Salmo 25
Dentro de los libros del Antiguo Testamento, encontramos el de los Salmos con una riqueza sin igual. Se compone de himnos que cantan diversas situaciones del religioso israelita que se mira como el ser que sin Dios no es nada. Son grandes oraciones de forma individual y comunitaria que expresan las diferentes realidades humanas vividas desde la fe en un Dios Liberador y lleno de misericordia.
El salmo 25 es una de esas oraciones que podemos considerar como una súplica individual, donde se expresa la necesidad del hombre de encontrar sentido a lo que le sucede, a sus grades ideales de tener las cualidades de Dios en sus caminos y tareas. Se le pide rectitud e iluminación para escoger el camino más adecuado. Veamos lo que concretamente dice esta oración.
Digamos en primer lugar que la vida el hombre o de la mujer experimenta caminos que al parecer no tienen salida. Momentos donde las personas se sienten quebrantadas por la desgracia o por el peso de sus pecados. El que tiene fe encuentra siempre una salida y esa salida es Dios. Un Dios que para este Salmo 25, es un Dios que se puede definir como: mi Dios, el que conduce y muestra los caminos. Es un Dios guía, un Dios que es Salvador, compasivo y generoso. Un Dios que no se recuerda o no lleva lista de nuestros delitos: es bueno y recto. Un Dios que está con los sencillos y humildes: es amor y lealtad. Es un Dios que defiende la vida y libra de la muerte. Un Dios de integridad y rectitud. Así es Dios. Este salmo, además de darnos toda esta riqueza sobre cómo ve a Dios, nos regala cómo se ve el ser humano. Ante todo nos dice que su confianza la tiene en Él: “en ti, Señor, he puesto mi confianza”. El ser humano es un buscador de Dios, un buscador con sinceridad y no con mentira. Un buscador de cuáles son los caminos del Señor: “haz, Señor, que conozca tus caminos, muéstrame tus senderos”. Se sabe pecador y pequeño, pero merecedor del amor de Dios. Y es una unidad con Dios perseverando en todo tiempo: “Mis ojos nunca se apartarán del Señor, pues Él saca mis pies de la trampa”. Ante la soledad y la invalidez siente la compasión de Dios. Es tal la confianza que le dice a su Dios: “Afloja lo que aprieta mi corazón y hazme salir de mis angustias”. Termina el salmo elevando esta angustia y petición a todo el pueblo de Israel: “Oh Dios, redime a Israel de todas sus angustias”. Después de describir toda la riqueza del Dios que nos muestra el salmo, y habiendo conocido cómo se ve el hombre frete a ese Dios, podemos hacer una reflexión para todas y todos los que tenemos una fe en el Dios liberador y misericordioso que nos ha dado a conocer Jesús de Nazaret. Vivimos ahora situaciones muy parecidas en nuestro siglo XXI. Muchas angustias que superan nuestra paciencia y tranquilidad. Por ello, desde la fe somos invitadas e invitados a postrarnos ante ese Dios Padre lleno de amor, lleno de cercanía, lleno de bondad y misericordia que ha bajado para compartir nuestros dolores. Él nos entiende, Él nos comprende, porque Él se ha hecho uno con nosotros. Podemos hablarle como a un Padre, como a un amigo y decirle el sufrimiento que llevamos dentro: Señor afloja mi corazón para que todas esas angustias: dolor, violencia, injusticia, muerte, violación, odio rencor, envidia, deseos de venganza, toda maldad, se aflojen en mi corazón y pueda vivir como una persona liberada y apasionada por la vida. Es toda una postura donde le pido al señor mi conversión y su ayuda. No pido por la conversión del otro sino por la mía. Y, lo más curioso en el camino de la fe, es que cuando yo cambio, cuando yo vivo en paz y en armonía con todo, siento que hasta los demás han cambiado, hay serenidad para el dialogo y mantengo la felicidad que viene de dentro, de sentirme una persona nueva y liberada, porque Él, ha aflojado la dureza o lo apretado de mi corazón. Y, cuando decimos el corazón, decimos toda la persona: cundo yo mujer o yo hombre he aflojado la dureza o lo cerrado de mi mente, corazón, alma, cuerpo. Todo el ser humano se vuelve otro. La mujer y el hombre tienen ahora los mismos sentimientos de Cristo. Si esto es un gran desafío para todos, creo que para la mujer que en la actualidad sufre mucho,, esta oración, puesta en práctica y dejándose moldear por el Señor, sí la lleva a ser una mujer liberada y liberadora, llena de paciencia y de paz, muy clara de su vida y con criterio propio para todo. “Afloja lo que aprieta mi corazón y hazme salir de mis angustias” (Sal 25, 17).
Fr. Carlos René Portillo ofm.