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Reflexiones

Donde haya ofensa, ponga yo perdón

  • 12 marzo, 201527 julio, 2020
  • by svsl

Es imposible vivir la vida sin que en algún momento recibamos una ofensa, el problema por lo tanto no es saber si vamos o no a ser objeto de ofensa, sino más bien como asimilamos y respondemos ante todo lo que recibimos a lo largo de nuestra existencia.

Guardar rencor, resentimiento, odio y deseos de venganza, no solo nos aparta de la voluntad Divina, nos roba la paz interna conmigo mismo y con los demás, sino que además nos llena de amargura, robándonos la verdadera felicidad.

Alimentar el deseo de venganza y vengarnos, solo complica y daña nuestras relaciones, es causante de muchas heridas, convirtiéndose en un espiral, en la que nos vamos a seguir agrediendo y haciéndonos mucho daño.

En la Sagrada Escritura encontramos un hermoso ejemplo de lo que es saber perdonar y cómo realizarlo. Gn 37, 2-28 nos presenta la historia de José, hijo de Jacob, que ha de crecer entre el amor del padre y el odio de sus hermanos. -Como a nosotros nos ha tocado crecer y vivir-. El relato bíblico nos indica que a José le aborrecen, le cortan el habla, no lo saludan, le tienen envidia, lo odian y conspiran contra él para matarlo. ¿Cuántos no hemos vivido lo mismo? Al final no lo matan, pero lo venden como si fuera un esclavo a unos mercaderes madianitas que lo llevan rumbo a Egipto. José tenía 17 años cuando le ocurre esto. De allí en adelante pasaran 13 años, que los vivirá como esclavo y como preso, por un delito que no cometió.

Esto sería suficiente para vivir amargado y respirar odios y amenazas contra sus hermanos que le han arruinado los mejores años de su vida; sin embargo, esto no sucede porque Dios estaba con él, y porque la actitud de José es otra. En el proyecto de Dios estaba que interpretara los sueños del Faraón, quien le nombraría administrador de Egipto. Vendrán primero siete años de bonanza y al empezar los siete años de hambruna, sus hermanos suben a Egipto en busca de alimento, encontrándose con José, que se da a conocer, (Gn 45,4-15).

José decide perdonar, abrazar, llorar… se libera y libera a sus hermanos. No hay rencor en su corazón que está lleno de Dios y lleno de amor. La clave para ser feliz, es perdonar toda ofensa y para esto ayuda mucho reconocer que detrás del mal que los demás han tratado de hacernos, hay un plan mejor que es el de Dios.

Al igual que José nosotros también somos llamados a salvar vidas, estamos llamados a ser bendición para los demás, incluso para los que nos han hecho daño. Si tan solo nosotros comprendiéramos que detrás de un mal hay un bien y que todo tiene un propósito Divino que va más allá de toda circunstancia de la vida. “sabemos que de todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman”. (Rom 8.28)

José lleva a toda su familia a Egipto, pero al morir Jacob sus hermanos creyeron que ahora si tomaría venganza; sin embargo la escritura nos dice lo siguiente: “Les contestó José: –Aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir, como hoy ocurre, a un pueblo numeroso. Así que no temáis; yo os mantendré a vosotros y a vuestros pequeñuelos–, y los consoló y les habló con afecto.¨” ( Gn 50, 20-21. )

José reitera su perdón y nuevamente reconoce que todo es para bien, pero lo extraordinario y la gran enseñanza para que nosotros imitemos hoy, siendo un signo claro de que ha habido perdón es:
• Les demostró que no debían tener miedo, ni tenerle miedo a él
• Prometió proveerlas y cuidarles
• Les dio consuelo
• Les habló con afecto

Esta es la muestra real que se ha perdonado, cuando se restituye totalmente la relación y se hace lo mejor para el bienestar de los que nos han ofendido. “Sin devolver a nadie mal por mal: procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible. Y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres…antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre dale de comer; y si tiene sed, dale de beber…No te dejes vencer por el mal; vence al mal con el bien”. (Rm 12, 17-21)

El perdón es una decisión que debemos tomar. Va más allá de las emociones, no debemos esperar a “sentir” el deseo de perdonar, sino en obediencia a lo dicho por El Señor, ¡hacerlo! y setenta veces siete, es decir siempre y hacerlo de todo corazón.

Por supuesto que esto es algo sobrenatural, y por eso necesitamos la ayuda de Jesús, el Poder y la fuerza del Espíritu Santo. ¡Todo lo puedo en Cristo!

