Reflexiones Salmo 37, 1-5 11 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl No te acalores, pensando en los malos ni envidies a los que cometen maldad. Muy pronto se marchitarán como la hierba, se secarán como el verdor de los prados. Confía en el Señor y haz el bien, habita en tu tierra y come tranquilo. Pon tu alegría en el Señor, Él te dará lo que ansió tu corazón. Encomienda al Señor tus empresas, confía en que Él lo hará bien. La bendición a Dios brota de un corazón agradecido. Un corazón que reconoce que el Señor ha sido bondadoso con él, rebosa de palabras hermosas para su creador y no cesa de contar sus maravillas. Un corazón que explora dentro y fuera de sí y concluye que tiene muchas razones para estar contento, espontáneamente elevará su voz al cielo para bendecir a quién le formó. Este es el razonamiento del salmista. Dirige sus palabras hacia aquellos que no disfrutan lo que son y poseen por estar viendo lo que otros viven y tienen, más aún si dicho bienestar es fruto del delito o el mal obrar. El escritor sagrado invita a no envidiar a otros, que no es otra cosa que aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas. La Real Academia de la Lengua Española, RAE, la ha definido a la envidia como la tristeza o pesar por el bien ajeno, o como el deseo de algo que no se posee. Este salmo desarrolla la enseñanza de los sabios de Israel: ni el poder ni la riqueza dan acceso a la herencia que Dios promete a sus hijos: Él mismo. La bendición del Señor y, consecuentemente la felicidad, son más que eso. Entonces… ¿Qué es la felicidad? ¿Dónde se encuentra? ¿Puedo ser feliz aquí y ahora? ¿Qué necesito alcanzar o poseer para ser feliz? ¿Puedo ser feliz en la situación que estoy actualmente? ¿Qué me impide ser feliz en este momento? Buenas preguntas. Preguntas que los seres humanos nos planteamos constantemente y muchas veces no encontramos la respuesta adecuada a ellas. Veamos: ¿Está la felicidad en viajar? Hace unas semanas estaba en una de mis ciudades favoritas: Nueva York. ¡Caminar en verano por el Central Park es formidable! Ver gente corriendo, manejando bicicleta o jugando béisbol, disfrutando un clima cálido y con cierta humedad es relajante. Caminar por sus calles apreciando sus majestuosos edificios: un contraste entre lo moderno de sus edificaciones y lo barroco de iglesias como la de San Patricio, no deja de cautivar. Pasear frente a teatros y tiendas de tanto renombre para terminar la noche dando un vistazo a las calles deslumbrantes del Time Square con sus luces que fascinan, extasía. Sin embargo, siempre he pensado que los que estamos aquí (en Guatemala) queremos ir allá. Y los que están allá (tanto en Estados Unidos como en Europa y otras partes del mundo) quieren venir acá. Viajan miles de kilómetros para tomarse un café a orillas de uno de los lagos más bellos del mundo: Panajachel en Atitlán. Nosotros queremos ver sus edificios modernos y ellos quieren ver las ruinas de lo que un día fue una de las civilizaciones más importantes de la antigüedad: Tikal. Viajar es bello, pero no tiene que ser fuera o lejos… quien ama la vida disfruta el lugar dónde está. ¿Está la felicidad en tener? Una buena amiga, mujer de unos setenta años, me dijo en una ocasión “Mira,: el dinero no compra la felicidad pero ¡cómo se le parece!” me lo decía mientras sus ojos parecía que se desorbitaban. ¿Realmente está la felicidad en el tener? Podría ser el caso que una persona tenga el dinero suficiente para disfrutar ir a cualquier parte del mundo, pero no posea la libertad para hacerlo o la vista que le permita deleitarse de aquello. ¿Puede el dinero retrasar el día de nuestra partida de este mundo o comprarnos una familia? Quizás pueda pagar compañía, pero ¿puede comprarnos una buena amistad? Creo que la sociedad en que vivimos nos ha llevado a valorar más lo inmediato que lo eterno. A cambiar lo más importante que perdura en el tiempo, por lo trivial y vano. De hecho, ciertos programas de televisión enaltecen a aquellos que acumulan riquezas de forma mal habida. Quizás por eso el mismo escritor en este salmo meditaba: Al que es justo le va mejor con poco, que al malvado con toda su riqueza. (16) El Señor cuida los días de los buenos, su herencia será eterna.