No te acalores, pensando en los malos ni envidies a los que cometen maldad. Muy pronto se marchitarán como la hierba, se secarán como el verdor de los prados. Confía en el Señor y haz el bien, habita en tu tierra y come tranquilo. Pon tu alegría en el Señor, Él te dará lo que ansió tu corazón. Encomienda al Señor tus empresas, confía en que Él lo hará bien.
La bendición a Dios brota de un corazón agradecido. Un corazón que reconoce que el Señor ha sido bondadoso con él, rebosa de palabras hermosas para su creador y no cesa de contar sus maravillas. Un corazón que explora dentro y fuera de sí y concluye que tiene muchas razones para estar contento, espontáneamente elevará su voz al cielo para bendecir a quién le formó. Este es el razonamiento del salmista. Dirige sus palabras hacia aquellos que no disfrutan lo que son y poseen por estar viendo lo que otros viven y tienen, más aún si dicho bienestar es fruto del delito o el mal obrar. El escritor sagrado invita a no envidiar a otros, que no es otra cosa que aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas. La Real Academia de la Lengua Española, RAE, la ha definido a la envidia como la tristeza o pesar por el bien ajeno, o como el deseo de algo que no se posee. Este salmo desarrolla la enseñanza de los sabios de Israel: ni el poder ni la riqueza dan acceso a la herencia que Dios promete a sus hijos: Él mismo. La bendición del Señor y, consecuentemente la felicidad, son más que eso. Entonces… ¿Qué es la felicidad? ¿Dónde se encuentra? ¿Puedo ser feliz aquí y ahora? ¿Qué necesito alcanzar o poseer para ser feliz? ¿Puedo ser feliz en la situación que estoy actualmente? ¿Qué me impide ser feliz en este momento? Buenas preguntas. Preguntas que los seres humanos nos planteamos constantemente y muchas veces no encontramos la respuesta adecuada a ellas. Veamos: ¿Está la felicidad en viajar? Hace unas semanas estaba en una de mis ciudades favoritas: Nueva York. ¡Caminar en verano por el Central Park es formidable! Ver gente corriendo, manejando bicicleta o jugando béisbol, disfrutando un clima cálido y con cierta humedad es relajante. Caminar por sus calles apreciando sus majestuosos edificios: un contraste entre lo moderno de sus edificaciones y lo barroco de iglesias como la de San Patricio, no deja de cautivar. Pasear frente a teatros y tiendas de tanto renombre para terminar la noche dando un vistazo a las calles deslumbrantes del Time Square con sus luces que fascinan, extasía. Sin embargo, siempre he pensado que los que estamos aquí (en Guatemala) queremos ir allá. Y los que están allá (tanto en Estados Unidos como en Europa y otras partes del mundo) quieren venir acá. Viajan miles de kilómetros para tomarse un café a orillas de uno de los lagos más bellos del mundo: Panajachel en Atitlán. Nosotros queremos ver sus edificios modernos y ellos quieren ver las ruinas de lo que un día fue una de las civilizaciones más importantes de la antigüedad: Tikal. Viajar es bello, pero no tiene que ser fuera o lejos… quien ama la vida disfruta el lugar dónde está. ¿Está la felicidad en tener? Una buena amiga, mujer de unos setenta años, me dijo en una ocasión “Mira,: el dinero no compra la felicidad pero ¡cómo se le parece!” me lo decía mientras sus ojos parecía que se desorbitaban. ¿Realmente está la felicidad en el tener? Podría ser el caso que una persona tenga el dinero suficiente para disfrutar ir a cualquier parte del mundo, pero no posea la libertad para hacerlo o la vista que le permita deleitarse de aquello. ¿Puede el dinero retrasar el día de nuestra partida de este mundo o comprarnos una familia? Quizás pueda pagar compañía, pero ¿puede comprarnos una buena amistad? Creo que la sociedad en que vivimos nos ha llevado a valorar más lo inmediato que lo eterno. A cambiar lo más importante que perdura en el tiempo, por lo trivial y vano. De hecho, ciertos programas de televisión enaltecen a aquellos que acumulan riquezas de forma mal habida. Quizás por eso el mismo escritor en este salmo meditaba: Al que es justo le va mejor con poco, que al malvado con toda su riqueza. (16) El Señor cuida los días de los buenos, su herencia será eterna.(18) Si el bueno cae, no se queda en tierra, porque el Señor lo tiene de la mano.(24)e Fui joven y ahora soy viejo, pero nunca vi a un justo abandonado.(25) Porque el Señor ama lo que es justo y no abandona jamás a sus amigos.(28) La salvación de los justos viene del Señor, Él es su refugio en tiempos de angustia.(39) El Señor los ayuda y los libera, salva a cuantos confiaron en Él.(40)
Ahora pregúntate: ¿Cambiarías un plato de comida sencillo, llevado a tu mesa con tranquilidad, por uno más suculento y sofisticado pero con afanes, culpas y cargos de conciencia? Si tuvieras la oportunidad de escoger ¿Escogerías una herencia que termine cuando mueras o preferirías una que no inicie ahora pero que nunca tenga fin? Muchas veces no nos detenemos a meditar si es preferible una casa grande con muchos cuartos, con una sala inmensa y muebles escogidos por diseñador, pero con la única compañía del eco de tu propia voz o una casa más modesta y pequeña pero con la compañía de un cónyuge que te ama y unos hijos que llenan de alegría el hogar. A veces esto ya lo tenemos y no lo disfrutamos por estar pendientes de aquello otro. No digo que no puedas tener ambas o que te conformes, pero creo que Pablo acertó cuando puntualizó: “…He aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Cf Fil 4, 11-13) Pon atención que no dice: He aprendido a “conformarme” sino más bien a “contentarme”. Un corazón contento es agradecido, y un corazón agradecido no puede hacer otra cosa que bendecir a Dios. Reconocer que el mayor bien que podemos poseer esDios, porque Él es la fuente principal a la que apela el salmista cuando nos exhorta a no envidiar a nadie, y menos a los malvados, y también nos conduce a reconocer que es mejor ser llamados amigos de Dios y ser guardados por Él en los días difíciles, que “disfrutar” de riquezas mal habidas.
Marlon Cardona