Hermano Pedro Guzmán
Guatemala
Oración
Señor, te alaba y te bendigo porque eres un Dios misericordioso, que perdona mis culpas y no las recuerdas más, gracias Señor, te pido que cuando alguien me ofenda, cuando alguien me insulte, cuando alguien me haga enojar, pueda yo perdonar y no desear tomar venganza ni guardar rencor en mi corazón. Por favor, ayúdame a pasar por alto cualquier ofensa o insulto; enséñame Señor a perdonar. Se que yo no puedo hacer esto sola, por eso te pido que envíes tu Espíritu Santo a mi vida para que pueda perdonar a quienes me ofenden así como tu me perdonas. Te lo pido en el nombre poderoso de Jesús con intercesión de María nuestra madre. Amén.

Reflexiones

Hazme un instrumento de tu paz

  • 12 marzo, 201527 julio, 2020
  • by svsl

La vida querida amiga, cobra sentido y razón de ser cuando se comprende como servicio, como donación de sí misma. La persona que por el contrario se cierra en sí misma, se atiende exagerada y petulantemente, va perdiendo brillo, encanto, pues no busca dar, sino solamente recibir; y esto surge de perder de vista que nuestra existencia se plenifica en la medida que otorga y da. Es como el ejemplo del agua, aquella que corre, como los ríos, da vida, siempre corre, se da; por el contrario el agua que se encierra, se estanca, huele mal genera insectos nocivos, se forman los pantanos ,etc. Que tu vida sea un constante donarse y generará vida, pero si te encierras morirás en vida.

Hoy estás invitada a ponerte en las manos de Dios y dejar que Él, genere un cambio en ti, de tal manera que te conviertas en su instrumento, en un canal, en una facilitadora de su acción creadora, redentora, sanadora y hacer solamente su voluntad.

Cambio es siempre un proceso, es un esfuerzo de cada día, porque mi vida no genere discordia, confrontación, sino paz, que toda mi existencia propicie esperanza, ilusión, ganas de vivir, entusiasmo a quienes me encuentren. También conversión es salir de la obscuridad del pecado, es caminar en la luz y la gracia de Dios; además es afirmar las manos vacilantes, los pies debilitados, para que estén apoyados siempre en nuestro buen Jesús.

La conversión es un proceso para dejar el pecado, la obscuridad, y hacer un proceso, un camino, para que alejánndonos de las tinieblas caminemos hacia la luz gratificante, profunda, mararavillosa y dulce de aquel que nos ama profundamente, y espera que seamos parte de los suyos, que nuestras vidas no se pierdan ni desvíen sino que sean plenas y verdaderas.

También la conversión es liberación, dejar de ser esclavo del pecado, de ataduras espirituales y experimentar la libertad de los hijos de Dios.

Vamos hermana mía, hija de Dios, experimenta lo bello de ser libre, de no estar atada, la vida nueva que en Cristo, Dios te ha preparado.

Padre Manuel Armando Abac
Guatemala

Oración
Señor hazme un instrumento de tu paz, que en la convivencia con mi familia, mis amigos, mi trabajo y en todo lugar, tu rostro se refleje en mí y pueda experimentar y fomentar la paz y la concordia. Ayúdame Señor en cuanto a mí dependa, a vivir en paz con todos. Que esa paz que viene de tí, la paz que sobrepasa todo entendimiento y que el mundo no nos puede dar, protega mi corazón y pensamientos por medio de Cristo Jesús. Ayúdame Señor a que mi alma sea noble, valiente y generosa y hacer vida la palabra para que a través de mis acciones te dé gloria Señor, te lo pido en el dulce nombre de tu hijo Jesús con la intercesión de nuestra madre la dulce Vírgen María.Amén.

Reflexiones

Donde haya discordia, ponga yo armonía

  • 12 marzo, 201527 julio, 2020
  • by svsl

En una oportunidad pude asistir a un bello concierto musical, era algo hermoso, realmente agradable, impresionante, sentía que mi corazón vibraba con las notas. Aún sin saber la letra, la música lograba penetrar todos mis sentidos. Realmente era sorprendente ver y escuchar como un sin número de instrumentos de diferentes tipos: viento, caja, percusión, cuerdas y voces humanas, siendo tan diferentes en forma y en sonido, lograban encajar perfectamente. Pensaba al escuchar ¡qué hermoso sonido!, ¿cómo lo hacen tan perfecto y al unísono?, ¡cómo cambian al escucharlos en conjunto!… sin duda no es igual al escucharlos por separado.