(18) Si el bueno cae, no se queda en tierra, porque el Señor lo tiene de la mano.(24)e Fui joven y ahora soy viejo, pero nunca vi a un justo abandonado.(25) Porque el Señor ama lo que es justo y no abandona jamás a sus amigos.(28) La salvación de los justos viene del Señor, Él es su refugio en tiempos de angustia.(39) El Señor los ayuda y los libera, salva a cuantos confiaron en Él.(40) Ahora pregúntate: ¿Cambiarías un plato de comida sencillo, llevado a tu mesa con tranquilidad, por uno más suculento y sofisticado pero con afanes, culpas y cargos de conciencia? Si tuvieras la oportunidad de escoger ¿Escogerías una herencia que termine cuando mueras o preferirías una que no inicie ahora pero que nunca tenga fin? Muchas veces no nos detenemos a meditar si es preferible una casa grande con muchos cuartos, con una sala inmensa y muebles escogidos por diseñador, pero con la única compañía del eco de tu propia voz o una casa más modesta y pequeña pero con la compañía de un cónyuge que te ama y unos hijos que llenan de alegría el hogar. A veces esto ya lo tenemos y no lo disfrutamos por estar pendientes de aquello otro. No digo que no puedas tener ambas o que te conformes, pero creo que Pablo acertó cuando puntualizó: “…He aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Cf Fil 4, 11-13) Pon atención que no dice: He aprendido a “conformarme” sino más bien a “contentarme”. Un corazón contento es agradecido, y un corazón agradecido no puede hacer otra cosa que bendecir a Dios. Reconocer que el mayor bien que podemos poseer esDios, porque Él es la fuente principal a la que apela el salmista cuando nos exhorta a no envidiar a nadie, y menos a los malvados, y también nos conduce a reconocer que es mejor ser llamados amigos de Dios y ser guardados por Él en los días difíciles, que “disfrutar” de riquezas mal habidas. Marlon Cardona
Reflexiones Salmo 32 11 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl En todos los momentos históricos que ha tenido que vivir la humanidad, siempre ha habido distractores que inquietan el corazón de los hombres, para alejarlos de la vocación que Dios les ha dado y para entretenerlos en quehaceres pasajeros. Los primeros versículos del salmo nos plantean una verdad clara y que muchos no hemos descubierto en nuestra vida. ¿Cuál es esa verdad? Es que hemos sido creados para alabar a Dios. Existe una vocación de todo ser humano: llegar a ser santos. Este es el deseo más grande de Dios: que estemos a su lado, sin culpa ni mancha (Ef 1, 5…). Quienes descubren esta realidad han encontrado un gran tesoro en su vida, y estarán dispuestos a venderlo todo para adquirir este bien tan preciado. De eso se lamentaba san Agustín en su adultez, después de su conversión: “Tarde te conocí, Señor, tarde te conocí”. O como decía san Francisco de Asís, gritando por todas las calles de su ciudad: “¡El amor no es amado, el Amor no es amado!”. Este descubrimiento produce “locuras” en los hombres y mujeres, les hace menospreciar todo lo que el mundo les ofrece, como decía san Pablo: “El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gál 6, 14). Pero, ¿por qué alabarlo? Por su omnipotencia, por su omnipresencia. Los israelitas habían conocido otros dioses al tener contacto con las grandes culturas de su tiempo: los egipcios, los mesopotámicos, los griegos, los romanos… Todos tenían sus propios dioses, pero ninguno de ellos tenía el poder de salvar, de crear, de ordenar, de amar. Eran dioses inertes, creación de los hombres, tan frágiles como sus gestores. Pero, el Dios de Israel, nuestro Dios, con su palabra pudo hacer toda la creación, lo visible y lo invisible, lo grande y lo pequeño, y todo lo puso en su lugar, y toda la creación es manifestación de la bondad y asistencia divinas. La