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Anécdotas

Señales de humo

  • 11 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

El único sobreviviente de la inundación de un barco a causa de una terrible tormenta, fue llevado por las olas a un isla completamente deshabitada. El hombre, desesperado y sin saber qué hacer,rezaba continuamente a Dios pidiendo por su rescate. Todos los días miraba hacia el horizonte en busca de algún barco, pero nunca miraba nada. Ni siquiera el indicio de una pequeña señal. Con el paso del tiempo perdió toda esperanza. Ya cansado, decidió construir una pequeña choza con ramas secas para protegerse del viento y la lluvia y, además, guardar las pocas pertenencias que conservaba.

Pero un día , mientras escarbaba en el suelo en busca de algo de comida, vio sorprendido que su pequeña choza ardía en llamas: estaba siendo consumida por el fuego con todo lo que había dentro. La desesperación fue total. Ya no podía pasarle nada peor. Todo estaba perdido. El hombre estaba derrumbado. “!Dios mío, cómo pudiste hacerme esto!”, exclamaba mientras lloraba amargamente.
Al día siguiente, muy temprano, por la mañana, al hombre le despertó el sonido de un barco que se aproximaba a la isla. ! Venían a rescatarlo! ¿Cómo supieron que estaba aquí?, pregunto a los hombres que lo rescataron. “Tuviste suerte – le contestaron-. Vimos tus señales de humo”

Anécdotas

Dar y recibir

  • 11 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Una vez un mendigo que estaba tendido al lado de la calle vio venir a lo lejos al rey con su corona y su capa. Pensó:
– “Le voy a pedir, él es un buen hombre, de seguro me dará algo”.
Cuando el rey pasó cerca, le dijo:
– “Majestad, ¿me podría, por favor, regalar una moneda?” (… aunque en su interior pensaba que él le iba a dar mucho).
El rey le miró y le respondió:
– “¿Por qué no me das algo tú? ¿Acaso no soy yo tu rey?”
El mendigo no sabía que responder y solo atinó a balbucear:
– “¡Pero, Majestad…yo no tengo nada!”.
El rey contestó:
– “¡Algo debes tener!… ¡Busca!”.
Entre asombro y enojo, el mendigo buscó entre sus cosas y vio que tenía una naranja, un bollo de pan y unos granos de arroz. Pensó que el pan y la naranja eran mucho para darlos, así que en medio de su enojo tomó cinco granos de arroz y se los dio al rey.
Complacido, él dijo:
– “¡Ves como sí tenías!”.
Y le dio cinco monedas de oro, una por cada grano de arroz.
El mendigo dijo entonces:
– “Majestad… creo que por aquí tengo otras cosas…”.
Pero el rey lo miró fijamente a los ojos y, con dulzura, le comentó:
– “Solamente de lo que me has dado de corazón, te puedo yo dar”.
Moraleja: es fácil en esta historia reconocer el acto de dar y recibir. ¿Cuántas veces en nuestras acciones, las que decimos que son de servicio, entran en juego el egoísmo y nuestros propios intereses? ¿Cuántas veces realizamos un favor solo pensando en el beneficio personal que nos reportará? Demos de corazón, sin calcular, sin sacar cuentas, sin pensar en lo que recibiremos a cambio… y la mayor ganancia será la felicidad que sentiremos al dar.

Anécdotas

Las cuatro esposas

  • 11 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Había una vez un rey que tenía cuatro esposas. Él amaba a su cuarta esposa más que a las demás y la adornaba con ricas vestiduras y la complacía con las delicadezas más finas. Solo le daba lo mejor. También amaba mucho a su tercera esposa y siempre la exhibía en los reinos vecinos. Sin embargo, temía que algún día ella se fuera con otro.

También amaba a su segunda esposa. Ella era su confidente y siempre se mostraba bondadosa, considerada y paciente con él. Cada vez que el rey tenía un problema, confiaba en ella como ayuda para salir de los tiempos difíciles. La primera esposa del rey era una compañera muy leal y había hecho grandes contribuciones para mantener tanto la riqueza como el reino del monarca. Sin embargo, él no amaba a su primera esposa y aunque ella le amaba profundamente, apenas si él se fijaba en ella. Un día, el rey enfermó y se dio cuenta de que le quedaba poco tiempo. Pensó acerca de su vida de lujo y caviló: ahora tengo cuatro esposas conmigo pero, cuando muera, estaré solo”.
Así que le preguntó a su cuarta esposa: “te he amado más que a las demás, te he dotado con las mejores vestimentas y te he cuidado con esmero. Ahora que estoy muriendo, ¿estarías dispuesta a seguirme y ser mi compañía?”
“¡Ni pensarlo!”, contestó la cuarta esposa, y se alejó sin decir más palabras. Su respuesta penetró en su corazón como un cuchillo afilado.
El entristecido monarca le preguntó a su tercera esposa:
“Te he amado toda mi vida. Ahora que estoy muriendo, ¿estarías dispuesta a seguirme y ser mi compañía?”
“!No!”, contestó su tercera esposa. “¡La vida es demasiado buena! Cuando mueras, pienso volverme a casar!”
Su corazón experimentó una fuerte sacudida y se puso frío.
Entonces preguntó a su segunda esposa: “Siempre he venido a ti por ayuda y siempre has estado allí para mí. Cuando muera, ¿estarías dispuesta a seguirme y ser mi compañía?”
“¡Lo siento, no puedo ayudarte esta vez!”, contestó la segunda esposa. “Lo más que puedo hacer por ti es enterrarte”. Su respuesta vino como un relámpago estruendoso que devastó al rey.
Entonces escuchó una voz:
“Me iré contigo y te seguiré dondequiera que tú vayas”. El rey dirigió la mirada en dirección de la voz y allí estaba su primera esposa. Se veía tan delgaducha, sufría de desnutrición.
Profundamente afectado, el monarca dijo: debí haberte atendido mejor cuando tuve la oportunidad de hacerlo!”

