Reflexiones Misericordia es perdonar en familia 23 agosto, 201624 agosto, 2020 by svsl Pero Esaú corrió a su encuentro, lo abrazó, se echó a su cuello y lo besó, y los dos se pusieron a llorar. Gn 33,4 La historia de José “el soñador”, que vive una realidad difícil, temprano en la vida crece entre el amor de su padre y el odio de sus hermanos, a los 17 años es abandonado en una cisterna, vendido como esclavo, luego en la cárcel y, por último, por la providencia de Dios interpretando los sueños del faraón, llega a ser el administrador de Egipto, hasta allí su vida tiene un giro enorme, pero llega un momento crucial , han pasado 7 años de bonanza y van por el segundo año de escasés cuando José tiene un encuentro con sus hermanos, ahora él tiene 39 años y tiene un gesto impresionante, el poder perdonar a sus hermanos después de todo lo que le ha tocado vivir, los perdona, los abraza, los cuida, y les habla con afecto. Siempre ha sido destacado el amor, la misericordia, que José manifiesta a sus hermanos. Pero hay un dato en la Escritura muy importante, el libro del génesis nos relata la historia de otros hermanos que se reconcilian, Jacob y Esaú, enemistados muchos años porque Jacob primero, aprovechando el hambre de su hermano, le cambió la primogenitura por un plato de lentejas, luego aprovechando que su padre Isaac ya estaba anciano se disfrazó y se hizo pasar por su hermano mayor y le robó la bendición paterna. Ante eso Esaú se encoleriza y busca a su hermano para matarle, pero este escapa y se va donde un pariente lejano llamado Labán, en este trayecto tiene un encuentro con Dios en Betel y su vida cambia para siempre, Dios le bendice, Jacob prospera, se casa, tiene hijos y cuando todo le va de maravilla, Dios le pide regresar a su tierra, prometiéndole que le acompañara. Así es como llegamos a este momento. Génesis 33,1-7 cuando Esaú se entera que su hermano viene de regreso, sale con 400 hombres, que no era precisamente un comité de bienvenida, sino que viene a tomar venganza de su hermano. Cuando Jacob le ve se inclina siete veces hasta llegar donde su hermano, esto era un signo de humildad y al mismo tiempo de súplica de perdón. Al ver este gesto, Esaú aparta la cólera, el enojo, los deseos de venganza que sentía contra su hermano y corre a su encuentro, lo abraza, se echa a su cuello, lo besa y llora con él. Ante el arrepentimiento de Jacob, Esaú perdona sinceramente a su hermano, pero hay algo más, la familia de Jacob fue pasando delante de Esaú y el versículo 7 dice que al final pasó José y su madre Raquel y también se inclinaron ante él. José siendo un niño observa como su papá y su tío, después de estar enemistados durante muchos años, se reconcilian, se perdonan y se abrazan. A su tierna edad recibe una enseñanza que quedará grabada para toda su vida y cuando él vive con sus hermanos ocurre algo similar, le llega el momento de reconciliarse y perdonar a sus hermanos.La escuela del perdón, eso no se aprende en el colegio ni en la universidad; se aprende en el hogar, en la vida cotidiana, dejemos a quienes vienen detrás de nosotros la herencia del amor, de la misericordia, del perdón, de la reconciliación. Muchas veces lo que dejamos detrás de nosotros es una herencia de envidias, rivalidades, calumnias, engaños, enojos, iras, venganzas, y transmitimos esto de una generación a otra, llevándolos a vivir a una familia y a una sociedad donde hay tanto dolor y sufrimiento por la falta de perdón. Hoy el Señor Jesús nos invita, como Jacob, a tener un encuentro personal con Dios, pues necesitamos de un poder, de una gracia, de un amor, de una misericordia que va más allá de nuestras fuerzas y capacidades. Con el amor de Dios puedo amar, con el perdón de Dios puedo perdonar, con la misericordia de Dios puedo tener misericordia hacia los demás. Con esta fuerza ya podemos atrevernos a regresar para pedir y dar el perdón.Dispuestos a dar ese enorme paso de no dejar que las cosas se queden así como están y sigamos distanciados o enemistados, busquemos la paz, la alegría, el deseo de convivir nuevamente con la familia, hermanos y amigos. Rompamos esa cadena