Toda la Sagrada Escritura está bien contextualizada, es decir, está enmarcada en el tiempo y el espacio concretos en que fue escrita. Si nos damos cuenta e imaginamos un poco, nos daremos cuenda de que este versículo tiene como escenario una vida pastoral y la referencia a aquellas dificultades de los hombres de otras épocas, en donde los cazadores eran temidos y las pestes también vistas con miedo porque casi siempre eran mortales, pues la medicina no había avanzado lo suficiente como para combatirlas.
La vida de los pastores estaba llena de muchos asechos: los ladrones, los animales salvajes, etc. Ellos dependían totalmente de las ovejas, sin ellas no podían llevar el sustento a sus familias, sus vidas corrían mucho peligro. En cuanto a la enfermedad, la peste era devastadora; sin hospitales, sin medicinas, la gente no tenía ninguna esperanza de curación. En ambos casos, tanto en lo pastoril como en la salud, los hombres de aquel entonces estaban a la deriva. ¿Dónde encontrar apoyo, ayuda, salvación? Es aquí donde el salmista proclama su confianza e invita a que todos se aferren a Él, porque sólo Él tiene en sus manos la potestad de dar salud y salvación a quienes lo sigan. Ni el cazador malévolo, ni la peste mortal podrán contra Él (Dios).
Hoy nos movemos dentro de otras realidades. Ni ternemos una vida pastoal, y tampoco son frecuentes las pestes, porque la medicina ha hecho grandes progresos. Pero existen otras amenazas tan “mortales” como las de antes. Sería interminable enumerar la cantidad de amenazas que están a nuestro lado. Por mencionar alguna, ¿cómo relacionamos nuestra fe con la vida cotidiana? ¿Lo que decimos, lo que pensamos, lo que hacemos está en sintonía con lo que decimos creer? Estamos muy acostumbrados a “creer”, pero no le “creemos a Dios”, es decir, estamos llenos de tantos conocimientos en nuestra fe, nos hemos focalizado en asegurar las “verdades de fe”, pero todavía nos falta mucho para confiar plenamente en Él. Si algo nos asegura el versículo del salmo es que no existe otro que pueda darnos salud y salvación. Y esta falta de creer en Él nos ha llevado a una praxis de caridad demasiado pobre, sin ningún compromiso con los hermanos y hermanas que viven a nuestro alrededor, sin ninguna incidencia en la sociedad en la que vivimos. En definitiva, somos cristianos(as) que todavía no damos “sal y luz” a este mundo. Tenemos un “año de fe”, momento para aumentar nuestra confianza en nuestro Dios, para hacer valer sus valores en esta sociedad que nos está conduciendo a una muerte de la fe, a una muerte de la humanidad, por eso debemos, como los antiguos hombres y mujeres, confiar absolutamente en nuestro pastor, en nuestro Dios, porque Él nos librará del cazador moderno y de las nuevas pestes del siglo XXI.
Francisco Pérez.