En todos los momentos históricos que ha tenido que vivir la humanidad, siempre ha habido distractores que inquietan el corazón de los hombres, para alejarlos de la vocación que Dios les ha dado y para entretenerlos en quehaceres pasajeros. Los primeros versículos del salmo nos plantean una verdad clara y que muchos no hemos descubierto en nuestra vida. ¿Cuál es esa verdad? Es que hemos sido creados para alabar a Dios. Existe una vocación de todo ser humano: llegar a ser santos. Este es el deseo más grande de Dios: que estemos a su lado, sin culpa ni mancha (Ef 1, 5…). Quienes descubren esta realidad han encontrado un gran tesoro en su vida, y estarán dispuestos a venderlo todo para adquirir este bien tan preciado. De eso se lamentaba san Agustín en su adultez, después de su conversión: “Tarde te conocí, Señor, tarde te conocí”. O como decía san Francisco de Asís, gritando por todas las calles de su ciudad: “¡El amor no es amado, el Amor no es amado!”. Este descubrimiento produce “locuras” en los hombres y mujeres, les hace menospreciar todo lo que el mundo les ofrece, como decía san Pablo: “El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gál 6, 14). Pero, ¿por qué alabarlo? Por su omnipotencia, por su omnipresencia. Los israelitas habían conocido otros dioses al tener contacto con las grandes culturas de su tiempo: los egipcios, los mesopotámicos, los griegos, los romanos… Todos tenían sus propios dioses, pero ninguno de ellos tenía el poder de salvar, de crear, de ordenar, de amar. Eran dioses inertes, creación de los hombres, tan frágiles como sus gestores. Pero, el Dios de Israel, nuestro Dios, con su palabra pudo hacer toda la creación, lo visible y lo invisible, lo grande y lo pequeño, y todo lo puso en su lugar, y toda la creación es manifestación de la bondad y asistencia divinas. La misma creación puede hablarnos de su creador, de su esencia, de su amor, ¿cómo resistirnos a la alabanza, al reconocimiento de su señorío? ¿Cómo cegarnos ante estos signos visibles de la existencia de Dios? ¿Acaso no tenemos inteligencia para descubrir a Dios por su creación? Esto les reclamaba san Pablo a los romanos al perderse en sus elucubraciones adorando a sus mismas obras: “Todo aquello que podemos conocer de Dios debería ser claro para ellos: Dios mismo se lo manifestó. Pues, si bien a él no lo podemos ver, lo contemplamos, por lo menos, a través de sus obras, puesto que él hizo el mundo, y por ellas entendemos que él es eterno y poderoso, que es Dios” (Rom 1, 19-20). Ciertamente que tenemos los medios naturales (inteligencia, conciencia y voluntad) para acercarnos a Dios, pero sigue siendo un don, un regalo el aceptarlo como nuestro Dios y Señor. Por eso el salmista exulta: “Es feliz la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él escoge por herencia” (v. 12). El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la fe, la creencia en Dios, es una respuesta libre e inteligente. Dios nos llama, nos interpela, nos invita, pero en nosotros queda la respuesta: “Por su revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía (DV 2). La respuesta adecuada a esta invitación es la fe” (CIC 142). Para que los hombres den esta respuesta se necesita la gracia de Dios. Solos no podemos dar el paso hacia lo desconocido, hemos de contar con la luz y la asistencia del Espíritu de Dios para decir sí, para responder espontánea y generosamente a Dios. En una sociedad como la nuestra, donde las esperanzas están puestas en el dinero, el poder, la profesión, la producción… las palabras divinas que leemos en el salmo nos pueden resultar ajenas: “En el Señor nosotros esperamos… nuestro corazón se alegra en él…” Es la percepción que se tiene ahora. Creer en Dios nos resulta una idea anticuada, desalineada, desentonada con los nuevos planteamientos del mundo. Así nos hace la reflexión la última encíclica papal: “Sin embargo, al hablar de la fe como luz, podemos oír la objeción de muchos contemporáneos nuestros. En la época moderna se ha pensado que esa luz podía bastar para las sociedades antiguas, pero que ya no sirve para los tiempos nuevos, para el hombre adulto, ufano de su razón, ávido de explorar el futuro de una nueva forma” (LF 2). Pero no es Dios el que ha perdido la fuerza de cambio y transformación. Hemos de reconocer que somos nosotros los que hemos caído en una fe “grisácea”, insípida, mediocre. Somos nosotros los que hemos perdido el sabor, en nosotros Dios y su Palabra han caído en desuso; comulgamos con lo bueno y lo malo, con el mundo y con Dios… ¿Quién podrá pensar, entonces, que el Evangelio sigue vigente viendo nuestro actuar desalineado? Recobremos esa confianza que un día descubrimos en Dios; ese “primer amor” que un día tocó a nuestras puertas tenemos que avivarlo con urgencia, valentía e inteligencia.
Hno. Francisco Pérez