de odio que se vive en la sociedad.Dejemos detrás de nosotros el mejor recuerdo, el recuerdo de alguien que se atrevió a ir más allá y estuvo dispuesto a sanar las heridas y las relaciones, con la disposición de empezar de nuevo. Hay quienes nos están observando, atrévete a vivir una vida diferente y así, sin importar lo que hemos dejado escapar con el correr del tiempo y a pesar de los años, nuestros hijos dirán: “mis padres un día cambiaron y fueron diferentes”, eso quiere decir que nosotros también lo podremos hacer, cambiar y lograr un mundo mejor. Con el amor del Padre, en el nombre de Jesús, con el Poder del Espíritu Santo y la intercesión de María Santísima, rompamos herencias destructivas y maldiciones que se han pasado de una generación a otra. Empecemos un nuevo ciclo, una nueva etapa, un nuevo tiempo. Hoy nos toca a nosotros, para que quienes vienen detrás de nosotros reciban un mundo, una familia, una iglesia mejor. José viendo a su padre y a su tío, cuando a él le llegó el momento, siguió y puso en práctica el ejemplo aprendido. Te ha llegado el momento, sé misericordioso, pide perdón y ofrece el perdón y perdona.Hermano Pedro Guzmán
Reflexiones Misericordia es recibir el perdón 23 agosto, 201624 agosto, 2020 by svsl Jesús decía: -“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lc 23, 34 Querida amigo que te acercas a esta sencilla reflexión sobre San Lucas, es importante que recuerdes en este texto el momento terrible y tierno a la vez en que Jesús desde la cruz perdona a sus verdugos.Jesús está en una situación máxima de agonía y, sin embargo, en lugar de hacerse la víctima, en lugar de volcar sobre sí la mirada, se conmueve por sus verdugos y lejos de señalarlos, condenarlos o despreciarlos, eleva una oración para que puedan ser perdonados por lo que están cometiendo, incluso disculpa su acto atribuyéndolo a la ignorancia, “no saben lo que hacen”. En algunas ocasiones querido amigo, también te puedes sentir rodeados de verdugos, de miradas que te señalan y condenan, o de personas que hablan mal de ti, quienes con chismes e ironías te causan profundo dolor, sobre todo, de aquellas que se dicen tus amigas, y ¿cuál va a ser tu actitud?, ¿la de venganza?,¿la de una mirada de odio?, ¿o serás capaz de pedir por ellas yde rogar a Dios que les perdone todo aquello que han hecho a tu persona?Jesucristo como verdadero Dios perdona, y con ello garantiza aquella acción maravillosa y divina sobre cada uno de nosotros pecadores, Él es fiel y no falla en su perdón, “Dios es presentado siempre lleno de alegría sobre todo cuando perdona” (Misericordiae Vultus # 7), siempre tiene esa actitud de apertura y de recibirnos, y es que Jesús con su postura en la cruz, con sus brazos abiertos, a quien le busca, lo único que puede hacer, es abrazar, dar amor, ternura, misericordia, a pesar de nuestros pecados. Con este texto el Señor nos da un ejemplo muy claro de aquella actitud cristiana que debemos practicar diariamente, el perdón, la paciencia, la capacidad de comprensión a las actitudes del otro, la actitud de oración ante quienes nos hacen daño. Precisamente la palabra misericordia encierra todas estas actitudes profundamente cristianas, pero de fondo es aquella disposición hacia el prójimo que nos hace amarle, servirle y ver en él, el rostro de Jesús. El perdón divino nos mueve a perdonar, precisamente en la confesión se verifican muchas incoherencias, pues la persona dice: “vengo a que Dios me perdone”, pero luego al ir contando sus pecados llega a afirmar: “pero eso no puedo perdonarlo padre…”, y bueno, en ese momento es responsabilidad nuestra como ministros del perdón de Dios hacerle ver su incoherencia, pues pide perdón pero no está dispuesto a darlo. Muchos no captan esta incoherencia y consideran que deben ser comprendidos y basta. Hay heridas y circunstancias que, si bien es cierto no se pueden perdonar fácilmente, no podemos negarnos a hacer el esfuerzo de lograr ese perdón, y en esos casos se debe entrar en un serio y constante proceso, en donde a través de los sacramentos, la vida de oración, etc. se va poniendo en las manos del Señor esa herida o circunstancia, y en su gracias y poder, Dios irá actuando en nosotros para poder arrancar esa costra dolorosa del odio y del rencor. Lograr sacar de nuestro corazón odio y rencor, al final permite la libertad espiritual y profunda que todo ser humano busca.Padre Manuel Armando Abac