misma creación puede hablarnos de su creador, de su esencia, de su amor, ¿cómo resistirnos a la alabanza, al reconocimiento de su señorío? ¿Cómo cegarnos ante estos signos visibles de la existencia de Dios? ¿Acaso no tenemos inteligencia para descubrir a Dios por su creación? Esto les reclamaba san Pablo a los romanos al perderse en sus elucubraciones adorando a sus mismas obras: “Todo aquello que podemos conocer de Dios debería ser claro para ellos: Dios mismo se lo manifestó. Pues, si bien a él no lo podemos ver, lo contemplamos, por lo menos, a través de sus obras, puesto que él hizo el mundo, y por ellas entendemos que él es eterno y poderoso, que es Dios” (Rom 1, 19-20). Ciertamente que tenemos los medios naturales (inteligencia, conciencia y voluntad) para acercarnos a Dios, pero sigue siendo un don, un regalo el aceptarlo como nuestro Dios y Señor. Por eso el salmista exulta: “Es feliz la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él escoge por herencia” (v. 12). El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la fe, la creencia en Dios, es una respuesta libre e inteligente. Dios nos llama, nos interpela, nos invita, pero en nosotros queda la respuesta: “Por su revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía (DV 2). La respuesta adecuada a esta invitación es la fe” (CIC 142). Para que los hombres den esta respuesta se necesita la gracia de Dios. Solos no podemos dar el paso hacia lo desconocido, hemos de contar con la luz y la asistencia del Espíritu de Dios para decir sí, para responder espontánea y generosamente a Dios. En una sociedad como la nuestra, donde las esperanzas están puestas en el dinero, el poder, la profesión, la producción… las palabras divinas que leemos en el salmo nos pueden resultar ajenas: “En el Señor nosotros esperamos… nuestro corazón se alegra en él…” Es la percepción que se tiene ahora. Creer en Dios nos resulta una idea anticuada, desalineada, desentonada con los nuevos planteamientos del mundo. Así nos hace la reflexión la última encíclica papal: “Sin embargo, al hablar de la fe como luz, podemos oír la objeción de muchos contemporáneos nuestros. En la época moderna se ha pensado que esa luz podía bastar para las sociedades antiguas, pero que ya no sirve para los tiempos nuevos, para el hombre adulto, ufano de su razón, ávido de explorar el futuro de una nueva forma” (LF 2). Pero no es Dios el que ha perdido la fuerza de cambio y transformación. Hemos de reconocer que somos nosotros los que hemos caído en una fe “grisácea”, insípida, mediocre. Somos nosotros los que hemos perdido el sabor, en nosotros Dios y su Palabra han caído en desuso; comulgamos con lo bueno y lo malo, con el mundo y con Dios… ¿Quién podrá pensar, entonces, que el Evangelio sigue vigente viendo nuestro actuar desalineado? Recobremos esa confianza que un día descubrimos en Dios; ese “primer amor” que un día tocó a nuestras puertas tenemos que avivarlo con urgencia, valentía e inteligencia. Hno. Francisco Pérez
Reflexiones Salmo 27 11 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl Sin duda alguna, este es un salmo que se escribe en un momento donde el autor está lleno de mucha confianza y esperanza en la vida y en el futuro. Contempla el final de su vida terrenal para entrar a la vida verdadera y por eso la expresión más hermosa que se puede resaltar en él es: “ Es tu rostro, Señor, lo que yo busco” “es la bondad del Señor la que espero ver donde moran los vivos” . Es un salmo en donde el Rey David expresa la gratitud que hay en lo profundo de su corazón y exalta al Señor por la salud que tiene, por la protección, el amparo, la fuerza tan amorosa y la seguridad y confianza que tiene en Él, siente su amor y por ello afirma: ¿ante quién puedo yo temblar? Quiero invitar en esta oportunidad a todas nuestras hermanas a confiar en el Señor a pesar de la situación que pudieran estar viviendo, y a preguntarse, como leí en algún libro, ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente que