Es la relación personal con Dios la que nos hace creer en una propuesta más allá de la razón, más allá de la lógica humana, más allá de lo aprendido y, sobre todo, de lo desconocido. En un mundo tan globalizado, tan informado, tan vulnerable y rodeado por tantos peligros inminentes, la frase “no temerás” parece tan ajena y hasta temeraria, no parece ser apropiada para la época presente. Pero es nuestra fe la que nos hace anclarnos en una esperanza clara, colocarnos sobre una roca inconmovible. Y aunque no existe en el universo nada que permanezca sin movimiento, tenemos un Dios inmenso y su Palabra es inmutable, un seguro perfecto y eterno.
Pero así como los miedos son aprendidos, también tenemos el mayor antídoto: la fe. Es la experiencia de la fe la que nos hace lanzarnos hacia adelante a pesar de enfrentar escenarios que nos recuerdan viejos traumas o desconocidos temores. Sin embargo, la fe es la que le da razón a cada situación, pues así como lo que no te mata te hace más fuerte, así en el campo de la fe, Dios nos lleva a mayores niveles de victorias. La fe revelada a nuestro corazón y confirmada con nuestra experiencia, nos lleva a mayores niveles de confianza para enfrentar cada etapa de nuestra vida. Los temores hay que enfrentarlos, pues se van acumulando y terminan paralizándonos. La ventaja que tenemos es que Dios nos ha dicho que siempre estará con nosotros.
El enemigo se aprovecha del temor que experimentamos, pues esto disminuye nuestro ánimo, nuestras propias fuerzas se ven menguadas, pues el temor nos anticipa un fracaso, coloca grilletes en nuestra alma, nos encadena al pasado y nos predispone para el futuro. Sólo el amor perfecto de Dios echa fuera el temor. Cuando conocemos el verdadero amor, tenemos una relación personal con Nuestro Padre amoroso, nuestras vidas son diferentes, están conectadas con la fuente de la vida para poder declarar que, si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Vivimos diariamente desafíos para nuestra fe, pero nuestro oído debe estar atento a nuestro Padre que nos dice: “No temerás”. Una fuerte relación con Dios hará posible que podamos enfrentar los desafíos de esta vida y, sobre todo, salir “más que vencedores por Aquel que nos amó”.
Lo curioso es que en muchos campos de nuestras vidas queremos crecer, pretendemos tener más, ser mejores, pero en el campo espiritual hemos descuidado nuestro crecimiento, el Salmo 91 no sólo contiene fórmulas de protección, como palabras mágicas o un amuleto que nos protege. También es una orden que recibimos de Dios: “No temerás”, pues estamos bajo su poder, bajo su dominio, bajo su protección. El vínculo que nos une al Todopoderoso es más fuerte que cualquier otra conexión, Él es nuestro Padre, nuestro Protector, nuestro Proveedor, nuestro Pastor. Es una orden que recibimos de nuestro Señor y Salvador, para que respondamos como dijo María: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
Se mencionan los terrores de la noche, que no sólo incluyen los tenebrosos ambientes en el campo natural, sino que abarcan las más pavorosas tinieblas en lo espiritual. Jesús nos invita a participar en su victoria, pues Él ha exhibido públicamente a las autoridades espirituales, a quienes expuso a la burla. La luz ha vencido sobre las tinieblas! Jesús es la luz. La seguridad que le da un padre a su hijo: no tengas miedo, pues yo estoy contigo, yo te guío, yo te cuido, yo te sostengo. Teme el niño que está solo, que no tiene protección, va a la deriva, inseguro con el mayor peso que se puede cargar: el miedo. Es por eso que Dios nos insiste: No temas, aún a aquellas cosas a las que todos les temen, tú eres diferente, tu pensar y tu actuar son diferentes: “No temáis, pues yo he vencido al mundo.” Jesús luchó y dio su vida para esa gran victoria, ahora nos toca a nosotros darlo todo para alcanzar la victoria.
