Pensar “Dios cuida de mí”, no es fácil para todos, algunos lo saben porque ha habido alguna ocasión límite en su vida y en la desesperación lograron salir adelante porque dijeron con fe: “Dios cuida de mí”.
Ante esas experiencias fuertes y complicadas, la confianza de tener a Dios ha logrado que vencieran el miedo. Frente a una sociedad moderna que atemoriza a la humanidad, estas personas enfrentaron la vida con la esperanza puesta en Dios. Creer en la fidelidad de Dios nos permite vencer a la desesperación y a la desesperanza. Si Dios es nuestro escudo y nuestra coraza, marcharemos por la guerra con la bandera de la resurrección: “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, se salvará”.
El mismo Señor Jesús, emprendió esta travesía, nos abrió el camino, “nadie tiene amor más grande que, el que da la vida por sus amigos”. Su fuerza estaba en Dios, quien sabía muy bien que su padre cuidaba de él. Tanto así que la muerte no fue la última palabra.
Creo que estas respuestas las tenemos a la mano, pero qué pasaría si tomamos algunos pasajes de la vida del profeta Jeremías, quien vive en su propia carne el drama de una fidelidad absoluta a Dios. El pueblo de Jeremías era rebelde y desertor, el profeta es solidario con su pueblo, pero aún así, fiel a su vocación profética, tiene que anunciar la catástrofe a la que le llevan sus pecados.
Veamos qué nos dice Jeremías de su testimonio vocacional: “El Señor me dirigió la palabra: Antes de formarte en el vientre te elegí, antes de salir del seno materno te consagré y te nombré profeta de los paganos. Yo repuse: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho. El Señor me respondió: No digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mandé, lo dirás: No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor- El Señor extendió la mano, me tocó la boca y me dijo: Mira, yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar” (Jeremías 1, 4-10)
Cuántas mujeres como tú, que están leyendo esta reflexión, comprenderá muy bien lo que significa “antes de formarte en el vientre te elegí”, porque cuando está próxima a convertirse en madre, la mujer sueña con su hijo, con su rostro y con su nombre, cada una lo siente suyo, su propiedad, pero, aun antes de que esa vida nazca ya Dios le ha puesto un rostro y un nombre. Desde antes de nacer Dios ya nos identificó y eligió para una misión.
El nombre que pusiste a tus hijos, seguramente será el del papá, o el de la mamá, o de la abuela o abuelo, en fin, de algún lugar vino ese nombre a tu mente, pero ¿habías pensado que cada nombre tiene una misión y que ese nombre, más que nada, fue puesto por Dios en tu corazón? A propósito, ¿sabes que significa tu nombre? Si no lo sabes, es hora de averiguarlo, porque para tu Creador “tienes una misión que va con tu nombre”. Mujer, sé fiel a tu nombre.
Por eso “Dios cuida de ti”, porque te conoce por tu nombre y puedes tener la certeza de que te tocará la boca, igual que al profeta Jeremías, para que puedas edificar y plantar. ¡Vamos pues! ¡anímate!, ¡levántate!, sé fiel y habla del Dios que cuida de ti.
Qué más puedo decirte, has pasado pruebas duras; Jesús te ha enseñado cuánto te quiere hasta dar la vida por ti, Jeremías en medio del temblor y temor ha hablado.
¿Cuál es tu nombre? tu nombre es importante, te llamas ¡Mujer! y con un bello apellido: “Dios cuida de mi”.
Fr. Edwin Alvarado Segura OFM