El Señor, al verle, se compadeció de ella y le dijo:- No llores más. Lc 7, 13
El pasaje de la viuda de Naím es el espejo de la vida de cada hombre y mujer dispersos por el mundo. Este episodio está lleno de tanto significado que es difícil que podamos agotar todo su contenido en unas pocas palabras. Según el evangelio de San Lucas, el Señor acaba de pronunciar su profecía en la sinagoga, donde se proclama como el profeta que viene a inaugurar el “año de gracia”: el jubileo.
Jesús llega a una ciudad, a Naín, que significa “delicias”, y va acompañado de un “cortejo” apostólico. De la ciudad sale otro “cortejo”, un funeral que lleva a un hijo único que ha dejado sola a una madre viuda. Jesús lleva el cortejo de la vida y la ciudad lleva el cortejo de la muerte. Es interesante ver qué es lo que produce la “ciudad” y qué es lo que produce Jesús. La ciudad produce la muerte, y quienes viven en ella son como la viuda, que viven solos, abandonados, desamparados, produciendo muerte. Mientras que Jesús produce la vida, devuelve la esperanza y desata la esclavitud de la muerte.
La mujer es el prototipo de los hombres que están alejados de Dios. Fuera de Él se vive en la soledad y la penumbra, rodeados de “muertos” y engendrando vida para la muerte. El hijo es el totalmente desamparado, somos nosotros que necesitamos la presencia del padre y sin Él (Dios) no podemos tener vida.
Pero Jesús se acerca, se compadece, mira, toca y habla. El Señor no necesita una invitación; primero porque sabe que no sabemos dónde encontrar la vida, luego, Él se acerca porque es compasivo, conoce nuestra realidad de abandono y desesperación. El Señor es el Dios que, a diferencia de todos los “dioses” que nos creamos, utiliza los sentidos para que sintamos su presencia. Nos “mira” con compasión por la soledad que nos acompaña; nos toca para que se reavive nuestra confianza en Él y nos habla para que vivamos de su palabra. Esta palabra que hace posible lo imposible; la palabra que engendra la vida y destruye la muerte; la palabra que crea y re-crea a pesar de nuestra incredulidad e ignorancia; la palabra que hace germinar en lo más profundo de nuestra vida: la confianza en Él.
Con una sola palabra, “Levántate”, el Señor libera al joven de la muerte, a la viuda le da esperanza de vida y comprende que ya no va a engendrar para la muerte, sino para la vida; a los presentes les suscita palabras de alabanza; los discípulos aprendieron que Jesús es el portador de la vida y da vida; y todo el país de Israel y las regiones paganas se dieron cuenta que el Mesías había llegado a sus tierras y no había que esperar a nadie más. Una sola palabra hizo posible una gran ola de esperanza y abrió los ojos de la humanidad sobre el Señor al cual “toda lengua debe dar gloria”, en los cielos y en la tierra.
El evangelista llama a Jesús “Señor”, pero la gente que estaba presenciando el milagro le llamó“Profeta”. San Lucas había entendido quién era Jesús. Ciertamente que era un profeta, pero era más que profeta, porque era el “Señor”. Su señorío cubría toda la creación, incluyendo a la muerte que es el enemigo más grande de la humanidad. Así como en la creación, por una única palabra Dios (“hágase”) hizo todas las cosas y les dio vida y bondad, de la misma forma Jesús, con una sola palabra, permitió re-crear y ordenar el caos en el que estaban sumergidos los habitantes de Naín y del mundo entero.
Pero, es posible que se confunda a Jesús y que no le conozcamos como verdaderamente es. Solamente escuchando su palabra, dejando que nos mire ypermitiendo que nos toque podremos develar la verdadera realidad de Jesús.
¿Hacia dónde nos quiere llevar este pasaje evangélico? Nos lleva a reconocer que la bondad y misericordia de Dios son grandes y gratuitas. Solos (sin Dios) vivimos en una ciudad de muertos y seguimos dando muertos. De esto debemos ser conscientes. Dios se acerca sin una invitación nuestra, es por su propia y misericordiosa iniciativa que viene a nosotros para sacarnos de la muerte y la desesperación. Hasta los filósofos dicen que somos “seres para la muerte” (Heidegger) o que “la vida es una náusea” (Sartre). Sí, sin Jesús el ser humano no tiene camino, los senderos no llevan a ninguna parte, y la vida se vuelve sosa y aburrida.
Pero, no. Jesús manifestó en la ciudad de Naín que la muerte es un sueño y que la vida está llena de esperanza. Por eso Jesús le devolvió aesa madre, su hijo lleno de vida, justo cuando ella lo iba a dejar en la ciudad de los muertos (cementerio). Aquella mujer había perdido toda esperanza y no le quedaba más que rendirse abandonando a su hijo para siempre. Ahora lo tenía en sus brazos con la misma ilusión como lo había esperado desde su vientre; ahora, también, ella había resucitado de la desesperación y abandono. Ya no estaba sola, tenía a su hijo vivo y, sobre todo, su vida habría cobrado vida porque había encontrado y descubierto al Dios de la vida. Abandonó el “cortejo” de la muerte y se unió al “cortejo” de la vida que era Jesús. Esto es lo que produce la misericordia de Dios. Esto es lo que no merecemos, pero la paternidad de Dios, nos lo da gratuitamente.
Francisco Pérez