Reflexiones Misericordia es compadecerte 23 agosto, 201624 agosto, 2020 by svsl El Señor, al verle, se compadeció de ella y le dijo:- No llores más. Lc 7, 13 El pasaje de la viuda de Naím es el espejo de la vida de cada hombre y mujer dispersos por el mundo. Este episodio está lleno de tanto significado que es difícil que podamos agotar todo su contenido en unas pocas palabras. Según el evangelio de San Lucas, el Señor acaba de pronunciar su profecía en la sinagoga, donde se proclama como el profeta que viene a inaugurar el “año de gracia”: el jubileo. Jesús llega a una ciudad, a Naín, que significa “delicias”, y va acompañado de un “cortejo” apostólico. De la ciudad sale otro “cortejo”, un funeral que lleva a un hijo único que ha dejado sola a una madre viuda. Jesús lleva el cortejo de la vida y la ciudad lleva el cortejo de la muerte. Es interesante ver qué es lo que produce la “ciudad” y qué es lo que produce Jesús. La ciudad produce la muerte, y quienes viven en ella son como la viuda, que viven solos, abandonados, desamparados, produciendo muerte. Mientras que Jesús produce la vida, devuelve la esperanza y desata la esclavitud de la muerte. La mujer es el prototipo de los hombres que están alejados de Dios. Fuera de Él se vive en la soledad y la penumbra, rodeados de “muertos” y engendrando vida para la muerte. El hijo es el totalmente desamparado, somos nosotros que necesitamos la presencia del padre y sin Él (Dios) no podemos tener vida. Pero Jesús se acerca, se compadece, mira, toca y habla. El Señor no necesita una invitación; primero porque sabe que no sabemos dónde encontrar la vida, luego, Él se acerca porque es compasivo, conoce nuestra realidad de abandono y desesperación. El Señor es el Dios que, a diferencia de todos los “dioses” que nos creamos, utiliza los sentidos para que sintamos su presencia. Nos “mira” con compasión por la soledad que nos acompaña; nos toca para que se reavive nuestra confianza en Él y nos habla para que vivamos de su palabra. Esta palabra que hace posible lo imposible; la palabra que engendra la vida y destruye la muerte; la palabra que crea y re-crea a pesar de nuestra incredulidad e ignorancia; la palabra que hace germinar en lo más profundo de nuestra vida: la confianza en Él. Con una sola palabra, “Levántate”, el Señor libera al joven de la muerte, a la viuda le da esperanza de vida y comprende que ya no va a engendrar para la muerte, sino para la vida; a los presentes les suscita palabras de alabanza; los discípulos aprendieron que Jesús es el portador de la vida y da vida; y todo el país de Israel y las regiones paganas se dieron cuenta que el Mesías había llegado a sus tierras y no había que esperar a nadie más. Una sola palabra hizo posible una gran ola de esperanza y abrió los ojos de la humanidad sobre el Señor al cual “toda lengua debe dar gloria”, en los cielos y en la tierra. El evangelista llama a Jesús “Señor”, pero la gente que estaba presenciando el milagro le llamó“Profeta”. San Lucas había entendido quién era Jesús. Ciertamente que era un profeta, pero era más que profeta, porque era el “Señor”. Su señorío cubría toda la creación, incluyendo a la muerte que es el enemigo más grande de la humanidad. Así como en la creación, por una única palabra Dios (“hágase”) hizo todas las cosas y les dio vida y bondad, de la misma forma Jesús, con una sola palabra, permitió re-crear y ordenar el caos en el que estaban sumergidos los habitantes de Naín y del mundo entero. Pero, es posible que se confunda a Jesús y que no le conozcamos como verdaderamente es. Solamente escuchando su palabra, dejando que nos mire ypermitiendo que nos toque podremos develar la verdadera realidad de Jesús. ¿Hacia dónde nos quiere llevar este pasaje evangélico? Nos lleva a reconocer que la bondad y misericordia de Dios son grandes y gratuitas. Solos (sin Dios) vivimos en una ciudad de muertos y seguimos dando muertos. De esto debemos ser conscientes. Dios se acerca sin una invitación nuestra, es por su propia y misericordiosa iniciativa que viene a nosotros para sacarnos de la muerte y la desesperación. Hasta los filósofos dicen que somos “seres para la muerte” (Heidegger) o que “la vida es una náusea” (Sartre). Sí, sin Jesús el ser humano no tiene camino, los senderos no llevan a ninguna parte, y la vida se vuelve sosa y aburrida. Pero, no. Jesús manifestó en la ciudad de Naín que la muerte es un sueño y que la vida está llena de esperanza. Por eso Jesús le devolvió aesa madre, su hijo lleno de vida, justo cuando ella lo iba a dejar en la ciudad de los muertos (cementerio). Aquella mujer había perdido toda esperanza y no le quedaba más que rendirse abandonando a su hijo para siempre. Ahora lo tenía en sus brazos con la misma ilusión como lo había esperado desde su vientre; ahora, también, ella había resucitado de la desesperación y abandono. Ya no estaba sola, tenía a su hijo vivo y, sobre todo, su vida habría cobrado vida porque había encontrado y descubierto al Dios de la vida. Abandonó el “cortejo” de la muerte y se unió al “cortejo” de la vida que era Jesús. Esto es lo que produce la misericordia de Dios. Esto es lo que no merecemos, pero la paternidad de Dios, nos lo da gratuitamente. Francisco Pérez
Reflexiones Misericordia es perdón 23 agosto, 201624 agosto, 2020 by svsl Ten piedad de mí, oh Dios, por tu amor, por tu inmensa compasión, borra mi culpa. Sal 51,3 El 8 de diciembre de 2015 y hasta el 20 de noviembre de 2016, estaremos celebrando el Jubileo de la Misericordia. Sería extenderme demasiado y salirme del tema que me han encomendado si habloun poco de este jubileo, de su significado, sus motivaciones y sus objetivos. Pero conviene al menos recordar, como dice el Papa Francisco en la bula de Convocación, que misericordia es: “un estilo de vida cristiano” (Bula 9). Es decir, la misericordia no es cuestión de sentimientos ni de emociones, ni solo abrirnos a los brazos amorosos de nuestro Dios, sino reconocer que “Dios es compasivo y misericordioso”, para que esta verdad de nuestra fe se haga realidad en nuestra vida y reproduzcamos de forma visible en el mundo la misericordia invisible que existe en Dios. Y con este trasfondo, reflexionemos brevemente sobre el Salmo 51. Salmo 51, salmo de la misericordiaDe ordinario, al Salmo 51 se le conoce como “Salmo penitencial”. Creo que tenemos que cambiar y llamarle “Salmo de la misericordia”. ¿Por qué? Porque ante hechos tan abominables como los que cometió David –como veremos–, presenta a Dios como aquel que –cuando nos arrepentimos de nuestros pecados– limpia y renueva. Dios es quien –a pesar de todo– nos acoge y no nos arroja de su presencia;es más, nos concede la salvación y su espíritu. De esta actitud de Dios, vivida y experimentada por quien se arrepiente, se sigue una consecuencia lógica: enseñar a los demás que Dios es Padre, acogedor y proclamar su misericordia para que vuelvan a Él. La mancha de DavidEl Salmo 51 recoge la confesión de David. ¿Qué ocurrió? Después de que David se llevó a Betsabé, la esposa de Urías, el hitita, vino a él Natán el profeta quien le hizo reflexionar sobre su pecado. Como sabemos, David mandó poner a Urías al frente de la batalla contra los amonitas para que muriera. Esa fue una acción cobarde y cruel por parte de David, porque Urías era uno de sus soldados más valientes y fieles, y lo aprovechó para deshacerse de él y quedarse con su mujer Betsabé. Lo que había hecho David era considerado normal y habitual en Egipto, en Babilonia, en Edom o en Moab, pero “desagradó al Señor” (2Sam 11,27). Por los datos que poseemos, después que David cometió aquella aberración, fue un hombre atormentado. Él mismo nos diría lo que pasó por su corazón: “Se consumían mis huesos cuando callaba, cuando gemía sin parar” (Sal 32,3). Y continuó diciendo: “Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; se me secaba la savia con los calores estivales” (Sal 32,4). Estas palabras describen sus sentimientos durante ese período y cómo