es buena? En esa lectura encontré una palabra clave: inconformidad. Y es que queremos estar donde no estamos, tener lo que no tenemos y ser lo que no somos, siempre la búsqueda hacia Dios, va con quejas y desamparos por vivir en soledad. Sin embargo, este salmo nos va a enseñar a sentirnos como unos polluelos bajo las alas de mamá gallina cuando se ven atacados por un gavilán. Cuando tienes a Dios no puedes sentirte ni sola, ni abandonada y la expresión más sensata para una mujer cristiana sería: Si mi padre o mi madre me abandonara siempre me sentiré acogida por mi Señor (Sal. 27,11). Entonces, a las cosas malas podríamos cambiarles de nombre y decir únicamente “son pruebas”. Recordemos que seremos probados como el crisol, como el oro puro, somos los que debemos pasar por el horno para comprobar que verdaderamente permanecemos fieles al señor y esas pruebas al final nos harán merecedoras de gozar en la casa de Dios “Una cosa al Señor, sólo le pido, la cosa que yo busco es habitar en la casa del Señor mientras dure mi vida, que yo pueda gozar de su dulzura y contemplar su templo”. Porque Él me dará asilo en su cabaña en día de desgracia; me guarda en el secreto de su tienda, me alza sobre la roca. (Sal 27,4) Esta expresión nos lleva a recordar aquel pasaje tan triste que tuvo que vivir el rey David ante la traición de su propio hijo: haberse vuelto su rival, haber puesto todo un ejército hasta volverse su enemigo. imagino qué dolor pudo haber sentido al tener que defenderse de él, haberse sentido perseguido y haber guardando en su corazón el verdadero sentimiento de amor como padre, tener que estar en un mundo de guerra y guardar en su corazón ese sentimiento de padre y la esperanza de volver a ver a su hijo. Arrodillándose delante del rey, Ajimás le dijo: “Oh rey, bendigamos a Yavé, tu Dios, porque destruyó a los que se rebelaban contra ti.” David preguntó: “¿Está bien el joven Absalón?” llegó otro mensajero, el cusita, diciendo: “Oh mi rey, ¡buenas noticias! Yavé te hizo justicia y te libró de todos tus enemigos.” David le preguntó: “¿Cómo está el joven Absalón? El cusita contestó: “Que tengan la suerte de ese joven todos los enemigos de mi señor, el rey”. (2da. Samuel 18,28-32 19,6-8 ) Todo este pasaje refleja una victoria y a la vez una tristeza, porque si recordamos, Absalón su enemigo, era su propio hijo y la noticia aunque le trajo el llanto la debía vivir como una alegría, ¿sabes quién lo trajo a la reflexión?…. Joab cuando le dijo: “Hoy llenas de vergüenza a todos los que lucharon por ti, hoy has mostrado lo poco que te importan tus soldados. Por ello, levántate, sal y agradece a tus soldados, que si no sales, te juro por Yavé que esta misma noche no te quedará ningún soldado y será la peor de tus desgracias y te quedarás solo, por ello, levántate, sal y agradece.” ¿Qué te dice a ti? Claro está, si el Señor libró e hizo triunfar al Rey David a pesar de su infidelidad, atendiendo su arrepentimiento, protegiéndolo hasta de la persona más cercana que se volvió contra él, cómo no te va a proteger a ti. ¿Cuál debería ser nuestra actitud? Cantar, danzar, alabar a Dios por todo lo que ha hecho por nosotras y no aferrarnos a nada más que saber que Él será nuestro protector y que solo en Él nos podemos refugiar. Mientras llegamos a su morada y vemos su rostro, estará guardándonos de nuestros enemigos. Amén Betty Fajardo
Reflexiones Bendeciré e invocaré al Señor en todo momento 11 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl Salmo 25 Dentro de los libros del Antiguo Testamento, encontramos el de los Salmos con una riqueza sin igual. Se compone de himnos que cantan diversas situaciones del religioso israelita que se mira como el ser que sin Dios no es nada. Son grandes oraciones de forma individual y comunitaria que expresan las diferentes realidades humanas vividas desde la fe en un Dios Liberador y lleno de misericordia. El salmo 25 es una de esas oraciones que podemos considerar como una súplica individual, donde se