Es aquí donde la palabra de Dios recobra vida, pues el samol 133,1 dice: “Qué agradable y delicioso es que los hermanos vivan unidos, en armonía”. Definitivamente Dios nos ha hecho así: únicos, diferentes e irrepetibles, para que cada uno de nosotros con su propia forma de ser, brindemos lo mejor de sí, con nuestras luces y nuestras sombras, dando así un toque especial en el entorno donde nos desarrollamos.

Pero, ¿qué pasaría si uno de los instrumentos en el concierto decide no participar, no emitir su sonido? Algo faltaría, no sería la misma melodía; o si decidiera tocar cuando él quisiera y no seguir la partitura de la melodía… ¡qué desastre!. Entonces no habría armonía, sino habría discordia.

De igual manera en tu familia y en el lugar donde te desenvuelves, no puedes aislarte y pretender que por heridas pasadas o fracasos, decidas apartarte y no vivir el mejor concierto, “el de tu vida”.
No basta con callar, no basta con alejarte, debes participar, tienes que hacerte escuchar, te necesitamos, la vida no es la misma, porque haces falta tú.

Si en algún momento has pensado que tu forma de ser no es la más agradable para las demás personas, hoy quiero decirte que no es así, pues tu sonido (al igual que el de cada instrumento de la orquesta) es único, bello y necesario; solamente eres diferente, pero todos lo somos, y en eso está la riqueza.

Tampoco pretendas cambiar a todos los que están a tu alrededor, los necesitamos así como son, diferentes, con su propio sonido. Con la ayuda de Dios, el director de nuestra orquesta, y la fuerza del Espíritu Santo, lograremos formar la más hermosa melodía, por aquel que todo lo sabe, y todo lo puede; sólo tenemos que dejarnos en sus manos. Él hará de cada uno de nosotros un acorde hermoso en la partidura del amor y la unidad, y estaremos en armonía, cada uno en su lugar, cada uno entonando un sonido, haciendo lo que nos corresponde, viviendo en bendición como dice el Sal 133, 3 “Allí envía el Señor la bendición, la vida para siempre”.

El reto consistirá, en que cada uno podamos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, (Lv 19,18). Sólo al amar lograremos valorar, respetar a cada persona, y de esta manera vivir en armonía.

Es tiempo de hacer un alto, de empezar un cambio en nuestras vidas, de querer colaborar con Dios, de tal manera que las palabras de San Francisco se hagan presente en nuestras vidas, donde haya discordia ponga yo armonía, tratando de animar, alentar y fomentar la armonía donde nosotros estamos. Entonces daremos testimonio y la gente sabrá que somos sus discípulos por el amor que ve en nosotros. (Jn 13,35)

Licda. Nancy Mazariegos de Cabrera
Guatemala

Oración
Gracias Padre porque a través de tu palabra me recuerdas que debo vivir en armonía, que es allí donde tu envías la bendición y la vida. Te pido perdón por las veces en que no me he valorado, no me he dado cuenta que soy una obra tuya, formada con un propósito único por ti, y tampoco he valorado a los demás, dame hoy la sabiduría que viene de tu Santo Espíritu para que las vendas de mis ojos sean quitadas y pueda ver tus grandezas y tus maravillas reflejadas en mi y en cada persona que me rodea. Quiero sembrar la armonía donde quiera que este y ser un instrumento tuyo, en la gran orquesta de la vida. Te lo pido en el nombre poderoso de Jesús con intercesión de María nuestra madre. Amén.

