Entonces le trajeron un paralítico tendido en una camilla, Jesús, viendo la fe que tenían dijo al paralitico: – Ánimo, hijo tus pecados te quedan perdonados. Mt 9, 2
Te has puesto a pensar ¿qué es lo peor de estar enfermo? Algunos pensarán en lo desagradables que son la medicinas y que, además, son caras; otros dirán que lo peor es el dolor que produce toda enfermedad; otros, que los problemas secundarios como faltar al trabajo y el riesgo de quedar desempleados si la enfermedad se prolonga. Todas estas respuestas son verdaderas pero lo peor que tiene que pasar una persona enferma es la soledad y el abandono. A las personas les gusta compartir con personas sanas. Los niños quieren un compañerito que salte, juegue, corra y ría; los adolescentes un amigo o amiga que vaya al cine, a las fiestas, de compras o simplemente salga a comer; los adultos quieren a un buen conversador, alguien que les escuche todos sus problemas y le proponga soluciones, incluso, que le anime a seguir adelante.
Cuando a la vida de alguien llega una enfermedad, estarás de acuerdo en que las personas no están en la capacidad y disposición de hacer muchas de aquellas cosas “entretenidas y alegres”. Es por ello que se les va abandonando, ya no se les toma en cuenta. Se dice o se piensa “a ella no le digan nada, no la inviten porque está enferma y nunca puede”; “ese niño no puede correr” o “ese joven es aburrido porque no puede ir a fiestas”.Las personas enfermas van experimentando que a los demás ya no les interesan. Ya no reciben una llamada o una visita. Los amigos, los compadres, los compañeros de trabajo y hasta la familia desaparecieron, ya no están. Es sabido que a muchos enfermos los dejan abandonados en los hospitales; es común leer en el periódico que se solicita la presencia de algún familiar que se haga cargo del enfermo. El enfermo se convierte en un estorbo que les impide realizar muchas cosas que ellos consideran más importantes.Sé que este panorama es muy triste pero, lamentablemente, es una realidad. La siguiente pregunta es ¿qué debo hacer ante esta realidad? El evangelio de San Marcos nos muestra en el capítulo 2: 1-12 un gran ejemplo de la actitud que todos nosotros debemos tener ante todo enfermo que conocemos, especialmente si este es nuestro amigo o familiar. Te invito a que lo leas.
Pudiste notar que hay unos personajes realmente admirables “los amigos del paralítico”. Pienso en ellos, que podían caminar andaban en las calles y en otros pueblos y habían escuchado hablar de Jesús y de todos los milagros que realizaba.
Cuando se enteraron que Jesús estaba en Cafarnaúm fueron a traer a su amigo. Ellos estaban atentos a su amigo enfermo, creo que tenían sus propios problemas y pudieron pensar en ellos mismos primero y aprovechar que Jesús estaba allí, pero no tienen una actitud egoísta. Tuvieron misericordia de su amigo y decidieron hacer algo.
Sería bueno dejar algunas veces nuestras necesidades y pensar que hay otros que tienen necesidades más grandes que las nuestras. Recuerdo a mi amiga Aurita de Diéguez que estaba en silla de ruedas pero en su oración pedía por todos sus amigos y sus necesidades, se olvidaba de su propia necesidad que, por cierto, era grande.
Sigue narrando el evangelio que había mucha gente, pero ese no fue obstáculo para los amigos. Se subieron al techo y abrieron un boquete. Piensa por un momento que eso no es fácil; no lo es ni para las personas que están sanas y mucho menos subir a una persona en una camilla. Abrir un boquete tampoco lo era y peor aun en una casa que no era la de ellos.
Esto traería muchas consecuencias en las cuales no se fijaron los amigos en su gran afán por llevar ante Jesús a su amigo enfermo. Muchas veces nosotras ponemos toda clase de excusas para no visitar a los enfermos, para no darles un poco de compañía, para realizar una simple llamada, para hacer una visita, para orar por ellos, para animarles un poco, para llevarlos ante Jesús. Estamos demasiado ocupadas o eso es lo que decimos.
Tomemos la actitud de los amigos, busquemos un tiempo, hagamos el espacio, luchemos contra lo que sea para poder estar con ellos pero, sobre todo, para ponerlos en la presencia de Jesús.
Dice el evangelio que Jesús vio la fe de los amigos. Qué hermoso sería que por nuestra fe los enfermos sanaran, tal vez ellos ya estén lo suficientemente desanimados y hasta hayan perdido la fe, pero por la nuestra el Señor puede hacer un milagro.
Velar, ayudar a los enfermos es una gran obra de misericordia. Que el Señor bendiga a los que han descubierto esto desde hace mucho y lo practican. Para nosotros quienes tal vez hasta hoy lo estamos reconociendo, que el
Señor nos permita tener la misma misericordia que Él tuvo para con los enfermos y nos dispongamos a ir con ellos a mostrarles que no están solos, que no están abandonados que estamos allí pero, sobre todo, mostrémosles que Jesús está con ellos para perdonar sus pecados y sanar su cuerpo y puedan experimentar nuestra misericordia y la de Dios.
Griselda de Velásquez