Ten piedad de mí, oh Dios, por tu amor, por tu inmensa compasión, borra mi culpa. Sal 51,3
El 8 de diciembre de 2015 y hasta el 20 de noviembre de 2016, estaremos celebrando el Jubileo de la Misericordia. Sería extenderme demasiado y salirme del tema que me han encomendado si habloun poco de este jubileo, de su significado, sus motivaciones y sus objetivos. Pero conviene al menos recordar, como dice el Papa Francisco en la bula de Convocación, que misericordia es: “un estilo de vida cristiano” (Bula 9).
Es decir, la misericordia no es cuestión de sentimientos ni de emociones, ni solo abrirnos a los brazos amorosos de nuestro Dios, sino reconocer que “Dios es compasivo y misericordioso”, para que esta verdad de nuestra fe se haga realidad en nuestra vida y reproduzcamos de forma visible en el mundo la misericordia invisible que existe en Dios. Y con este trasfondo, reflexionemos brevemente sobre el Salmo 51.
Salmo 51, salmo de la misericordiaDe ordinario, al Salmo 51 se le conoce como “Salmo penitencial”. Creo que tenemos que cambiar y llamarle “Salmo de la misericordia”. ¿Por qué? Porque ante hechos tan abominables como los que cometió David –como veremos–, presenta a Dios como aquel que –cuando nos arrepentimos de nuestros pecados– limpia y renueva. Dios es quien –a pesar de todo– nos acoge y no nos arroja de su presencia;es más, nos concede la salvación y su espíritu. De esta actitud de Dios, vivida y experimentada por quien se arrepiente, se sigue una consecuencia lógica: enseñar a los demás que Dios es Padre, acogedor y proclamar su misericordia para que vuelvan a Él.
La mancha de DavidEl Salmo 51 recoge la confesión de David. ¿Qué ocurrió? Después de que David se llevó a Betsabé, la esposa de Urías, el hitita, vino a él Natán el profeta quien le hizo reflexionar sobre su pecado. Como sabemos, David mandó poner a Urías al frente de la batalla contra los amonitas para que muriera. Esa fue una acción cobarde y cruel por parte de David, porque Urías era uno de sus soldados más valientes y fieles, y lo aprovechó para deshacerse de él y quedarse con su mujer Betsabé. Lo que había hecho David era considerado normal y habitual en Egipto, en Babilonia, en Edom o en Moab, pero “desagradó al Señor” (2Sam 11,27).
Por los datos que poseemos, después que David cometió aquella aberración, fue un hombre atormentado. Él mismo nos diría lo que pasó por su corazón: “Se consumían mis huesos cuando callaba, cuando gemía sin parar” (Sal 32,3). Y continuó diciendo: “Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; se me secaba la savia con los calores estivales” (Sal 32,4). Estas palabras describen sus sentimientos durante ese período y cómo la culpa de su pecado le abrumaba.
En estas circunstancias, Dios envió a Natán ante David y le contó una pequeña parábola que expresaba reflejo de su vida: “Había dos hombres en una misma ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía una enorme cantidad de ovejas y de bueyes. El pobre no tenía nada, fuera de una sola oveja pequeña que había comprado. La iba criando y ella crecía junto a él y a sus hijos: comía de su pan, bebía de su copa y dormía en su regazo. ¡Era para él como una hija! Pero llegó un viajero a la casa del hombre rico, y este no quiso sacrificar un animal de su propio ganado para agasajar al huésped que había recibido. Tomó en cambio la oveja del hombre pobre, y se la preparó al que le había llegado de visita». David se enfureció contra aquel hombre y dijo a Natán: “¡Por la vida del Señor, el hombre que ha hecho eso merece la muerte! Pagará cuatro veces el valor de la oveja, por haber obrado así y no haber tenido compasión». Este es uno de los relatos más dramáticos de la Biblia. Natán señaló con el dedo a David y le dijo: “¡Ese hombre eres tú!” (2Sam 12,1-6). Y lo interesante fue que David reconoció su pecado, se arrepintió y cambió de vida.
“Entonces dijo David a Natán: “Pequé contra el Señor”. Natán dijo a David: “También el Señor ha perdonado tu pecado; no morirás” (2Sam 12,13). Estos son los antecedentes del Salmo 51. Después de este incidente, David hizo la confesión que recoge este Salmo.
La misericordia cambia el corazón de la personaEl Salmo 51 muestra cómo el reconocer la misericordia de Dios cambia nuestro corazón. Recordemos lo que pasó con David. A pesar de todos sus errores, se le considera generalmente como el rey más grande del pueblo de Israel. Así es Dios con nosotros cuando sinceramente reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos y cambiamos de mentalidad y de vida. La naturaleza de Dios es ser misericordioso y su bondad prevalece por encima del castigo y destrucción, como dice el Salmo 103: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia”.
El Año Santo de la Misericordia es una oportunidad, como dice el Papa Francisco para “redescubrir la alegría de la ternura de Dios” (Bula 24). Para ello tenemos que reconocer con humildad cómo somos y cuán necesitados estamos de la misericordia de Dios. Pero ese reconocimiento tiene que llevarnos a que en adelante actuemos con “sabiduría” (v.8), es decir, de acuerdo con nuestro ser cristianos. Con el Salmo 51, debemos de pedir: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame con espíritu firme. No me arrojes de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (vv.12-14). Solamente reconociendo nuestros pecados y la necesidad que tenemos de la misericordia divina, será posible lograr el cambio y la conversión que necesitamos para así “redescubrir la alegría de la ternura de Dios” (Bula 24).
Practicar la misericordia
La misericordia no es una virtud teórica que se mantiene en los límites del sentimentalismo, afectos internos y oraciones, al contrario, es profundamente práctica. El reconocimiento de nuestra situación personal ante Dios nos lleva a que, como David, digamos: “Enseñaré a los malvados tus caminos… mi boca proclamará tu alabanza” (vv. 15.17). Es la ocasión de volver a Él, como Él desea que volvamos: “El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, no lo desprecias” (v. 19). Es decir, experimentar la misericordia tiene que llevarnos a que otros también la experimenten. Esto solo se logrará con una vida de misión y evangelización que haga volver a quienes andan por malos caminos, volver a Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida.
Algo que debemos de tener en cuenta es cómo quiere Dios que practiquemos la misericordia y evangelicemos para que otros la experimenten y practiquen. El evangelio de San Mateo lo indica cuando presenta el criterio decisivo del juicio divino, la actitud ante el prójimo necesitado: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,35-36). Y el Papa Francisco actualiza estas palabras diciendo: “No caigamos en le indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio… Que su grito se vuelva el nuestro” (Bula, 15).
Estas palabras son suficientes para indicarnos qué tenemos que hacer, cómo actuar para que de veras este Jubileo de la Misericordia alcance su objetivo: “Ser nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre” (Bula 3). Entenderlo de otra forma es distorsionar las razones que lo han motivado y engañarnos a nosotros mismos con algo que quizá nos tranquilice pero que no está dentro de lo que nuestra fe cristiana entiende por “misericordia”.Padre Ángel García-Zamorano