Hace un tiempo vi una noticia que le dio la vuelta al mundo: hubo un incendio forestal que acabó con una gran extensión de área verde; los biólogos que examinaban los daños ocasionados en una visita de campo, notaron cómo todo había quedado convertido en cenizas. Pero les llamó la atención un ave que, calcinada por las llamas, permanecía de pie. Uno de los científicos se acercó y, para sorpresa de él, lo que sostenía a esta ave eran sus tres pichones vivos que se habían salvado porque fueron protegidos por las alas de su madre. Hermosa historia, ¿no te parece? Estos pichones habían encontrado un refugio seguro que los protegió de la muerte; de eso reflexionaremos en esta página, de cómo el Señor es refugio y fortaleza para cada uno de nosotros.
Para que podamos comprender de una mejor manera por qué el salmista decía “refugio mío”, leamos lo que significa: “Se conoce como refugio al espacio creado artificialmente por el hombre o tomado por él como espacio de protección frente a posibles peligros”. Toma su nombre específicamente de la idea de resguardar a un individuo de amenazas que pueden poner en peligro su supervivencia. Como tal, el refugio se convierte en una especie de vivienda, que puede ser temporal o que puede volverse permanente de acuerdo con las necesidades y posibilidades específicas de cada situación.
El pueblo de Israel conocía muy bien el termino de refugio; Dios mismo, en el libro del Deuteronomio, había ordenado a Moisés establecer estos lugares llamados ciudades de refugio, en donde cualquier persona podía correr en busca de ayuda y protección; eran tan importantes para los israelitas, que todos debían conocer el lugar donde estaban ubicados y los caminos estaban bien señalizados para que cualquiera pudiera encontrar estas ciudades.
Por ello, el salmista le da a Dios el nombre de refugio, por la vivencia que había tenido, por el gran significado de ser una ciudad de refugio. En este lugar había encontrado paz, seguridad y sustento en los momentos más difíciles, allí nadie podía hacerle daño. Nosotros hoy podemos correr a nuestro lugar de refugio, es decir, correr hacia Cristo Jesús en esos momentos difíciles quizás de pecado, debilidad, fragilidad, desesperación, desánimo, aflicción o en los momentos en que se corre peligro. Él quiere ser tu refugio, y tú podrás experimentar que ahí, a su lado, estás a salvo.
La persona que daba refugio se ocupaba de proveer todo al refugiado; era la costumbre, no podía faltarle nada, se le proporcionaba seguridad, alimentación, vivienda, y el que recibía a alguien era responsable, con su vida, de la de su huésped, nadie podía tocarlo.
Eso es lo que hace Dios contigo, te espera siempre para cuidarte, protegerte, alimentarte, a su lado nadie podrá hacerte daño; por ello, el salmista decía “refugio mío”. Tú también debes buscar al Señor para que sea tu refugio y fortaleza.
Nada ni nadie podrá tocarte ni hacerte daño en ese refugio que hace el Señor para ti. De la misma manera como una fortaleza rodea toda el área protegida, es Él quien te rodea, por delante, por detrás a tu alrededor… Él cuida de ti.
Para que podamos tener este hermoso refugio y fortaleza, el salmista nos menciona las palabras clave: “Dios mío, en ti confío”.
Hay una hermosa relación de pertenencia cuando digo “mi Dios”, como cuando sabes que algo es tuyo, lo conoces, hay confianza, le perteneces. Es una relación que se ha construido con el tiempo. Sólo alguien que conoce a otra persona puede decir “yo confió en ti”, porque ha podido observar sus actos, sus pensamientos, su fuerza, su determinación y ha demostrado su fidelidad siempre.
Es un buen momento para correr al dulce refugio que espera por ti, y estando allí sabrás que estás protegida, hasta que tus fuerzas hayan sido renovadas, y no corras peligro. Busca siempre a tu Dios, acércate a Él, dedícale tiempo y tu confianza aumentará, al punto que le conocerás cada día más y tu amor por el crecerá, hasta que puedas decir con todo el corazón: “Mi Dios en ti confió”.
Hna. Nancy de Cabrera