la culpa de su pecado le abrumaba. En estas circunstancias, Dios envió a Natán ante David y le contó una pequeña parábola que expresaba reflejo de su vida: “Había dos hombres en una misma ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía una enorme cantidad de ovejas y de bueyes. El pobre no tenía nada, fuera de una sola oveja pequeña que había comprado. La iba criando y ella crecía junto a él y a sus hijos: comía de su pan, bebía de su copa y dormía en su regazo. ¡Era para él como una hija! Pero llegó un viajero a la casa del hombre rico, y este no quiso sacrificar un animal de su propio ganado para agasajar al huésped que había recibido. Tomó en cambio la oveja del hombre pobre, y se la preparó al que le había llegado de visita». David se enfureció contra aquel hombre y dijo a Natán: “¡Por la vida del Señor, el hombre que ha hecho eso merece la muerte! Pagará cuatro veces el valor de la oveja, por haber obrado así y no haber tenido compasión». Este es uno de los relatos más dramáticos de la Biblia. Natán señaló con el dedo a David y le dijo: “¡Ese hombre eres tú!” (2Sam 12,1-6). Y lo interesante fue que David reconoció su pecado, se arrepintió y cambió de vida. “Entonces dijo David a Natán: “Pequé contra el Señor”. Natán dijo a David: “También el Señor ha perdonado tu pecado; no morirás” (2Sam 12,13). Estos son los antecedentes del Salmo 51. Después de este incidente, David hizo la confesión que recoge este Salmo. La misericordia cambia el corazón de la personaEl Salmo 51 muestra cómo el reconocer la misericordia de Dios cambia nuestro corazón. Recordemos lo que pasó con David. A pesar de todos sus errores, se le considera generalmente como el rey más grande del pueblo de Israel. Así es Dios con nosotros cuando sinceramente reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos y cambiamos de mentalidad y de vida. La naturaleza de Dios es ser misericordioso y su bondad prevalece por encima del castigo y destrucción, como dice el Salmo 103: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia”. El Año Santo de la Misericordia es una oportunidad, como dice el Papa Francisco para “redescubrir la alegría de la ternura de Dios” (Bula 24). Para ello tenemos que reconocer con humildad cómo somos y cuán necesitados estamos de la misericordia de Dios. Pero ese reconocimiento tiene que llevarnos a que en adelante actuemos con “sabiduría” (v.8), es decir, de acuerdo con nuestro ser cristianos. Con el Salmo 51, debemos de pedir: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame con espíritu firme. No me arrojes de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (vv.12-14). Solamente reconociendo nuestros pecados y la necesidad que tenemos de la misericordia divina, será posible lograr el cambio y la conversión que necesitamos para así “redescubrir la alegría de la ternura de Dios” (Bula 24). Practicar la misericordia La misericordia no es una virtud teórica que se mantiene en los límites del sentimentalismo, afectos internos y oraciones, al contrario, es profundamente práctica. El reconocimiento de nuestra situación personal ante Dios nos lleva a que, como David, digamos: “Enseñaré a los malvados tus caminos… mi boca proclamará tu alabanza” (vv. 15.17). Es la ocasión de volver a Él, como Él desea que volvamos: “El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, no lo desprecias” (v. 19). Es decir, experimentar la misericordia tiene que llevarnos a que otros también la experimenten. Esto solo se logrará con una vida de misión y evangelización que haga volver a quienes andan por malos caminos, volver a Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Algo que debemos de tener en cuenta es cómo quiere Dios que practiquemos la misericordia y evangelicemos para que otros la experimenten y practiquen. El evangelio de San Mateo lo indica cuando presenta el criterio decisivo del juicio divino, la actitud ante el prójimo necesitado: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,35-36). Y el Papa Francisco actualiza estas palabras diciendo: “No caigamos en le indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio… Que su grito se vuelva el nuestro” (Bula, 15). Estas palabras son suficientes para indicarnos qué tenemos que hacer, cómo actuar para que de veras este Jubileo de la Misericordia alcance su objetivo: “Ser nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre” (Bula 3). Entenderlo de otra forma es distorsionar las razones que lo han motivado y engañarnos a nosotros mismos con algo que quizá nos tranquilice pero que no está dentro de lo que nuestra fe cristiana entiende por “misericordia”.Padre Ángel García-Zamorano