Reflexiones

Salmo 148

  • 12 marzo, 201527 julio, 2020
  • by svsl

¡Alabad a Yahveh desde los cielos, alabadle en las alturas! Es una invitación a experimentar en nuestras propias vidas una nueva dimensión: la alabanza, la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Darle la gloria a Dios, no por lo que Él hace, sino por lo que Él es. Fuimos creados para alabar a Dios, somos la alabanza de su gloria. Cuando alabamos, imitamos a María cuando entonando el Magníficat, proclama: “Bendice alma mía al Señor”, y luego: “El Todopoderoso ha hecho en mí grandes maravillas, Santo es su nombre”. Aquel que es Santo nos llama a ser como Él: Santos.
El universo entero fue creado para alabar a Dios, todas sus criaturas tienen esa misión, pero especialmente aquella que fue creada a su imagen y semejanza, su tesoro más grande: el ser humano. Y no le bastó a Dios crearnos, cuando pecamos, envió a su único Hijo para salvarnos, y luego envió su Espíritu Santo. Su misterio se sigue manifestando, se sigue revelando a nuestros corazones, y desde lo profundo de nuestro ser nace una alabanza. Necesitamos expresarla, no hay nada que se compare a esta vivencia, entramos en una comunión con nuestro Creador y Padre, con nuestro Salvador y Consolador.
Aprendemos de la Creación de Dios a alabarle, cada elemento nos inspira, nos impacta, nos invita a alabarle, la grandeza de las obras de nuestro Padre nos habla de Él, y nos cautiva, nos apasiona. Algunas personas dedican toda su vida a estudiar la grandeza de sus obras, cada disciplina que el hombre practica, cada conocimiento que alcanza, todas apuntan a alabar y bendecir al Señor por su poder al crearlas y su misericordia al revelarnos su grandeza en cada una de ellas.
Alaben el nombre del Señor, es su nombre el que alabamos, pues su nombre es su esencia, es Padre, es Protector, es Proveedor, es Salvador, Consolador, Él es todo para nosotros, lo alabamos con ternura, con pasión, con todo respeto, con admiración, recibiendo de Él todo su amor manifestado en cada detalle que nos rodea. En la naturaleza, lo percibimos con nuestros sentidos, en todas las experiencias, nada escapa a su vista, a su poder, a su voluntad. Y nuestra alabanza nace de nuestro corazón y se expresa con pensamientos, palabras, acciones: Bendeciré al Señor en todo, en todo lugar, en cada momento. Es una vida que se hace corta para alabarlo, para bendecirlo, ¡necesitamos la eternidad!
Absolutamente todo se sujeta a la voz de Dios, el universo le obedece, las galaxias en perfecto equilibrio, los astros, pero el único que bendice al Señor de manera voluntaria es el hombre, a él le dio libre albedrío, esto es lo más grande, pues los ángeles alaban al Señor, pero el hombre puede alabarlo en el sufrimiento, en la soledad en el abandono, en medio de la tristeza. Esto es lo que hace único al ser humano. Alabar y bendecir al Señor en todo tiempo, en las alturas, en las honduras. Tomamos aquel principio: estoy convencido de que nada me podrá separar del amor de Dios, ni lo alto, ni lo bajo, ni lo profundo… Alabamos al Señor como los tres jóvenes que fueron llevados al horno, y cantaban alabanzas al Señor y el Rey Nabucodonosor pudo ver, no a tres sino a cuatro, pues el Señor estaba con ellos.
¿Qué sucede cuando no bendecimos al Señor?, nos hundimos en la queja, en el desaliento, reclamamos, maldecimos y hasta blasfemamos. Nos equivocamos al tomar esta vía, pues nos lleva al abismo de la desesperación y depresión. En el país de los muertos nadie puede alabar al Señor, pues todo lo que respira le alaba. A la luz de Deuteronomio 30,15 podemos escoger la vida o la muerte, bendición o maldición. Tomar la ruta de la alabanza, de la bendición es escoger la vida, es experimentar la vida en abundancia por la cual vino Cristo y derramó su sangre. La victoria de Jesús es nuestra victoria. Cuando bendecimos el nombre del Señor, reconocemos su victoria en nuestras vidas, le entregamos nuestro pasado, presente y futuro, comenzamos a degustar lo exquisito del Cielo.