“Ni flecha que vuela de día”. Los arqueros representaba una de las mayores amenazas, pues eran algo así como un francotirador, tan peligrosa como una bala perdida de hoy, era esa flecha que volaba de día. El cazador que ha controlado a su presa, la asecha le apunta y la caza; al enemigo se le compara a un león rugiente que nos rodea para devorarnos. Pero ante tal peligro sabemos que Dios es nuestro escudo protector, estar en su presencia, bajo su autoridad, también nos coloca en una situación de control: ni una hoja del árbol cae sin la voluntad del Señor. Peligros mortales de los que no se puede huir, nuestro escudo y protección es el Señor de los ejércitos. Desde una perspectiva humana el Señor nos quiere enseñar que Él tiene el control y David, el autor de los salmos lo sabía muy bien, cuántas flechas vio volar, pero ninguna de ellas le quitó la vida, pues había hecho del Señor su escudo protector.
“Ni la peste que asecha en las tinieblas”, nada tan terrorífico como una enfermedad desconocida, es sinónimo de muerte. Son enemigos que nos asechan, que nos están esperando para acabar con nosotros, sobre todo, en la oscuridad. Jesús se refirió a los hijos de las tinieblas, que pretenden tomar ventaja al estar en su ambiente, en su tiempo, pero Jesús es la luz y nos ha hecho a nosotros hijos de la luz, pasamos de un plano de víctimas a conquistadores, pues la Luz vence a las tinieblas, hemos sido trasladados de las tinieblas a su luz admirable. Una buena pregunta sería cuáles son las pestes que tenemos que enfrentar, colocarle nombre y apellido, todo aquello que en realidad destruye el alma del cristiano, no solo en lo físico sino en lo espiritual.
Estamos tan familiarizados con el miedo, que éste se ha arraigado en nuestros pensamientos y hasta en nuestro corazón, se refleja en nuestras actitudes, nuestras vidas le han concedido una gran importancia a tal grado que se vive una cultura del miedo. Esto cambia cuando nuestro vínculo más fuerte es con el Amor de los Amores, en el cual no hay lugar para el temor. Esta relación va creciendo con cada vivencia, podremos estar rodeados por peligros, aún por la muerte, pero al escuchar la voz de nuestro pastor, al sentir su mano sobre nosotros, nos sentiremos seguros, confiados, amados. Pues por más oscura que sea la noche, siempre le sucede un amanecer, un despertar y nuestro despertar será eterno aún cuando enfrentemos la muerte, si estamos en comunión con Dios nuestro Señor.
“Ni la plaga que devasta a pleno sol.” Nuestra seguridad no depende del día o de la noche, de la hora, ni de la magnitud del problema, depende totalmente de Dios, al estar bajo su autoridad, en obediencia a Dios, Él nos cubre de todos los peligros conocidos y desconocidos. Esas plagas que devastan la cosecha, destruyen, devoran, aniquilan. Aunque muchos se encuentran desprotegidos contra las plagas, nosotros permanecemos cubiertos, guardados, protegidos por el Señor, su amor es escudo alrededor nuestro. Nuestros ojos y oídos perciben la amenaza, pero nuestro corazón está seguro pues hemos confiado en Nuestro Padre amoroso, Padre de bondad, que nos cuida como a la niña de sus ojos.
Enfrentamos plagas que devastan en pleno sol, desde las corrientes de pecado descaradas hasta la maldad, violencia y materialismo admirado por la mayoría, a lo malo llaman bueno y a lo bueno llaman malo. Por eso Jesús dijo que su reino no es de este mundo, que Dios libre a nuestra familia de ser devastada por estas plagas de maldad, que van desde las filosofías agnósticas, contrarias a la fe, hasta adicciones, ya sean de consumo de sustancias dañinas o de la más actualizada tecnología, cuyas garras nos conducen a vivir vidas aisladas, familias fragmentadas y al final destruidas por estas plagas modernas. Frente a tantos peligros no olvides que Jesucristo es el mismo de ayer, de hoy y de siempre, Él nos asegura que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Dependerá de nosotros creerle a nuestros sentidos o creerle al Creador de cielos y tierra que nos insiste diciendo: ¡No temerás! Caminemos firmes en su palabra.
Hno. José Miguel Rojas.