Reflexiones Misericordia es Amor 23 agosto, 201624 agosto, 2020 by svsl Se puso en camino y se fue a casa de su padre. Cuando aun estaba lejos, su padre lo vió y profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazo y lo cubrió de besos. Lc. 15:20 Dios es Padre pero, sobre todo, madre, escribió el Santo Juan Pablo II y de esta manera expresa a través de una realidad humana la autoridad, la protección, la ternura y más que nada el amor de Dios. “¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, y deja de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. Isaías 49:15 En distintos momentos y circunstancias de nuestra vida hemos experimentado la protección del Padre en los momentos de peligro, así como la providencia en nuestras necesidades cotidianas y en situaciones muy específicas como el proveernos del trabajo que estábamos buscando o de la salud cuando estuvimos enfermos. El año pasado mi esposa y yo oramos al Señor para que le otorgaran un asenso en la institución donde laboraba, pensamos que después de varios años de trabajar mostrando un buen desempeño y contar con las competencias y méritos suficientes era tiempo para que le otorgaran una posición mejor. Oramos y esperamos en Él. La respuesta la obtuvimos pocos meses después aunque no en el lugar que nosotros pensamos. Podemos decir que somos testigos del poder de Dios y nos sentimos verdaderamente bienaventurados sin mérito alguno, porque Él ha querido derramar su amor en nuestros corazones, a través de su Santo Espíritu. Rom 5,5 Seguramente te preguntas ¿Cómo puedo alcanzar esas bendiciones? Dios, busca en ti una relación de papá a hija, que se logra a través de un encuentro personal y un vínculo permanente con Jesús, esto me hace recordar a una amiga que me confesó que entre ella y su papá siempre existió una muy buena relación y que cuando asistió a un retiro le fue muy fácil llamar a Dios, PADRE. Jesús llamó al Padre ABBA, que en nuestro lenguaje puede interpretarse como “apito”, término con el cual una niña se dirige a su papá, signo de confianza, cercanía, familiaridad, y, fundamentalmente, de amor. Fue tal el impacto que esta expresión causó en los contemporáneos de Jesús, que la escribieron en arameo, la lengua original y hasta la fecha así se conserva en la Biblia. Claro, en una cultura donde Dios se conceptualizaba lejos, allá en lo alto de los montes, era un verdadero atrevimiento llamar a Dios, papito. Sin embargo Jesús, nos muestra de esta manera cómo debe ser nuestra relación con el Padre. Si tu experiencia no es en nada comparable a estas que te comparto. Con mayor razón Dios quiere ser el papá que nunca tuviste, Él te ama y te dice: “yo estoy contigo”. Volviendo al relato del evangelio, ahí se narra que cuando el hijo todavía estaba lejos, su padre lo vió y, conmovido, salió corriendo a su encuentro. Podemos deducir que lo estaba esperando. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero, 1 Jn 4:10 Cuando lo buscamos, Él nos ha buscado antes, cuando llegamos Él nos está esperando. El relato del Hijo Pródigo, que nos muestra San Lucas, viene a revelar el rostro de la misericordia y del amor de Dios, un Dios que ama y perdona. A quien no le importó lo que su hijo había hecho, lo lejos que estuvo o lo que había perdido. Le importó el hijo que regresó a su casa. Nosotros, en cambio, somos implacables con las personas que han equivocado el camino y hasta llegamos a tener poca misericordia con nosotros mismos, esto nos limita a acercarnos al Padre, y nos impide experimentar ese abrazo cálido que transmite amor, seguridad y perdón. Quiero concluir este artículo dándote un consejo:vuélvete a Él y deja que Dios sea para ti ese buen Padre. Víctor Hugo Velásquez