Los reyes, los ancianos, los jóvenes y los niños, alaban el nombre del Señor. Bendecimos al Señor por todas sus bendiciones, en toda condición, lo alabamos en todas las edades. Desde que somos niños el Señor nos cuida, nos guía nos protege, Él ha sido nuestro protector desde que éramos niños, alabarlo es reconocerlo, bendecirlo es colocarnos bajo su mano de autoridad, es humillarnos y reverenciar para adorar al único Dios verdadero, en la primavera de nuestras vidas como en el invierno y hasta el otoño de nuestra existencia. Es cumplir nuestra misión: Honrar a Dios y cumplir sus mandamientos, es el todo del hombre.
“Alaben el nombre de Yahveh: porque sólo su nombre es sublime, su majestad por encima de la tierra y el cielo.” Cuando entramos en la dimensión de la alabanza, nos conectamos con la fe, caminamos en fe, vivimos en fe. No ponemos nuestra confianza en lo que vemos, sino en lo que no vemos, pues lo que vemos es pasajero, y lo que no vemos es eterno. Estamos acostumbrados a escuchar alabanzas de lo que vemos: qué lindo ese carro, qué casa tan bella, qué mujer más preciosa, qué bonito ese bebé. Pero todo eso cambia, todo pasa, su belleza y esplendor se apaga, pero nosotros fuimos creados para ver más allá, para bendecir el nombre eterno de Dios, aquel cuyo nombre está sobre todo nombre, aquel cuya palabra nunca pasará.
“Él realza la frente de su pueblo, de todos sus amigos alabanza, de los hijos de Israel, pueblo de sus íntimos.” Bendecimos al Señor, porque él nos bendice, y luego nos vuelve a bendecir, y nosotros le bendecimos. Cuando nos humillamos en alabanza, Él nos levantará a su debido tiempo, podremos levantar nuestra frente, y Él hará que nuestra justicia brille como la luz de la aurora. Nos sumergimos en el mar de alabanza, nos ahogamos en su amor, en su presencia, nos deleitamos en su voz, en su gozo, vivimos en su presencia. No queremos salir de allí, como cuando los discípulos expresaron: hagamos tres chozas, quedémonos aquí en el monte. Y otros dirían: quédate con nosotros, la tarde está cayendo. Es un deseo de permanecer con Él en alabanza, en todo tiempo, en todo lugar.
En ninguna otra religión se consideran amigos de su Dios. Dios nos hace sus amigos, Jesús nos dijo: ya no los llamo siervos, los llamo amigos. Alabar a Dios es habitar con Él, Él mora en medio de la alabanza de su pueblo. De sus amigos, vivir en alabanza constante es mantener viva esa amistad, ese vínculo fuerte, firme, fiel de amistad con nuestro Dios, sentir que le pertenecemos, pero también nos pertenece. Somos sus amados, pero también Él es nuestro Amado. Recordamos la frase: no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos, nos consideró sus amigos, dio la vida por nosotros. Por eso es tan importante para Dios nuestra alabanza.
Alabar y bendecir a nuestro Dios, es entrar en intimidad, por eso la relación de Jesús con su Iglesia es como la relación del matrimonio, es una entrega total, sin límites, sin condiciones: es una entrega por amor. Cuando Jesús habló de la oración, dijo: entra en tu habitación y cierra la puerta, como los esposos en su habitación nupcial para culminar su amor, solos, en una entrega por amor. Así nos entregamos a la alabanza, somos el pueblo de sus íntimos. Nuestra alabanza sale de nuestro corazón y llega a su corazón, nos estremecemos de amor por Él, y Él a su vez se conmueve de amor por nosotros. Entramos en una intimidad única, nada se compara con nuestra relación con Dios, nadie puede conocernos como Él nos conoce, como Él nos ama.
En conclusión, al ser bautizados, somos ungidos como reyes, profetas y sacerdotes. El sacerdote es llamado a bendecir, una de las misiones fundamentales como bautizados es bendecir al Señor y a su creación. Es por eso que una de las mayores tentaciones será maldecir, quejarnos, reclamarle a Dios. Es el Espíritu Santo que nos lleva a la verdad quien nos guía para vivir en Alabanza a Nuestro Dios, bendecirle en todo tiempo y en todo lugar. Aunque la higuera no florezca, le bendeciremos, aunque venga el dolor y el sufrimiento, le bendeciremos, aunque nos venga la muerte: le bendeciremos, pues esa es nuestra misión sobre la tierra. Cada día de nuestra vida, cada parte de nuestro ser alabará y bendecirá el nombre del Señor ahora y para siempre.
José Miguel Rojas

