  • 12 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Sal 91,5-6

Es la relación personal con Dios la que nos hace creer en una propuesta más allá de la razón, más allá de la lógica humana, más allá de lo aprendido y, sobre todo, de lo desconocido. En un mundo tan globalizado, tan informado, tan vulnerable y rodeado por tantos peligros inminentes, la frase “no temerás” parece tan ajena y hasta temeraria, no parece ser apropiada para la época presente. Pero es nuestra fe la que nos hace anclarnos en una esperanza clara, colocarnos sobre una roca inconmovible. Y aunque no existe en el universo nada que permanezca sin movimiento, tenemos un Dios inmenso y su Palabra es inmutable, un seguro perfecto y eterno.

Pero así como los miedos son aprendidos, también tenemos el mayor antídoto: la fe. Es la experiencia de la fe la que nos hace lanzarnos hacia adelante a pesar de enfrentar escenarios que nos recuerdan viejos traumas o desconocidos temores. Sin embargo, la fe es la que le da razón a cada situación, pues así como lo que no te mata te hace más fuerte, así en el campo de la fe, Dios nos lleva a mayores niveles de victorias. La fe revelada a nuestro corazón y confirmada con nuestra experiencia, nos lleva a mayores niveles de confianza para enfrentar cada etapa de nuestra vida. Los temores hay que enfrentarlos, pues se van acumulando y terminan paralizándonos. La ventaja que tenemos es que Dios nos ha dicho que siempre estará con nosotros.

El enemigo se aprovecha del temor que experimentamos, pues esto disminuye nuestro ánimo, nuestras propias fuerzas se ven menguadas, pues el temor nos anticipa un fracaso, coloca grilletes en nuestra alma, nos encadena al pasado y nos predispone para el futuro. Sólo el amor perfecto de Dios echa fuera el temor. Cuando conocemos el verdadero amor, tenemos una relación personal con Nuestro Padre amoroso, nuestras vidas son diferentes, están conectadas con la fuente de la vida para poder declarar que, si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Vivimos diariamente desafíos para nuestra fe, pero nuestro oído debe estar atento a nuestro Padre que nos dice: “No temerás”. Una fuerte relación con Dios hará posible que podamos enfrentar los desafíos de esta vida y, sobre todo, salir “más que vencedores por Aquel que nos amó”.

Lo curioso es que en muchos campos de nuestras vidas queremos crecer, pretendemos tener más, ser mejores, pero en el campo espiritual hemos descuidado nuestro crecimiento, el Salmo 91 no sólo contiene fórmulas de protección, como palabras mágicas o un amuleto que nos protege. También es una orden que recibimos de Dios: “No temerás”, pues estamos bajo su poder, bajo su dominio, bajo su protección. El vínculo que nos une al Todopoderoso es más fuerte que cualquier otra conexión, Él es nuestro Padre, nuestro Protector, nuestro Proveedor, nuestro Pastor. Es una orden que recibimos de nuestro Señor y Salvador, para que respondamos como dijo María: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Se mencionan los terrores de la noche, que no sólo incluyen los tenebrosos ambientes en el campo natural, sino que abarcan las más pavorosas tinieblas en lo espiritual. Jesús nos invita a participar en su victoria, pues Él ha exhibido públicamente a las autoridades espirituales, a quienes expuso a la burla. La luz ha vencido sobre las tinieblas! Jesús es la luz. La seguridad que le da un padre a su hijo: no tengas miedo, pues yo estoy contigo, yo te guío, yo te cuido, yo te sostengo. Teme el niño que está solo, que no tiene protección, va a la deriva, inseguro con el mayor peso que se puede cargar: el miedo. Es por eso que Dios nos insiste: No temas, aún a aquellas cosas a las que todos les temen, tú eres diferente, tu pensar y tu actuar son diferentes: “No temáis, pues yo he vencido al mundo.” Jesús luchó y dio su vida para esa gran victoria, ahora nos toca a nosotros darlo todo para alcanzar la victoria.