expresa la necesidad del hombre de encontrar sentido a lo que le sucede, a sus grades ideales de tener las cualidades de Dios en sus caminos y tareas. Se le pide rectitud e iluminación para escoger el camino más adecuado. Veamos lo que concretamente dice esta oración. Digamos en primer lugar que la vida el hombre o de la mujer experimenta caminos que al parecer no tienen salida. Momentos donde las personas se sienten quebrantadas por la desgracia o por el peso de sus pecados. El que tiene fe encuentra siempre una salida y esa salida es Dios. Un Dios que para este Salmo 25, es un Dios que se puede definir como: mi Dios, el que conduce y muestra los caminos. Es un Dios guía, un Dios que es Salvador, compasivo y generoso. Un Dios que no se recuerda o no lleva lista de nuestros delitos: es bueno y recto. Un Dios que está con los sencillos y humildes: es amor y lealtad. Es un Dios que defiende la vida y libra de la muerte. Un Dios de integridad y rectitud. Así es Dios. Este salmo, además de darnos toda esta riqueza sobre cómo ve a Dios, nos regala cómo se ve el ser humano. Ante todo nos dice que su confianza la tiene en Él: “en ti, Señor, he puesto mi confianza”. El ser humano es un buscador de Dios, un buscador con sinceridad y no con mentira. Un buscador de cuáles son los caminos del Señor: “haz, Señor, que conozca tus caminos, muéstrame tus senderos”. Se sabe pecador y pequeño, pero merecedor del amor de Dios. Y es una unidad con Dios perseverando en todo tiempo: “Mis ojos nunca se apartarán del Señor, pues Él saca mis pies de la trampa”. Ante la soledad y la invalidez siente la compasión de Dios. Es tal la confianza que le dice a su Dios: “Afloja lo que aprieta mi corazón y hazme salir de mis angustias”. Termina el salmo elevando esta angustia y petición a todo el pueblo de Israel: “Oh Dios, redime a Israel de todas sus angustias”. Después de describir toda la riqueza del Dios que nos muestra el salmo, y habiendo conocido cómo se ve el hombre frete a ese Dios, podemos hacer una reflexión para todas y todos los que tenemos una fe en el Dios liberador y misericordioso que nos ha dado a conocer Jesús de Nazaret. Vivimos ahora situaciones muy parecidas en nuestro siglo XXI. Muchas angustias que superan nuestra paciencia y tranquilidad. Por ello, desde la fe somos invitadas e invitados a postrarnos ante ese Dios Padre lleno de amor, lleno de cercanía, lleno de bondad y misericordia que ha bajado para compartir nuestros dolores. Él nos entiende, Él nos comprende, porque Él se ha hecho uno con nosotros. Podemos hablarle como a un Padre, como a un amigo y decirle el sufrimiento que llevamos dentro: Señor afloja mi corazón para que todas esas angustias: dolor, violencia, injusticia, muerte, violación, odio rencor, envidia, deseos de venganza, toda maldad, se aflojen en mi corazón y pueda vivir como una persona liberada y apasionada por la vida. Es toda una postura donde le pido al señor mi conversión y su ayuda. No pido por la conversión del otro sino por la mía. Y, lo más curioso en el camino de la fe, es que cuando yo cambio, cuando yo vivo en paz y en armonía con todo, siento que hasta los demás han cambiado, hay serenidad para el dialogo y mantengo la felicidad que viene de dentro, de sentirme una persona nueva y liberada, porque Él, ha aflojado la dureza o lo apretado de mi corazón. Y, cuando decimos el corazón, decimos toda la persona: cundo yo mujer o yo hombre he aflojado la dureza o lo cerrado de mi mente, corazón, alma, cuerpo. Todo el ser humano se vuelve otro. La mujer y el hombre tienen ahora los mismos sentimientos de Cristo. Si esto es un gran desafío para todos, creo que para la mujer que en la actualidad sufre mucho,, esta oración, puesta en práctica y dejándose moldear por el Señor, sí la lleva a ser una mujer liberada y liberadora, llena de paciencia y de paz, muy clara de su vida y con criterio propio para todo. “Afloja lo que aprieta mi corazón y hazme salir de mis angustias” (Sal 25, 17). Fr. Carlos René Portillo ofm.