Reflexiones

Salmo 139

  • 12 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Este es un hermoso salmo; el cual, he de confesarte, entendí y disfrute hasta que lo estudié para compartir esta reflexión contigo.
En su lectura podemos encontrar características de Dios que el salmista David había descubierto a través de su propia vida, y si hacemos nuestro este salmo, seguramente podremos experimentar lo mismo. Dios se nos presenta como poseedor de cuatro rasgos fundamentales: es omnisciente, es omnipotente, omnieficiente y, además, omnipresente.
Su omnisciencia significa que lo sabe todo, tiene el conocimiento de todo. Conoce nuestras vidas, nuestros pensamientos, sentimientos, etc. Nos conoce mejor que nosotras mismas. De ello nos hablan los primeros versículos de este salmo. Por eso, es una bendición poner nuestras vidas en las manos de quien verdaderamente nos conoce y que nos conoce porque nos ama ya que hemos sido hechas con sus propias manos. Nos tejió en el vientre de nuestra madre. Sabe y conoce cómo somos, es nuestro creador y por ello solo Él puede guiarnos.
Su omnipotencia significa que es todopoderoso. Sus obras son prodigiosas. El Dios todopoderoso está con nosotras, está de nuestro lado. Por todas partes nos rodea y sus manos nos protegen. Quienes no conocen a Dios han puesto su confianza y sus propias vidas en hombres y mujeres, los cuales son limitados y débiles. Pero quienes tenemos la bendición de conocer a Dios confiamos en Él, que todo lo puede, y para quien no hay nada imposible. ¿Por qué tienes miedo entonces? ¿Por qué te angustias y desesperas? Si Él está con nosotras quién contra nosotras.
Su omnieficiencia significa que tiene toda la capacidad para disponer de nosotras para cumplir sus proyectos. Sé que esta característica te parece extraña, a mí también me lo parecía. Dios tiene proyectos grandes y profundos para nuestra vida pero solo podrán ser una realidad en la medida en que nos pongamos en sus manos dócilmente, como el barro en manos del alfarero, para que se cumplan esos proyectos. “Oh Dios, profundos son tus proyectos, qué innumerables son todos juntos: si los cuento son más que la arena, y aunque termine, aún me quedas tú”. (Salmo 139-17)
Su omnipresencia significa que tiene el poder para estar en todas partes. “¿A dónde podré ir lejos de tu espíritu, a dónde escaparé de tu presencia?” (Salmo 139-7) . En el cielo, en el abismo, en la aurora, en el mar, en la oscuridad, en la luz, en lo profundo de nuestro ser allí está Él. La pregunta ahora es: ¿Será posible que todavía te sientas sola? Si puedes encontrarte con Él en cualquier momento y en cualquier lugar. Recuerda la anécdota de las huellas que nos dice que en esos momentos difíciles cuando parece que Él no está, es porque nos lleva en sus brazos. Dios está y está para acompañarte, animarte, fortalecerte, guiarte, escucharte y para lo que tú estés necesitando. San Pablo reconoce está omnipresencia y dice: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”. (Hechos 17, 28)

Todas esto es un misterio que excede a la inteligencia humana. San Pablo
dice que los caminos de Dios son incomprensibles (Romanos 11, 33),
pero no necesitamos razonar o tratar de entender, sino de tener fe y creer con el corazón.
Permítele al Señor examinar tu corazón, conocer tus pensamientos, mirar tu conducta y guiarte por el camino eterno.

Zeyda Griselda de Velásquez

Reflexiones

Le haré disfrutar de larga vida y le mostraré…

  • 12 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Sal 91,16

Querida amiga: este es el último versículo del salmo 91, como has podido observar es un salmo donde la motivación del autor ha sido, transmitir aquella confianza en Dios, que nos socorre y jamás nos abandona, se basa en la certeza de que nuestra vida está en sus manos.
Ya el nombre del salmo es sugestivo, “Bajo las alas divinas”, es decir, la seguridad que proviene de saberse protegido por Dios, caminar por la vida sabiendo que hay un alguien que protege, que está a nuestro lado y en quien podemos sentirnos seguros.

En concreto, este verso 16 subraya la vida actual en donde, como en la antigüedad, también el ser humano busca obtener una larga vida, pero no es el famoso deseo de la eterna juventud, sino el deseo de la abundancia de vida experimentada a plenitud, en la total serenidad de quien ha puesto su fe en el Señor y para quien, por lo tanto, la larga vida es de alegría, confianza y serenidad interior.

Mostrar la salvación no significa esperar a la muerte para que el alma sea salvada, claro que no, más bien implica que desde hoy la persona pueda experimentar en Cristo la salvación, si hay un sincero arrepentimiento y una clara apertura a la presencia del Señor en nuestro corazón.

Estamos en el año de la fe en toda la Iglesia y este verso expresa, precisamente, la fe en Jesús, la cual provoca la vida con optimismo a pesar de la violencia pero, además, nos lleva a experimentar la exquisita realidad de Jesús refrescando nuestras vidas, fortaleciéndonos en nuestros momentos de debilidad y permitiéndonos seguir caminando como discípulos y apóstoles en la búsqueda de una vida mejor y una sociedad más justa y fraterna.

Padre Manuel Abac

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