La escena parecía de película: Un grupo irrumpió en la habitación, donde con anterioridad le vieron entrar con un hombre ajeno, lo que constituía una grave falta a las leyes de aquella ciudad. A manera de agentes especiales de las fuerzas de inteligencia de la policía, abrieron la puerta a golpes y le arrestaron. Como suele suceder, el reporte indicó que el hombre que estaba con ella había “logrado escapar” ¿Cómo? ¿Acaso no tenían sitiado el lugar? No se sabe, pero corrió por los barrancos aledaños y huyó. Los doctores de la ley o juristas y los consagrados a cuidar las tradiciones y costumbres realmente iban por ella. Seguramente, hasta dieron ventaja al infiel acompañante de aquella mujer porque no les interesaba. Iban por ella. La tomaron a la fuerza y apenas le dieron tiempo de envolverse en unas sábanas. A empujones le llevaron frente a Jesús. Su fin: poner a Jesús a prueba.
Para este entonces todos querían ver el desenlace de aquella mujer cuya falta merecía – según la ley de Moisés – morir apedreada. No faltó dentro de la multitud quienes iban por el camino recogiendo sus piedras para tomar parte en la aplicación del escarmiento que le correspondía. Debía morir. ¿Acaso guardar las buenas costumbres no era indispensable para la moral del pueblo? Quienes le vieran cerrar sus ojos por causa de su pecado, sabían que es lo que le espera a quienes, como ella, deshonran las tradiciones.
Su rostro estaba empapado por el sudor del esfuerzo de mantenerse en pie durante su recorrido, pero principalmente por las lágrimas que derramó por todo el camino. Su mirada reflejaba sus pensamientos, y era de angustia: ¿Cómo me metí en esto? Debí escuchar los consejos de mis padres: ese hombre no te conviene… busca uno que sea para ti… Tarde o temprano esto acabará mal. Y así sucedió. Pero era demasiado tarde. Le habían cachado in fraganti, en el acto.
Estaba rodeada por la mirada de la multitud. Algunos le miraban con ira y volteaban el rostro; otros – más pulcros – le veían con menosprecio. No faltó quien le viera y pensara: “¡Pude haber sido yo!” “¡Me pudieron haber encontrado a mí!” Pero en medio de la multitud, hubo una mirada que fue diferente. La vio venir de lejos y sostuvo su mirada. No se lamentó, tampoco se intimidó, ni siquiera se sorprendió. Solamente le vio.
Al escuchar las acusaciones y el castigo que según aquel jurado ambulante merecía, se inclinó hasta el suelo. Sí, hasta el suelo. No sabemos que escribió. Lo que sí sabemos es que estaba en el mismo lugar que aquella mujer, estaba a la misma altura. Desde allí podía ver claramente así como aquella mujer veía. Podía ver las figuras en una perspectiva diferente: se veían más grandes de lo normal y, en especial, se veían mucho más grandes que ella. Además podía observar sus rostros de malicia.
Fue entonces cuando con el asombro de quienes le escuchaban… la defendió. ¡Sí! ¡La defendió! La guardó y la protegió del ataque, peligro o daño que le querían causar. Intercedió y habló a favor de ella. Le apoyó y obstaculizó una acción de su adversario o acusador. ¡Jesús salió en su defensa! Si el marco hubiera sido diferente – si le llevan al adúltero – quizás Jesús habría actuado de otra manera. Pero bajo dichas circunstancias, la defendió. Cabe hacer notar que el punto de estos juristas era sacar de los labios de Jesús una condena inexistente – ya que para ejecutarla, la ley establecía la muerte de ambos, no sólo de ella – y así recayera sobre Él su muerte. Ella era únicamente un chivo expiatorio.
Todos necesitamos un defensor: alguien que nos guarde o proteja de un ataque, peligro o daño que nos quieran causar. Alguien que interceda y hable a favor de nosotros. Alguien que nos apoye y obstaculice una acción de nuestro acusador o adversario. Especialmente, cuando estamos indefensos o si nuestro adversario es mayor que nosotros: más fuerte, más hábil o más poderoso. En el trabajo, cuando tus enemigos se ensañan en desacreditarte o ponerte en mal, cuando bloquean tu desarrollo dentro de la empresa, a veces simplemente por el hecho de ser mujer, o simplemente cuando te tratan injustamente, necesitas un defensor. En la familia, cuando has estado fuera de lo laboral, dedicada a los quehaceres del hogar y te menosprecian por eso (cuando debieran valorarte aún más) y pretenden presionarte a aceptar cosas con las que no estás de acuerdo, so pena de un abandono o de desprotegerte. Cuando realizas un negocio y quizás desconoces lo que debieras conocer y puedes ser presa de gente inescrupulosa que quiere obtener ganancias incluso a costas de tu mal. Al querer iniciar una relación con alguien a quien atribuyes buenas intenciones contigo, pero éste no ha sido totalmente honesto y te ha ocultado información importante suya que, a la larga, te lastimaría. En una discusión o juicio, cuando no sabes cómo hacer valer tus ideas o no conoces los tecnicismos que ellos sí y argumentan, aún sin razón, lo que no se puede argumentar. Necesitas un defensor.
Una amiga llegó prácticamente sola – según ella – a una audiencia del juicio que se seguía contra un abusador. Iba únicamente acompañada de su abogada. Por temor a represalias, no le habló a nadie de su familia: quería protegerlos. La contraparte, por el contrario, se hizo acompañar de abogados, familia y amigos que con sus gestos, mirada y palabras dichas entre labios, pretendía intimidarla… y lo estaban logrando. Sorprendida y sin darse cuenta cómo, cuando daba inicio la audiencia, tenía a cinco personas junto a ella. Cinco. Entre abogados, trabajadoras sociales y demás apoyo ¡No estaba sola! ¡Nunca lo estuvo! Con ella estuvo siempre su defensor.
Tú tienes un Defensor. Uno que siempre está a tu lado, aunque no le notes. Uno que te guarda ante cualquier ataque. Uno que te protege del peligro o daño que te quieran causar. Uno que intercede por ti y habla en tu favor. Uno que te apoya en todo momento, especialmente cuando más lo necesitas y que obstaculiza cualquier acción de tu adversario en contra tuya, o bien, cualquier acusación que falsamente quieran hacer contra ti.
¡El Señor es tu Defensor! Hno. Marlon Cardona.