En realidad, todos tenemos cuatro esposas en nuestras vidas.
Nuestra cuarta esposa es nuestro cuerpo. No importa cuánto tiempo y esfuerzo invirtamos en hacerlo lucir bien, nos dejará cuando muramos.
Nuestra tercera esposa son nuestras posesiones, condición social y riqueza. Cuando muramos, irán a parar a otros.
Nuestra segunda esposa es nuestra familia y amigos. No importa cuánto nos hayan sido de apoyo a nosotros aquí, lo más que podrán hacer es acompañarnos hasta el sepulcro.
Y nuestra primera esposa es nuestra alma, frecuentemente ignorada en la búsqueda de la fortuna, el poder y los placeres del ego. Sin embargo, nuestra alma es la única que nos acompañará dondequiera que vayamos. Así que, cultívala, fortalécela y cuídala ahora! Es el regalo más grande que puedes ofrecerle al mundo. ¡Déjala brillar!

Anécdotas

El regalo sorpresa

  • 11 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Un joven muchacho estaba a punto de terminar la universidad. Le encantaban lo coches , sobre todo los deportivos, y… sabía que su padre podía comprárselo, le dijo que era lo único que quería como premio por acabar la carrera. Cada día que pasaba esperaba ansioso una señal de su padre que diera a entender que ya le había comprado el coche.

Finalmente, la mañana del día que supo que por fin había aprobado todo, el padre lo llamó y le dijo lo orgulloso que se sentía de tener un hijo tan bueno y lo mucho que lo amaba. El padre tenía en sus manos una hermosa caja que le tendió con una sonrisa. Curioso y decepcionado por el tamaño del regalo, el joven la abrió y encontró una Biblia con tapas de piel y su nombre grabado con letras de oro. El joven, enojado, le gritó a su padre diciendo: “¿Con todo el dinero que tienes y lo único que me das es esta Biblia?” y dando un portazo, se fue de casa.

Pasaron muchos años durante los cuales el joven se convirtió en un hombre de negocios con mucho éxito. Tenía una casa grande y hermosa, una mujer de la que estaba muy enamorado y dos preciosas hijas, Claro, los años también pasaron para su padre, que ya era un anciano muy enfermo. Entonces, pensó en visitarlos: no le había vuelto a ver desde el día en que terminó la universidad. Pero, el mismo día que pensaba ir a verlo, recibió una llamada: su padre había muerto y él había heredado todas sus posesiones.

Tenía que ir urgentemente a la casa de su padre para arreglar todos los trámites de la herencia. Cuando llegó, empezó a buscar documentos importantes y, en uno de los cajones, encontró la Biblia que hacía años su padre le había querido regalar. Con lágrimas en los ojos, la abrió y empezó a hojear sus paginas. Su padre, cuidadosamente, había subrayado una frase en Mateo 7.11 “ Y si vosotros siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuanto más nuestro Padre celestial dará a sus hijos aquello que le pidan.”

Mientras lo leía, un sobre cayo de la Biblia al suelo. Lo cogió, lo abrió y dentro encontró unas llaves de coche y la factura de un concesionario. En ella estaba escrita la fecha del día que terminó su carrera y la palabras “TOTALMENTE PAGADO”.

Anécdotas

La biblia y el teléfono móvil

  • 11 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Me pregunto qué pasaría si tratásemos a nuestra Biblia como tratamos a nuestro teléfono móvil.

¿Y si la lleváramos a todos lados en nuestra cartera o bolsillo?

¿Y si regresáramos a casa si se nos hubiera olvidado?

¿Y si la revisáramos varias veces al día?

¿Y si la usáramos para recibir mensajes del texto?

¿Y si la tratáramos como si no pudiésemos vivir sin ella?