Reflexiones Cántico de Victoria (32-51) 11 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl Sentirnos victoriosos no significa que todo sale bien, sino que superamos con actitud de esperanza y fe lo que resulta mal. La victoria nos viene del Señor, es Él quien nos fortalece, nos enriquece con los dones necesarios para salir adelante de las adversidades, pues así afirma el verso 33: “El Dios que me ciñe de fuerza y hace mi conducta irreprochable”. Quien mejor puede equiparnos con fuerza y fortaleza, es el Señor, es más, este es uno de los dones del Espíritu Santo, por ello, nuestra vida que frecuenta los sacramentos, se renueva con el don de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Cómo poder vencer la tristeza, la depresión, la angustia, la zozobra, si no es por la fuerza que viene del Señor, nos equipa de tal manera que somos más que vencedores. Nuestro verdadero enemigo y agresor es el mal, el pecado, las tentaciones, a ellos se refiere el Señor cuando dice: “… somete bajo mi pie a mis agresores, pone en fuga a mis enemigos…”(verso 40 y 41). Victoria significa lograr poner en fuga, expulsar todo tipo de negatividad, de pesimismo, de venganza, odio y rencor, para que habite en nuestro corazón el reconfortante sentimiento de perdón, bondad y paz. La mayor lucha está al interno del corazón de cada hombre, y es allí donde se dan las más grandes victorias, derrotando al mal, para que prevalezca el bien. Por lo tanto, de Dios me viene la fuerza que me impide rendirme, quebrarme, la victoria cristiana, es seguir de pie cuando todo se derrumba, como María, vence al seguir de pie al lado de su hijo aunque Él muere en la cruz, es allí la auténtica victoria, pues en la cruz aparentemente todo terminaba, pero al contrario, todo iniciaba; en ese lugar de suplicio, Jesús no era derrotado sino que Él derrotaba al pecado y a la muerte. La victoria es mantener la paz cuando todos están en guerra, es perdonar cuando todos planean venganza, es abrazar cuando todos rechazan, es vida cuando todo grita muerte, es levantar la bandera de la paz, cuando todos levantan la espada, es acariciar cuando todos hieren. Todas como un ejército del bien, iniciemos la victoria del amor por encima del odio y cambiemos juntos esta sociedad derrotada por el pecado en una sociedad victoriosa, en la civilización del amor. P. Manuel Abac
Reflexiones Acción de gracias (5-28) 11 marzo, 20154 agosto, 2020 by svsl SALMO 18 La palabra Eucaristía, viene del griego y significa “acción de gracias”. En este salmo encontramos esa actitud de agradecimiento a Dios, porque como dice el verso 7, en mi angustia grité a Yahveh y escuchó mi voz. Una de las actitudes de toda cristiana, de toda mujer creyente es la alabanza por medio de la gratitud, estar consciente de tantas cosas que nos concede nuestro buen Dios, pues aquella mujer no creyente siempre se amarga por lo que no tiene, está reclamando, protestando, insatisfecha, pesimista y llena de amargura, a tal punto que no es capaz de ver lo que Dio sí le concede, dice aquella famosa frase. “no llores tanto porque se fue el sol, pues las lágrimas pueda ser que no te permitan ver las estrellas”. No llorar porque este día no tengo vehículo, sino agradecer que tengo pies, no reclamar porque estoy muy cansado por mi trabajo, si no agradecer que tengo trabajo, no protestar por la lata que me dan los hijos, si no agradecer la gracia de ser madre, no irritarse porque hay que barrer, limpiar y trapear, sino agradecer por tener un hogar. La gratitud es reconocer la acción de Dios en mi favor, no siempre librándome del mal, sino haciéndome capaz de superarlo, como dice el verso 17: “Lanzó su mano de lo alto y me agarró para sacarme de las aguas caudalosas”. En efecto, las aguas caudalosas son aquellas dificultades en que corremos el riesgo de hundirnos, consideramos que no podemos salir, enfermedades, divorcio, rebeldía de los hijos, traición, humillación, etc., pero la frase del salmo es clara, “me agarró para sacarme”, ya sea que me libre del mal, que me saque del temor para enfrentarlo, o que me saque de la angustia de afrontarlo, siempre su acción es externa al evitar el mal, o interna a fin de fortalecerme para superarlo. La invitación, querida amiga, es a dejarte tomar por el Señor, pues Él te lleva a la serenidad, a la paz, a la firmeza, a la estabilidad, al reinado de una vida llena de su luz. Si al leer estas líneas tú también sientes que te hundes, te invito a cerrar tus ojos y repetir varias veces esa hermosa frase que hoy se nos revela en esta oración hecha salmo: “me agarró para sacarme”. Hay tanto para ser agradecidos, porque aquí también se muestra la capacidad de aceptar lo que no se tiene y expresar con nuestros actos que estamos en armonía y paz con lo que Dios nos permite y concede. P. Manuel Abac