“Ni flecha que vuela de día”. Los arqueros representaba una de las mayores amenazas, pues eran algo así como un francotirador, tan peligrosa como una bala perdida de hoy, era esa flecha que volaba de día. El cazador que ha controlado a su presa, la asecha le apunta y la caza; al enemigo se le compara a un león rugiente que nos rodea para devorarnos. Pero ante tal peligro sabemos que Dios es nuestro escudo protector, estar en su presencia, bajo su autoridad, también nos coloca en una situación de control: ni una hoja del árbol cae sin la voluntad del Señor. Peligros mortales de los que no se puede huir, nuestro escudo y protección es el Señor de los ejércitos. Desde una perspectiva humana el Señor nos quiere enseñar que Él tiene el control y David, el autor de los salmos lo sabía muy bien, cuántas flechas vio volar, pero ninguna de ellas le quitó la vida, pues había hecho del Señor su escudo protector.

“Ni la peste que asecha en las tinieblas”, nada tan terrorífico como una enfermedad desconocida, es sinónimo de muerte. Son enemigos que nos asechan, que nos están esperando para acabar con nosotros, sobre todo, en la oscuridad. Jesús se refirió a los hijos de las tinieblas, que pretenden tomar ventaja al estar en su ambiente, en su tiempo, pero Jesús es la luz y nos ha hecho a nosotros hijos de la luz, pasamos de un plano de víctimas a conquistadores, pues la Luz vence a las tinieblas, hemos sido trasladados de las tinieblas a su luz admirable. Una buena pregunta sería cuáles son las pestes que tenemos que enfrentar, colocarle nombre y apellido, todo aquello que en realidad destruye el alma del cristiano, no solo en lo físico sino en lo espiritual.

Estamos tan familiarizados con el miedo, que éste se ha arraigado en nuestros pensamientos y hasta en nuestro corazón, se refleja en nuestras actitudes, nuestras vidas le han concedido una gran importancia a tal grado que se vive una cultura del miedo. Esto cambia cuando nuestro vínculo más fuerte es con el Amor de los Amores, en el cual no hay lugar para el temor. Esta relación va creciendo con cada vivencia, podremos estar rodeados por peligros, aún por la muerte, pero al escuchar la voz de nuestro pastor, al sentir su mano sobre nosotros, nos sentiremos seguros, confiados, amados. Pues por más oscura que sea la noche, siempre le sucede un amanecer, un despertar y nuestro despertar será eterno aún cuando enfrentemos la muerte, si estamos en comunión con Dios nuestro Señor.

“Ni la plaga que devasta a pleno sol.” Nuestra seguridad no depende del día o de la noche, de la hora, ni de la magnitud del problema, depende totalmente de Dios, al estar bajo su autoridad, en obediencia a Dios, Él nos cubre de todos los peligros conocidos y desconocidos. Esas plagas que devastan la cosecha, destruyen, devoran, aniquilan. Aunque muchos se encuentran desprotegidos contra las plagas, nosotros permanecemos cubiertos, guardados, protegidos por el Señor, su amor es escudo alrededor nuestro. Nuestros ojos y oídos perciben la amenaza, pero nuestro corazón está seguro pues hemos confiado en Nuestro Padre amoroso, Padre de bondad, que nos cuida como a la niña de sus ojos.

Enfrentamos plagas que devastan en pleno sol, desde las corrientes de pecado descaradas hasta la maldad, violencia y materialismo admirado por la mayoría, a lo malo llaman bueno y a lo bueno llaman malo. Por eso Jesús dijo que su reino no es de este mundo, que Dios libre a nuestra familia de ser devastada por estas plagas de maldad, que van desde las filosofías agnósticas, contrarias a la fe, hasta adicciones, ya sean de consumo de sustancias dañinas o de la más actualizada tecnología, cuyas garras nos conducen a vivir vidas aisladas, familias fragmentadas y al final destruidas por estas plagas modernas. Frente a tantos peligros no olvides que Jesucristo es el mismo de ayer, de hoy y de siempre, Él nos asegura que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Dependerá de nosotros creerle a nuestros sentidos o creerle al Creador de cielos y tierra que nos insiste diciendo: ¡No temerás! Caminemos firmes en su palabra.

Hno. José Miguel Rojas.

Reflexiones

Te cubrirá con sus plumas, y hallarás refugio bajo…

  • 12 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Sal 91, 4

Pensar “Dios cuida de mí”, no es fácil para todos, algunos lo saben porque ha habido alguna ocasión límite en su vida y en la desesperación lograron salir adelante porque dijeron con fe: “Dios cuida de mí”.