¿Y si la ofreciéramos como regalo?

¿Y si la usáramos mientras viajamos?

¿Y si la usáramos en caso de emergencia?

Esto es algo para animarnos a preguntar… hmmm… ¿dónde está mi Biblia?

Ah, y una cosa más. A diferencia de nuestro teléfono móvil, no tenemos que preocuparnos de que nuestra Biblia se quede sin saldo… ¡porque Jesús ya pagó la cuenta!

La Biblia está cargada eternamente. Nunca tiene que ser recargada.

Cuando dices: “es imposible” Dios dice: todo es posible. (Lucas 18:27)

Cuando dices: “estoy muy cansado.” Dios dice:o te haré descansar. (Mateo 11:28-30)

Cuando dices: “nadie me ama en verdad.” Dios dice: Yo te amo. (Juan 3:16 y Juan 13:34)

Cuando dices: “no puedo seguir.” Dios dice: mi gracia es suficiente. (II Corintios 12:9 y Salmos 91:15)

Cuando dices: “no puedo resolver las cosas.” Dios dice: Yo dirijo tus pasos. (Proverbios 3:56)

Cuando dices: “yo no lo puedo hacer.” Dios dice: todo lo puedes hacer. (Filipenses 4:13)

Cuando dices: “yo no soy capaz.” Dios dice: Yo soy capaz. (II Corintios 9:8)

Cuando dices: “no vale la pena.” Dios dice: sí valdrá la pena. (Romanos 8:28)

Cuando dices: “no me puedo perdonar.” Dios dice: YO TE PERDONO. (I Juan 1:9 y Romanos 8:1)

Cuando dices: “no lo puedo administrar.” Dios dice: Yo supliré todo lo que necesitas. (Filipenses 4:19)

Cuando dices: “tengo miedo.” Dios dice: no te he dado un espíritu de temor. (I Timoteo 1:7)

Cuando dices: “siempre estoy preocupado y frustrado.” Dios dice: hecha tus cargas sobre mí. (I Pedro 5:7)

Cuando dices: “no tengo suficiente fe.” Dios dice: Yo le he dado a todos una medida de fe. (Romanos 12:3)

Cuando dices: “no soy suficientemente inteligente.” Dios dice: Yo te doy sabiduría. (I Corintios 1:30)

Cuando dices: “me siento muy solo.” Dios dice: nunca te dejaré, ni te desampararé. (Hebreos 13:5)

Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos, pasando delante de una caverna escuchó una voz misteriosa que salía de adentro y le decía: “Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal, después de que salgas la puerta se cerrará para siempre, por lo tanto, aprovecha la oportunidad, pero no te olvides de lo principal…”. La mujer entró en la caverna y encontró muchas riquezas. Fascinada por el oro, por las joyas, puso al bebé en el piso y empezó a juntar ansiosamente todo lo que podía, en su delantal. La voz misteriosa habló nuevamente: “Tienes solo cuatro minutos…” Agotados los cuatro minutos, la mujer cargada de oro y piedras preciosas, corrió hacia fuera de la caverna y la puerta se cerró, recordó entonces que su bebé quedó adentro y la puerta estaba cerrada para siempre… la riqueza duró poco y la desesperación toda la vida.
Lo mismo ocurre, a veces, con nosotros. Tenemos unos ochenta años para vivir en este mundo, y una voz siempre nos advierte “no te olvides de lo principal”… Y lo principal son los valores espirituales, la oración, la familia, los amigos, la vida. Pero la ganancia, la riqueza, los placeres materiales nos fascinan tanto que lo principal siempre lo dejamos de lado… Así agotamos nuestro tiempo aquí y dejamos a un lado lo esencial: “Los tesoros del alma”. El tiempo pasa; ¡la eternidad se acerca!

Anécdotas

Por veinticinco centavos

  • 11 marzo, 20154 agosto, 2020
  • by svsl

Hace años un sacerdote se mudó a Houston, Texas. Al llegar, subió en un autobús para ir al centro de la ciudad. Al sentarse, descubrió que el chofer le había dado una moneda de veintinco centavos de más en el cambio. Mientras consideraba qué hacer, pensó para sí mismo:
“¡Bah!, olvídalo, son solo veinticinco centavos. ¿Quién se va a preocupar por tan poca cantidad? Acéptalo como un regalo de Dios”.
Pero cuando llegó a su parada, se detuvo y, pensando de nuevo, decidió darle la moneda al conductor diciéndole:
“Tome, usted me dio veinticinco centavos de más”. El conductor, con una sonrisa, le respondió: “Sé que es el nuevo sacerdote del pueblo. Estaba pensando regresar a la Iglesia y quería ver qué haría usted si yo le daba cambio de más”. Se bajó el sacerdote sacudido por dentro y pensó: “¡Oh, Dios mío!, por poco te vendo por veinticinco centavos.”

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