Cuando en Génesis 1,26 leemos: Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Dios mismo nos da autoridad sobre la creación, pero hay algo que el hombre tendrá que enfrentar: su propio yo, su naturaleza caída, su concupiscencia, su egoísmo, su carne. Tenemos ante nosotros el mayor desafío del ser humano: el dominio propio.
Los santos se han destacado por este fruto del Espíritu Santo, cuentan que tres santos se reunieron en una entrevista de domino propio ante la tentación y el primero confesó: -para dominar la tentación me desnudo y me lanzo hacia la nieve y el frío aplaca todo mal pensamiento; el segundo muy similar, solo que se lanzaba al rosal y el dolor de las espinas calmaban todo impulso carnal; cuando le preguntaron al tercero dijo simplemente: -cuando me ataca la tentación yo sólo lleno mis pensamientos de Dios, y él llena todo espacio, no hay más lugar para el pecado.
A veces necesitamos unos cuantos rosales o una montaña de nieve para calmar esa lucha interior, pero descubramos ese último recurso al que todos los hijos de Dios tenemos acceso: Rom 8,14 En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Es un texto que quisiéramos como descansador de pantalla o como copiloto en el tráfico, como asistente de niñera, no sólo con los niños, sino con los adolescentes y hasta nuestro cónyuge, No existe otra forma de mantenerse en gracia de Dios, hasta que le damos su lugar al Espíritu Santo.
Como fruto del Espíritu el dominio propio nos lleva a ser libres: 1 Tes. 4,4-5 que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. El principal problema que enfrentamos es al enemigo que llevamos dentro: la carne; el primero el Diablo, el segundo el mundo, pero la carne es la que le abre la puerta a los otros dos. Al reconocer la autoridad de Dios en nuestras vida. DAN 4,3 ¡Cuán grandes son sus señales, y cuán poderosas sus maravillas! Su reino es un reino eterno, y su dominio de generación en generación.
Es una exigencia como cristianos: 1Tim 4:16 Vela por ti mismo y por la enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen. No cabe duda que quien más nos desgasta es el hombre viejo, la naturaleza carnal, somos rebeldes con Dios, nos resistimos a decir: hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Pero el Espíritu Santo es nuestro consolador, él nos guía, nos llena, nos transforma: 2Tim 1,7 Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.
Cuando le damos la prioridad al Espíritu Santo en nuestra vida, somos guiados a una nueva dimensión de plenitud, Pablo decía, ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí. Se va a notar el cambio, seremos transformados en testigos de Cristo en un mundo lleno de pasiones, nuestra pasión prevalecerá, nuestra borrachera del Espíritu Santo superará toda adicción, nuestro amor por Cristo opacará cualquier otro amor terrenal. Disfruta de tu vida en comunión con Cristo.
José Miguel Rojas Guatemala