Reflexiones Misericordia es Dios 23 agosto, 201624 agosto, 2020 by svsl Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor. Ef 2,4.(“Dives in misericordia” // Juan Pablo II) Cristo revela a Dios que es Padre, que es “amor”, como dirá San Juan en su primera Carta; revela a Dios “rico de misericordia”, como leemos en San Pablo (Ef. 2,4) Esta verdad, más que tema de enseñanza, constituye una realidad que Cristo nos ha hecho presente. Hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia, es en la conciencia de Cristo mismo, la prueba fundamental de su misión de Mesías; lo corroboran las palabras pronunciadas por Él primero en la sinagoga de Nazaret y más tarde ante sus discípulos y ante los enviados por Juan Bautista. En base a tal modo de manifestar la presencia de Dios que es padre, amor y misericordia, Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación. Como de costumbre, también aquí enseña preferentemente “en parábolas”, debido a que estas expresan mejor la esencia misma de las cosas. Baste recordar la parábola del hijo pródigo o la del buen samaritano (Lc. 10,30-37) y también –como contraste– la parábola del siervo inicuo (Mt. 18,23-35). Son muchos los pasos de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el amor-misericordia bajo un aspecto siempre nuevo. Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada (Lc. 15,3-7). El evangelista que trata con detalle estos temas en las enseñanzas de Cristo es San Lucas, cuyo evangelio ha merecido ser llamado “el evangelio de la misericordia”.Es necesario constatar que Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía también a los hombres que, a su vez, se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje mesiánico y constituye la esencia del texto evangélico. El Maestro lo expresa, bien sea a través del mandamiento definido por Él como “el más grande” (Mt. 22,38), bien en forma de bendición, cuando en el discurso del sermón de la montaña proclama:Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt. 5,7). Importancia, a fin de que Dios pueda revelarse en su misericordia hacia el hombre: …los misericordiosos… alcanzarán misericordia. La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia –el atributo más estupendo del Creador y del Redentor–y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora. En este ámbito tiene un gran significado la meditación constante de la palabra de Dios, y, sobre todo, la participación consciente y madura en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o reconciliación. La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es más fuerte que la muerte: en efecto, “cada vez que comemos de este pan o bebemos de este cáliz”, no solo anunciamos la muerte del Redentor, sino que además proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida en la gloria. El mismo rito eucarístico, celebrado en memoria de quien en su misión mesiánica nos ha revelado al Padre, por medio de la palabra y de la cruz, atestigua el amor inagotable, en virtud del cual Él desea siempre unirse e identificarse con nosotros, saliendo al encuentro de todos los corazones humanos. Es el sacramento de la penitencia o reconciliación el que allana el camino a cada uno, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado.La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito, es también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente, frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo. María es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que “por todas la generaciones” (Lc. 1,50), nos hacemos partícipes según el eterno designio de la Santísima Trinidad. Precisamente, en este amor “misericordioso”, manifestado ante todo en contacto con el mal moral y físico, participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado –participaba María–. En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre. Es este uno de los misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan íntimamente vinculado con el misterio de la encarnación. Fray Edwin Alvarado OFM2.