Cuando se iba de allí, vio Jesús a un hombre que se llamaba Mateo, sentado en la oficina de impuestos, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y lo siguió.Jesús les dijo: –No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Entiendan bien qué significa: misericordia quiero y no sacrificios; porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Mt 9,9-13Ángel García-Zamorano
El Papa Francisco ha convocado el Año de la Misericordia (del 8.12.15 al 20.11.16) para que, teniendo en cuenta la misericordia con la que Dios actúa con nosotros, “también nosotros seamos signo eficaz del obrar del Padre” (MV 3). Tener en cuenta la actitud de Dios, puede hacer posible el cambio y volver a empezar de nuevo.
Quienes leen estas líneas estoy seguro de que son personas que un día sintieron que el Señor las llamaba a renovar su vida y dieron el paso. Pero la conversión cristiana no es solo el primer encuentro con el Señor, sino lo que podemos llamar “segunda conversión”, que de ordinario es más difícil y larga que la primera por dos razones: porque implica la perseverancia, virtud de ordinario desconocida en nuestro medio; y segundo, porque el seguimiento fiel de Jesús nunca ha sido fácil.
Somos muy dados a las llamaradas de tuza pero no a mantener el fuego; a desbordamos en emociones efusivas y sentimientos pasajeros que cuando pasan nos dejan vacíos, pero no a mantener la palabra “te seguiré, Señor, adondequiera que vayas” (Lc 9,57). Por eso vemos tantos cristianos y cristianas que con ocasión de un retiro, una plática, una convivencia, dicen que han encontrado al Señor, lloran, suspiran y sollozan. Cualquiera diría que se trata de la samaritana o San Agustín, pero después se olvidan de todo y llevan una vida mediocre. Como dice el Papa Francisco, son cristianos “con peros…, que no terminan de abrir el corazón a la salvación de Dios y siempre ponen condiciones. ‘Sí, pero…’. ‘Sí, sí, sí, quiero ser salvado pero por este camino…’. Y así el corazón se envenena” (24.3.15). Lo difícil es perseverar en el proceso de conversión comenzado, lo cual no se hace sin sacrificio y sin una vida cristiana seria. Esta actitud de decir “si… pero” da lugar a ser “cristianos de nombre, cristianos de salón, cristianos de recepciones, pero su vida interior no es cristiana, es mundana. Uno que se dice cristiano y vive como un mundano, aleja a los que piden ayuda a gritos a Jesús” (28.5.15). Por eso es tan importante que seamos capaces de volver a empezar cada día experimentando la misericordia de Dios con nosotros, aun en medio de nuestras dificultades y tropiezos, y a comunicarla para que también otros sientan su misericordia y vuelvan a empezar cambiando su estilo de vida.
La bula del Papa Francisco con la que convoca al Año de la Misericordia (MV), pone diversos ejemplos para que comprendamos lo que significa que Jesucristo miraba a las personas con misericordia y las posibilidades que encierra: “respondía a sus necesidades más reales”, para que ellos, a su vez, anuncien todo lo que el Señor les ha hecho y la misericordia que ha obrado con ellos (cf. Mc 5,19). Uno de estos ejemplos es Mateo. La mirada del Señor hizo posible cambiar totalmente su vida y de cobrador de impuestos y pecador público –como eran considerados entonces los que tenían ese oficio– fuera uno de los doce escogidos para estar cerca de Él y transmitirnos “el mensaje más hermoso que tiene este mundo” (EG 277). San Mateo experimentó la misericordia del Señor y esto fue suficiente para cambiar su vida y perseverar en su camino. Dice así la bula del Papa Francisco:
“También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando esta escena del evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió: miserando atque eligendo. Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema” (MV 8). La mirada de misericordia de Jesús que le elegía a pesar de sus pecados y sentirse libre de ellos, fue suficiente para cambiar su vida y volver a empezar de nuevo.
El Papa Francisco ha hecho de las palabras que San Beda pone en boca de San Mateo: “me miró con misericordia y me eligió”, el lema de su pontificado. El resultado lo vemos en la forma en que lo está desempeñando con misericordia haciendo posible el cambio en la Iglesia, abriendo sus puertas e invitando a todos a experimentar la misericordia. Sus gestos con los enfermos, los niños, los ancianos; su deseo de que los divorciados vueltos a casar se encuentren a gusto en la Iglesia y la sientan como su casa; la compasión que muestra ante las tragedias de todo género que sufre el mundo, humanas, climáticas y ecológicas, indican la fuerza de la misericordia.
Ahora queda hacer que la misericordia sea también para nosotros, como para San Mateo, una motivación para volver a empezar o renovar en profundidad nuestra vida cristiana para no ser “cristianos de salón” ni “tener el corazón envenenado”, para abrir nuevos horizontes experimentando la misericordia que el Señor ha tenido con nosotros y, en consecuencia, entrar en sintonía con Jesús asimilando sus enseñanzas, sus pensamientos y comportamientos; convirtiéndonos en personas capaces de reconciliar porque nos hemos sentido reconciliadas, de compartir con otras personas y servirlas porque el Señor ha tenido misericordia de nosotros y ha compartido su vida para que aprendamos a vivir con sentido en medio del sin-sentido que nos presenta la sociedad de hoy.
Para empezar de nuevo una vida animada por la misericordia, como San Mateo, es necesario que no nos fijemos tanto en el cumplimiento de leyes, prescripciones y normas, sino en una vida animada por la cercanía al otro y hacer el bien (llevar “salvación”, con todo lo que esta palabra implica) a los demás.
Así termina el pasaje de la vocación de San Mateo, cuando los fariseos se escandalizaban de que Jesús comía con los pecadores olvidando las prescripciones de la ley, Él respondía: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Entiendan bien qué significa: misericordia quiero y no sacrificios; porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,12-13). La observancia no cambia a las personas, las esclaviza. Solo sentirse liberados y perdonados por la misericordia que el Padre ha tenido con nosotros, como San Mateo, es fuente de renovación porque nos invita a vivir con la misma misericordia de que hemos sido objeto, especialmente con quienes más lo necesitan, los pobres y marginados de nuestra sociedad, por cualquier razón que sea, las personas que viven solas y piensan que nadie mira por ellas.
A San Mateo, la misericordia que Jesús usó con él fue capaz de transformar su vida de pecador público a apóstol, de volver a empezar dejando lo anterior atrás. Esa misma misericordia usa Jesús con nosotros y cuando la comprendamos, puede hacer que comencemos una vida más fiel de seguimiento y de servicio a quienes nos rodean, dejando la vida “mundana” atrás; de respeto a nuestra madre naturaleza con una vida más sobria y más cuidadosa del medio ambiente que “es un modo de amar, de pasar (cambiar) poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios” (LS 9).