Ante esas experiencias fuertes y complicadas, la confianza de tener a Dios ha logrado que vencieran el miedo. Frente a una sociedad moderna que atemoriza a la humanidad, estas personas enfrentaron la vida con la esperanza puesta en Dios. Creer en la fidelidad de Dios nos permite vencer a la desesperación y a la desesperanza. Si Dios es nuestro escudo y nuestra coraza, marcharemos por la guerra con la bandera de la resurrección: “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, se salvará”.

El mismo Señor Jesús, emprendió esta travesía, nos abrió el camino, “nadie tiene amor más grande que, el que da la vida por sus amigos”. Su fuerza estaba en Dios, quien sabía muy bien que su padre cuidaba de él. Tanto así que la muerte no fue la última palabra.

Creo que estas respuestas las tenemos a la mano, pero qué pasaría si tomamos algunos pasajes de la vida del profeta Jeremías, quien vive en su propia carne el drama de una fidelidad absoluta a Dios. El pueblo de Jeremías era rebelde y desertor, el profeta es solidario con su pueblo, pero aún así, fiel a su vocación profética, tiene que anunciar la catástrofe a la que le llevan sus pecados.

Veamos qué nos dice Jeremías de su testimonio vocacional: “El Señor me dirigió la palabra: Antes de formarte en el vientre te elegí, antes de salir del seno materno te consagré y te nombré profeta de los paganos. Yo repuse: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho. El Señor me respondió: No digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mandé, lo dirás: No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor- El Señor extendió la mano, me tocó la boca y me dijo: Mira, yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar” (Jeremías 1, 4-10)

Cuántas mujeres como tú, que están leyendo esta reflexión, comprenderá muy bien lo que significa “antes de formarte en el vientre te elegí”, porque cuando está próxima a convertirse en madre, la mujer sueña con su hijo, con su rostro y con su nombre, cada una lo siente suyo, su propiedad, pero, aun antes de que esa vida nazca ya Dios le ha puesto un rostro y un nombre. Desde antes de nacer Dios ya nos identificó y eligió para una misión.

El nombre que pusiste a tus hijos, seguramente será el del papá, o el de la mamá, o de la abuela o abuelo, en fin, de algún lugar vino ese nombre a tu mente, pero ¿habías pensado que cada nombre tiene una misión y que ese nombre, más que nada, fue puesto por Dios en tu corazón? A propósito, ¿sabes que significa tu nombre? Si no lo sabes, es hora de averiguarlo, porque para tu Creador “tienes una misión que va con tu nombre”. Mujer, sé fiel a tu nombre.

Por eso “Dios cuida de ti”, porque te conoce por tu nombre y puedes tener la certeza de que te tocará la boca, igual que al profeta Jeremías, para que puedas edificar y plantar. ¡Vamos pues! ¡anímate!, ¡levántate!, sé fiel y habla del Dios que cuida de ti.

Qué más puedo decirte, has pasado pruebas duras; Jesús te ha enseñado cuánto te quiere hasta dar la vida por ti, Jeremías en medio del temblor y temor ha hablado.

¿Cuál es tu nombre? tu nombre es importante, te llamas ¡Mujer! y con un bello apellido: “Dios cuida de mi”.

Fr. Edwin Alvarado Segura OFM

Navegación de entradas

1 … 9 10 11 12 13 … 27

Entradas recientes

  • Elegidas por Dios para dar fruto
  • Alegría plena
  • Permanezcan en mi amor
  • Dar fruto abundante (Juan 15,8)
  • Consejos para permanecer

Comentarios recientes

    Archivos

    • agosto 2020
    • agosto 2017
    • agosto 2016
    • junio 2015
    • mayo 2015
    • abril 2015
    • marzo 2015
    • febrero 2015

    Categorías

    • Anécdotas
    • Citas
    • Oraciones
    • Reflexiones

    Meta

    • Acceder
    • Feed de entradas
    • Feed de comentarios
    • WordPress.org
    Conócenos
    Desayunos
    Conoce más
    Radio y Televisón
    Ver
    Reflexiones
    Leer
    previous arrow
    next arrow
    Slider
    Suscríbete
    Lo más importante en tu buzón electrónico cada mes, de forma gratuita
    Redes sociales